Posteado por: javibrasil | 12 abril 2016

VAMPIRO

Me desperté en el núcleo de la madrugada. Miré la hora en el teléfono móvil. Afortunadamente, no eran las 03:33. Con los ojos semicerrados fui hasta el baño. Mientras orinaba, fijé mi atención, bajo mínimos a esa hora impúdica, en el azulejo grisáceo de imitación a mármol que tenía justo enfrente de mis ojos, intentando encontrar alguna nueva imagen escamoteada en los irregulares perfiles de las vetas. Mis últimos descubrimientos habían sido una ballena-submarino y el rostro orgulloso de Fidel Castro, descubrimientos que después anotaba metódicamente en un pequeño cuaderno verde que guardaba en el cajón de la mesilla, junto a los ineficaces pero jodidamente adictivos somníferos. Catorce figuras tenía ya en mi colección. En esta ocasión no encontré ningún nuevo objeto-animal-persona. Mientras me lavaba fugazmente las manos con un endeble chorro de agua, levanté mi vista hacia el espejo y vi que no me reflejaba, que la imagen que el éste devolvía atravesaba mi rostro como si fuera transparente y lo que se veía era el póster de una puesta de sol de la ciudad más bonita del mundo (Benidorm) que había colgado en la pared, justo detrás de mí. Con calma, regresé a la cama, me tumbé boca arriba, crucé las manos sobre el pecho como un falso muerto y mirando sin ver el techo, pensé si no me habría convertido en un vampiro. Me volví a quedar dormido, y soñé que Leo Messi entraba en el vagón del metro tocando un charango y yo me acercaba a darle un abrazo y comenzaba a llorar mientras él decía sin parar “Dale, pibe. Dale, pibe. Dale, pibe”.

Me desperté y fui a lavarme los dientes, como marca la rutina y las buenas costumbres higiénico-sanitarias. En el espejo aparecían mis marcadas ojeras, el cepillo rojo de Oral B moviéndose con pereza de arriba a abajo, mi anillo de oro blanco en el anular de la mano derecha, mis cuatro pelos convenientemente desordenados… En la cocina, mientras la taza de leche daba vueltas y más vueltas en el carrusel del microondas, corté con un cuchillo afiladísimo una magdalena en dos partes exactamente simétricas (tuve que repetir esta operación por tres veces porque los dos primeros intentos fueron fallidos). Pling. Saqué la taza, sin duda, ya mareada, y me puse dos cucharaditas rasas de Nescafé y tres pastillitas de sacarina. Fue entonces, mientras mojaba la parte izquierda de la magdalena, cuando me di cuenta. Me puse los guantes de plástico que usaba para lavar la vajilla y que eran la mitad de color rosa y la otra mitad de color verde, y que siempre me habían parecido el non plus ultra de la elegancia, y abriendo la nevera, busqué en uno de los cajones de la parte de abajo, cuatro cabezas de ajo que tenía ahí de mi última compra. Con asco y precaución, los envolví en una servilleta de papel y los tiré a la basura (a la bolsa verde, la de residuos orgánicos)

Pensé que con estas cosas, lo mejor era prevenirse porque uno nunca sabía si.

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