Posteado por: javibrasil | 30 agosto 2015

CODOS

El codo izquierdo tenía envidia del codo derecho. Así se las gastan las articulaciones. No era una envidia innata. Las cosas no funcionan así, coño. Al principio únicamente se ignoraban, sin saber que en ese desprecio, o desafecto, o como le queráis llamar, nacía su complementariedad. El codo izquierdo, en adelante CI, igual que un complemento indirecto, que era como se sentía, descubrió sobre los tres años, que comenzaba a sentir ciertos recelos del codo derecho, en adelante, CD, porque éste también se sentía un complemento directo, directísimo. Una tarde descubrió que el CD comenzaba a ser más útil que él cuando vio como se le requería para dar movimiento y elasticidad y así conseguir hacer unos garabatos indescifrables en un papelajo. Indescifrables para los adultos y para casi todo el mundo, aunque él sabía muy bien lo que significaban aquellos rayajos que el CD había ayudado a hacer, maldita sea. Con el tiempo, ese recelo se fue transformando en envidia, haciéndose más sangrante, más hedionda y profunda. El cuerpo no sólo requería la ayuda del CD para dibujar, también para usar la cuchara, botar una pelota o rascarse el culo.

Cuando los dos codos cumplieron nueve años, el CI consiguió con un esfuerzo que sólo otras articulaciones y huesos lograrán comprender en toda su dimensión, que casi todo el calcio fuese a la parte izquierda del cuerpo, lo que provocó que en una caída de la bicicleta, una caída por la siniestra muy siniestra, fuese, paradójicamente, el húmero diestro el que se rompiese y tuviese que estar escayolado durante mes y medio.

En esos cuarenta y cinco días, todos trataban al CI como a un rey, rastreros súbditos por interés, pero aquél se mostraba distante y perezoso: dejaba caer el vaso de leche al suelo, se negaba a meter el brazo por la manga del jersey… A pesar de todo, fueron unos días maravillosos pero que en el fondo no hicieron más que aumentar y potenciar la envidia, casi reconvertida ya en odio seco, que sentía por el CD, el cual recuperó todo su esplendor pasado ese breve interregno.Los años pasaban, la envidia crecía, y el CI cada vez se sentía más arrinconado y marginado: ni para el íntimo goce privado e individual era requerido. Joder, qué mísera vida. Con tanto amargor no se puede vivir, eso lo sabe cualquiera. Ni se puede ni merece la pena. Una tarde, cuando el dueño de ambos codos regresaba del trabajo, el vehículo que le precedía hizo una extraña maniobra, lo que le obligó a dar un violento volantazo hacia la derecha. Vana ilusión. Hasta aquí hemos llegado, pensó el CI, y se negó a realizar el más mínimo movimiento.

Ahora todo está tranquilo. Silencio y paz. Paz eterna. Los gusanos ya merodean, simpáticos y curiosos. La muerte iguala a todos: al poderoso y al mendigo, al pusilánime y al valiente, a los codos izquierdos y a los derechos. Aunque, claro, siempre hay excepciones. En el lado derecho de la tumba, se colaban por los minúsculos intersticios de la tierra y el cemento, unos finísimos rayos de sol que rozaban con calidez el odioso codo derecho.

Mierda de muerte.

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