Posteado por: javibrasil | 15 agosto 2015

EL FLACO

Aristarco Medialuna. Aris, los fines de semana, El Flaco de lunes a viernes. Enjuto, casi filiforme. Macilento, piel fina y arrugada, ligeramente cerosa, casi transparente, dientes grandes y amarillos, muy amarillos. Unas profundas y pobladas cejas entrecanas que le daban al mismo tiempo un aire de seriedad y gravedad pero también de respeto. Los fines de semana regentaba un puestecito de pollos fritos en la calle Jirón Cailloma, muy cerca de la Plaza de Armas. De lunes a viernes, El Flaco era sicario discrecional. En su casa tenía un fino cuaderno forrado de hule negro donde dejaba registrados unos breves datos de todos sus trabajos. Aníbal “El Turco”. Balazo en la nuca a la salida del bar La Catedral. Encargo de Luis C. Miguel Urrutia. Navajazos en los ojos y en la barriga y varios golpes con barra de metal en la cabeza hasta salida de masa encefálica. En provincia de Junín. Encargo de Pleasure Sociedad Financiera… El libro estaba guardado bajo llave en uno de los cajones de la mesilla de su cuarto, junto a un revólver del 38, prevención que acaso más tuviera que ver con la superstición, ya que vivía sólo desde que su mujer murió y sus hijos hacía ya tiempo que habían abandonado Perú y vivían en los Estados Unidos y en Europa. Solo Dios sabe el esfuerzo que le costó enviarlos a buenas universidades.

Dios.

Aristarco era de una religiosidad extrema, de misa diaria si sus ocupaciones profesionales se lo permitían. Al cuello llevaba una cruz de oro y varias medallitas de santos. Era una de las pocas personas que tenía fe, no por miedo, como casi todos, sino por convencimiento profundo. Sabía que Dios, con quien charlaba constantemente, llegado el momento sabría perdonarle todos los sinsabores y disgustos que su trabajo le proporcionaba. Para él, matar, era un trabajo como cualquier otro. No había odio, no había rencor. Mataba porque, qué otra cosa sabía hacer. Profesionalidad y pulcritud eran sus avales. Y siempre se guardaba alguna oración para el fallecido, que musitaba a la carrera mientras huía.

Un domingo, a eso de las cuatro de la tarde, y cuando ya estaba recogiendo el puestecito, paró junto a él un lujoso Mercedes gris metalizado con las ventanillas tintadas, del que descendió un tipo atildado, piel bronceada, vestido de manera informal, pero con ropa cara, que demostraba en su lenguaje corporal y en su vocabulario, una distinguida elegancia y educación. Le pidió un par de pollos y dos botellas de Inca Kola.

Mientras Aris le preparaba el pedido y sacaba los refrescos de una pequeña neverita portátil, el elegante cliente comenzó a charla con él:

—Ya casi estaba recogiendo, ¿no maestro?
— Sí, a esta hora ya no hay negocio, y el calor aprieta lo suyo. Usted no es de aquí, ¿verdad, doctor?
El cliente sonrió con cortesía, mostrando unos perfectos, ordenados y blanquísimos dientes. — No, soy de Trujillo. Estoy en Lima de paso, sólo por negocios, el viernes me regreso.

Aris le tendió una bolsa con los pollos y la Inca Kola y le cobró. El cliente le dejó una pequeña propina que Aristarco agradeció con humildad.

—Bueno maestro. Gracias y hasta la vista.
—Sí, doctor. Muchas gracias. Y hasta mañana— se despidió El Flaco.


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