Posteado por: javibrasil | 18 noviembre 2014

GROTESCO

Cerró la puerta. Abrió el grifo del agua caliente de la ducha con la única intención de crear un remedo de una selva húmeda, un microclima privado en el ombligo de la ciudad. Abrió el armario donde guardaba las medicinas, y al hacerlo, desplazó involuntariamente su imagen reflejada en el espejo que cubría la puerta del armarito. Encontró una cuchilla desechable, azul, de plástico. El payaso comenzó a afeitarse la cabeza. La pintura blanca y roja de su cara estaba ya cuarteada, reseca como un suelo sediento. A pesar del sonido del agua cayendo sin sentido en la bañera, oía de vez en cuando la cuchilla raspar su cuero cabelludo, haciéndole pequeñas heridas de las que brotaba un punto de sangre. Roja. Intensa. Brillante. Cuando el espejo, ya de vuelta a su posición habitual, estaba casi totalmente empañado y apenas podía ver su propia imagen reflejada en él, el payaso aún pudo ver como un hilo de sangre fino como un sedal, trazaba una vía virgen sobre la pintura de su cara, depositándose con delicadeza sobre sus enormes labios embadurnados de carmín rojo.

Era todo tan groteso.


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