Posteado por: javibrasil | 30 enero 2014

BOCARIVER

Hacía un calor infernal en esa tarde porteña de domingo de un febrero que agonizaba con calma. En el hotel me habían conseguido una entrada en la reventa. No hay nada, o casi nada, que no se pueda arreglar con dinero. O con un poco más de dinero. Hacía muchos años que no regresaba a Buenos Aires. Demasiados. La última vez estuve con David y Marina, antes de que fueran pareja. Antes de que fueran marido y mujer. Antes de que ambos inauguraran su condición de ex. En aquella ocasión apenas hicimos un uso instrumental de Buenos Aires como base para desplazarnos hacia el sur, hacia Ushuaia, hacia la Patagonia, que era el objetivo del viaje. “Vuelvo al sur, como se vuelve siempre al amor”, decía el tango de Piazzola y Pino Solanas. De todas formas, en aquellas escasas setenta y dos horas bonaerenses, tuvimos tiempo de acudir al Estadio Monumental a ver un soporífero River Plate – Vélez, aunque nos fuimos mediada la segunda parte, a petición expresa de Marina, porque ella no quería que abandonásemos la ciudad sin dar antes una vuelta por el barrio de San Telmo y su mercado de antigüedades. Cosas de mujeres.

Yo, en Argentina, era de Boca. Hay que tomar partido en esta vida, aunque sólo sea en asuntos insignificantes. Alguien dijo que el fútbol es lo más importante de las cosas no importantes. Un entrenador inglés, o algún periodista ilustrado. Qué más da. No se podía ser de otro equipo que no fuera Boca Juniors en Argentina. Bostero en la lejanía. Así lo sentía yo, con un punto de pose y exhibicionismo, cierto. También tenía simpatía por los canallas de Rosario Central, más que nada por Fontanarrosa y su entrañable Viejo Casale. En los países de tradición futbolera, siempre había buscado y elegido un equipo por el que torcer, como dicen los brasileños. Además, la distancia me eximía de tener en cuenta esa red tupida de extrañas y muchas veces incomprensibles filias y fobias, de odios, amores, oposiciones y contradicciones que se entretejían entre los equipos y sus aficiones. A veces, buscaba en el extranjero a ese remedo del Real Madrid, ese reflejo falso del espejo blanco: en Italia, la Juventus, distinguida y con ese punto de rancia soberbia y vanidad algo anquilosada, o en Inglaterra, el eterno Liverpool. The Kop. You´ll never walk alone. Imposible resistirse. en Brasil era del Vasco de Gama en Rio de Janeiro y del Corinthians en São Paulo, éste por tener el valor de instaurar el laboratorio de la democracia corinthiana en pleno corazón duro de la dictadura, aunque luego el intento no funcionara bien del todo. En Portugal, mi equipo era Os Belenenses, un pequeño y modesto club de Lisboa, porque ver un partido en su estadio, con la desembocadura del Tajo al fondo, provocaba una sensación melancólica, tan coherente con la ciudad, que bien podría ser un dulce sustitutivo del tedio de muchos encuentros. En Alemania había decidido no ser de ningún equipo. Una rebeldía inocua y hasta algo estúpida. Abogado de pleitos pobres.

El campeonato argentino acababa de comenzar y aún no llevaba muchas jornadas, o muchas fechas, como dicen allá, pero un Boca Juniors – River Plate, no entiende de precocidades en el calendario ni de otro tipo de condicionantes. Boca – River es, siempre, el partido. Sin más, sin necesidad de ningún epíteto impactante que redundase lo trascendental. Yo estaba alojado en un hotel no muy lejos del Teatro Colón, y desde allí me fui caminando hasta La Bombonera. Otra vez sur, siempre hacia el sur. Bastante antes de llegar al estadio, tuve que pasar el primer filtro policial. Un cacheo superficial, protocolario, que se repetiría un par de veces más, ya de forma más exhaustiva, en anillos cada vez más estrechos que se ceñían concéntricos sobre el estadio. En alguno de los controles de seguridad ensayé una broma con el policía, aludiendo a mi condición de gringo en Argentina, pero allí nadie estaba para bromear. En un poste del tendido eléctrico, había grapada a la madera una esquela, y sobre esta, alguien habría escrito “jódanse”, y dibujado un esquemático escudo del River. No sé por qué, pero más que la agresión en si, me impresionaba la tilde pulcramente colocada sobre la o. Un par de semanas antes habían asesinado a un hincha de Boca en una escaramuza a la salida de un partido contra San Lorenzo y me sorprendió ver que algunos aficionados llevaban un brazalete negro, apenas visible sobre el azul marino de la camiseta, supongo que rindiendo un homenaje a La Doce y a uno de sus discípulos mártir.

Antes de entrar al estadio y ocupar mi asiento, me di una vuelta por los alrededores del estadio para empaparme del ambiente. Vendedores ambulantes de todo tipo de productos. Gritos a mano alzada. ¡Dale Bo, dale Bo! Bombos golpeados sin cesar, sin cesar, sin cesar. Policías a caballo intentado rebajar un ambiente en ebullición, consiguiendo, muchas veces, lo contrario. En mitad de esa vorágine, de ese bosque de piernas y patas equinas, vi a un niño de unos doce años, con una camisa de tirantes con los colores del equipo, jugando con una pelota de fútbol, lanzándola una y otra vez, siempre con el pie derecho, contra una de las paredes sucias del estadio, creando un espacio microscópico y absurdamente inviolable. En un mal control, la pelota se le escapó y llego hasta mis pies. Me acordé de algo que dijo una vez Maradona para ridiculizar a los periodistas deportivos y tuve pudor de devolverle el balón al niño con el pie, así que lo cogí con la mano y se lo lancé. Me hizo un gesto de agradecimiento levantando el pulgar de su mano izquierda. Como venganza mezquina, mientras subía hacia mi localidad, pensé que Pelé, a su edad, ya era un puto genio.

El tipo del hotel se había comportado, y me había conseguido una gran entrada en la tribuna de enfrente de los palcos. A mi izquierda quedaba La Doce, la hinchada más radical y fiel de los xeneizes, una fuerza desaforada a punto del descontrol, un mar azul y amarillo anhelando con fervor un  tsunami imparable. En la otra parte del estadio, arriba, la mancha rojiblanca de los hinchas de River. Me sorprendió que fueran tantos cuando yo no había visto ninguno en los alrededores del estadio. Es posible que llevaran ya horas dentro por motivos de seguridad. El partido comenzó y a los pocos minutos, reparé que éste se jugaba más en las viejas gradas, las cuales, y como ya me había avisado el tipo del hotel, literalmente temblaban, que sobre el campo, con un césped irregular y altísimo donde era imposible jugar bien. Las hinchadas transformaban en muchas ocasiones sus gritos de ánimo en insultos al rival. Nada nuevo bajo el sol. Aunque sí tuve la sensación de que aquí los insultos eran más afilados, más profundos y lacerantes. O a lo mejor era sólo que yo quería que fuera así.

Crucé alguna que otra frase con mis vecinos en la grada, aunque en general pasé todo el encuentro en silencio. Sólo la pasión, la rivalidad y el odio impedían que el aburrimiento se enseñorease del partido. Abandoné La Bombonera diez minutos antes del final para evitar la vorágine intransigente de la salida, con un insulso y justo empate a cero en el marcador. En la radio del taxi que me llevaba rumbo al hotel oí como River marcaba en el descuento al lanzar una falta. El taxista lo celebró con una sinfonía diminuta para claxon y euforia. Después me miró a través del espejo retrovisor, con unos ojos achinados y pícaros y me dijo: perdón, doctor. Le hice un gesto vago con la mano que en realidad podía significar cualquier cosa. Estaba cansado. Condujo dando un rodeo absurdo y exagerado para llegar al hotel, pero me dio pereza protestar. Chau, gallego, pásela bien, me dijo cuando me apeé.

Al día siguiente, después de facturar el equipaje en el aeropuerto de Ezeiza, me compré el Clarín y me senté en un bar. Pedí una botella de agua y me puse a hojear con desgana el periódico. Nacional. Corrupción. Internacional. Atentado. Cuando llegué a la sección de deportes, me detuve a ver las fotos del partido. Me di cuenta de que había más imágenes de las gradas que del juego en si. Después del reportaje gráfico, estaba la crónica del partido. Sólo leí el titular a tres columnas: Victoria sobre el filo, decía. La arranqué con cuidado, dejé el periódico sobre la mesa, y guardándomela doblada dentro de la cartera, confié en que nunca jamás tuviera la necesidad de leerla.

 

 


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