Posteado por: javibrasil | 11 enero 2014

GORRIÓN

Me senté en uno de los bancos que había en la plazoleta junto a la biblioteca. Hacía una mañana con un sol tímido y velado y un frío intenso, un frío de catálogo. Reglamentario. El día perfecto, sí. Me puse a ojear y a hojear los libros que acababa de sacar. Peter. Emilio. Manuel. Verónica. Amor. Silencio. Melancolía. Bah. Qué importa. A veces, todos parecen el mismo libro. Dejé las novelas en el banco, junto a mí, y me fijé en un pequeño gorrión que acababa de aterrizar sobre la acera. El plumaje ligeramente abultado a modo de abrigo para protegerse. Daba esos pequeños y espasmódicos saltitos que, al menos para mí, siempre habían oscilado entre la ternura y lo hipnótico. Movimientos breves, pero contundentes. Rigurosos. El gorrión miraba a ambos lados. Buscando qué. Huyendo de qué. Encontró una cagada de paloma en unos de los adoquines. Una costra reseca. Y blancuzca. O grisácea. Con el pico, estuvo un buen rato resquebrajando su solidez. Después, comenzó a comérsela a pequeños impulsos. Picotazos. Pic. Pic.

Miré el reloj. Me subí el cuello de la cazadora. Cogí los libros y me puse de pie. El gorrioncillo se asustó con mi movimiento y salió volando. Le seguí un par de segundos con la mirada.

De lo que se trata, pensé, es de sobrevivir.

Supongo.


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