Posteado por: javibrasil | 31 diciembre 2013

FELIZ NOCHEVIEJA

Con excepción de un par de Nocheviejas que pasé en Brasil, una remojándome sin parar en una piscina de unos apartamentos tomando alguna que otra caipirinha, y la otra, saltando siete olas vestido de blanco cuando los fuegos artificiales anunciaban el cambio de año, y sintiendo mucha envidia de esos grupos de amigos que de forma espontánea e improvisada, se dedicaban a tocar viejos sambas, creo que sólo he salido una vez a una fiesta de fin de año. Fue en casa del que por aquel entonces era uno de mis mejores amigos. Se había mudado hacía pocas fechas y aprovechó la casa antigua, vacía, para organizar una fiesta. Yo fui pronto, sobre la una, con la única intención de decirle que me gustaba a una compañera de trabajo que me gustaba. El resultado fue que antes de las dos de la madrugada estaba con una borrachera impresionante, tirado en el suelo de una habitación, adormilado, y tapado por un par de abrigos que algún alma caritativa tuvo a bien ponerme por encima. Todo eso, antes de que mi compañera llegara a la fiesta. Desde entonces, creo que no me he vuelto a emborrachar, y desde ese día,  me compadezco de los alcohólicos y aborrezco y no soporto a los borrachos. Con el devenir del tiempo, y después de haberle dicho, en mejores condiciones, que me gustaba, y por supuesto, de ser rechazado, ese amigo y esa chica se casaron. Y supongo que serán muy felices, ya que yo rompí la relación con ambos, que se conocieron gracias a mí, como en las malas películas de los sábados por la tarde. Siempre he sido un tipo tan cobarde como rencoroso.

Pero eso es otra historia que quizás algún día os cuente. O quizás no. Antes de ese año y también posteriormente, las únicas formas que conocía para huir de estas putas fechas, era ponerme hasta arriba de cocaína o huir viajando. Después descubrí que la lectura era otra estupenda opción, sino acaso la mejor. Como aparte de cobarde y rencoroso, también siempre he sido un timorato, la primera opción, la drogadicción masiva, estaba descartada, con lo cual, durante muchos años, llegada la nochevieja, viajaba, por lo general a algún pueblo de Asturias, cuanto más pequeño mejor. Y cuánto peor tiempo hiciera y más lloviera, también mejor. Todo debe tener su decorado adecuado. Al principio, hacía estos viajes con algunos amigos. Con el tiempo, acabé haciéndolos solo, que fue cuando descubrí el enorme placer de viajar en solitario. Recuerdo un año que viajé el 31 de diciembre para pasar esa noche en Cudillero. El autobús llegó tardísimo al destino; es posible que tuviera que hacer conexión desde Madrid en Gijón o en Oviedo, y al pasar delante de un bar, camino del hostal, cargado con mi mochila, me crucé con un grupo de amigos que se estaban despidiendo y deseándose feliz año nuevo y alcancé a oír el siguiente comentario: dónde irá el imbécil ése. Hay que reconocerles el buen ojo que tuvieron para calificarme. Al llegar al hostal, me entró de pronto un pánico supersticioso por el hecho de no tomar las uvas, así que pregunté en el bar si ellos no tendrían por casualidad, un racimo con el que agasajar humildemente a este pobre viajero. No, fue la respuesta. Esa noche, en la habitación del hotel, viendo la televisión, con cada campanada le daba un traguito de whisky a una petaca con la que, no sé muy bien porqué, viajaba en algunas ocasiones. Yo, que soy casi abstemio. Cobarde, rencoroso, timorato y gilipollas. Soy un compendio de virtudes.

Desde que estoy con N., hemos instaurado de forma natural nuestro propio ritual. Un ritual aburrido, para muchos. También soy un tipo aburrido, muy aburrido, por si no lo sabíais. Es más, intento siempre que tengo ocasión,  potenciar mi imagen de introvertido, misántropo y soso. Soy feliz así, ¿qué pasa?. Como un microscópico gesto de rebeldía ante las pantagruélicas y ligeramente obscenas comilonas de estas fechas, decidimos que la noche de fin de año, los dos solos, en casa, cenamos el epítome de las comidas sencillas: huevos fritos con patatas y una botella de vino tinto. Después, nos subimos al dormitorio, y desde la cama nos comemos las uvas y nos bebemos una botella de cava. N. se queda dormida enseguida, y yo me quedo leyendo hasta que me vence el sueño, en una batalla desigual para un insomne profesional como yo.

En alguna ocasión que he comentado con amigos este simple ritual, esta tradición privada, más de una vez me han dicho: me das envidia, Javi. Y, la verdad, no acabo de entenderlo. No les estoy diciendo que me voy durante quince días a Australia a convivir con una tribu indígena. Animo a todos aquellos a los que tanta envidia provoco, que me imiten. Sin rubor. Es una imitación sencilla y barata, una imitación de baja intensidad. Seré feliz extendiendo por el orbe mi modus vivendi findeañero. Imitadme. Soy vuestro Dios. Olvidaos de fiestas horteras, de falsa felicidad forzada y postiza. Olvidaos de cenar con esos familiares que no os importan nada, en el mejor de los casos, y de esas borracheras indiscriminadas. Marginad los cotillones y los putos matasuegras.

Sed felices, coño. Feliz año, sí, porqué no.


Responses

  1. Ser feliz, o al menos intentarlo, cuesta muy poquito. ¿ Quien necesita un cotillón ?.


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