Posteado por: javibrasil | 30 diciembre 2013

CHAPAS

Me llevaron a la secretaría del colegio y desde allí llamaron a mis padres. No recuerdo por qué motivo fui castigado por la profesora de inglés, pero seguro que era injusto. Nunca fui un gran estudiante, pero tampoco fui ni siquiera un pequeño y discreto travieso. Ya desde muy crío destacaba como un excelente mediocre invisible. Tampoco recuerdo si el injusto castigo vino de aquella profesora a la que llamábamos “La Bruja”, una mujer gorda con una larga melena rojiza y siempre enmarañada, vestida de forma estrafalaria, con colores estridentes y que parecía estar permanentemente situada a un milímetro escaso de la histeria, o aquella otra profesora, una chica joven de pelo corto que se convirtió en un oscuro objeto de deseo erótico para unos cuantos de mis compañeros e incluso quizás también para mí, cuando ni siquiera sabíamos a ciencia cierta qué significaba exactamente aquello del erotismo y del deseo. La distancia es mucha; la memoria, quebradiza. No recuerdo cómo pasé el resto del día en el colegio, aunque supongo que con una mezcla de rebeldía silenciosa y asintomática por un castigo que yo sabía que no merecía, y por un miedo anticipado, esperando la hora de llegar a casa.

Cuando finalmente, al acabar las clases, llegué a casa, mi madre me recibió en la puerta. Mi padre estaba ausente. O doblemente ausente, ya no lo recuerdo. Me regañó sin gritos, con paciencia, con mucha calma. Pero yo casi hubiera preferido gritos, nerviosismo, que me hiciera una pequeña escena doméstica y dramática. Pero no. Únicamente me dijo que se avergonzaba de que la hubieran llamado del colegio para decir que me había comportado mal, y remató su brevísimo discurso reprensivo diciéndome que estaba castigado, y que por ello había tirado a la basura mi colección de chapas. A mi edad, aquellas chapas con los equipos de fútbol eran, seguramente, mi mayor tesoro. Los cromos repetidos de la colección de ese año me servían para recortar la cara de los jugadores y colocarlas dentro de las chapas, chapas que iba a pedir, como un ritual sagrado y tenaz, a la bodega que había en la esquina de la calle. También recuerdo que guardaba cada equipo dentro de cajas que en su día habían contenido remedios para la gripe, o para la tos, o para los vértigos de mi abuela. Eran como falsos patrocinadores medicinales. El Hércules, en la caja del linimento Sloan; el Sporting, en la del jarabe Bisolvon… Jugaba largos partidos en solitario en la habitación de mis hermanas. Mi hermano tenía casi un par de años más que yo y aparte de que nunca se interesó por nada que tuviera que ver con el fútbol, aunque fuese de manera tangencial, a esas alturas, esos casi veinte meses de edad en los que me aventajaba, creaba un muro infranqueable, una barrera invisible pero sólida que nos separaba en muchas cosas, entre ellas, los juegos a los que jugábamos. Esos partidos eternos de chapas, eran relatados por una voz casi omnisciente, la mía, encargada de la narración, una narración apasionada, ascendente, visceral, partidos que eran finales a vida o muerte cada pocos minutos, y sobre todo, me encargaba también de los efectos sonoros del partido: el ruido del garbanzo que hacía las veces del balón al ser chutado o el rumor indefinido y siempre in crescendo de un público febril e incorpóreo en las gradas fantasmas. Algunas veces, después de clase, venía a casa mi amigo Rafa y jugábamos partidos más serios, con toda la seriedad que reivindica el juego, en la cocina, donde el irregular suelo de baldosas rojas de cerámica, algunas rotas, provocaba que la trayectoria del balón fuera más imprevisible, como si fuera un terreno de juego embarrado por lluvias imaginadas, por temporales inventados. Las porterías estaban hechas con pinzas de la ropa de madera, que se sostenían en un precario equilibrio sobre el suelo, o, en su versión más sofisticada, usábamos aquellas pequeñas cestas de plástico blanco donde solían venderse las fresas. No recuerdo haberle ganado nunca a mi amigo, iniciando así, quién sabe, una larga y exitosa carrera de perdedor, de perdedor vital, que fui perfeccionando día tras día. Pero, con todo, el hecho de que mi colección de chapas, colección que seguramente fui capaz de rehacer a los pocos días, acabara aquella mañana en la basura, no fue lo más doloroso. Lo más doloroso fue que mi madre ni siquiera se avino a escuchar mi versión de lo que había ocurrido. Yo sólo le pedía eso. Sólo necesitaba eso. Ni siquiera exigía que me creyera. No me importaba. Sólo quería que me escuchara. No lo hizo. Y aquello sí que fue el mayor castigo. Ahora, pasadas más de tres décadas, confieso, abrumado por el absurdo y la mezquindad, que no, que nunca, que jamás podré perdonarle aquello. Y esa sí ha sido mi mayor derrota.


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