Posteado por: javibrasil | 14 diciembre 2013

SÓCRATES

Anoche soñé con Sócrates, aquel futbolista brasileño de los ochenta. O con el fantasma de Sócrates, que como decía Silvio Rodríguez en una vieja canción, no es lo mismo, pero es igual. El sueño comienza en el descanso de un partido. Una imaginaria cámara le sigue en un travelling por un interminable pasillo que desemboca en el campo. Un pasillo solitario con brillantes baldosas verdes en las paredes. Los tacos de las botas resuenan contra el linóleo oscuro del suelo. La camiseta listada blanquinegra del Corinthians. El eterno 8 cosido en la espalda. Ya sobre el césped, comienza a hacer ejercicios de calentamiento. Negra y densa la barba. Los cabellos de su melena, rizados y rebeldes. Rebeldes como él. Una mirada intensa, como si quisiera abarcar no sólo a sus rivales y a sus compañeros, sino también a los espectadores, al estadio, a la ciudad, la vida entera. Una vida entera. O a lo mejor no quiere abarcarla, sino sólo escaparse de ella. El partido se reanuda en la segunda parte con empate a cero. No sé quién es el rival. Tampoco importa. Sólo sé que visten una camiseta azul oscura. Elegante, sí. Durante la segunda parte, Sócrates no sólo se apodera de la pelota; también se adueña del juego, que es lo más fascinante, una fascinación que asombra a la grada. Él es el fútbol. El bracear enérgico, la zancada elegante. Cae una fina llovizna sobre el estadio que consigue embellecer aún más el juego. Oigo a algún espectador decir que Sócrates es un jugador bossanova, y la afirmación me hace sonreír. Domina el tempo del partido, los espacios, los movimientos y las pausas, los amagos, los futuros posibles y algunos imposibles, las fintas mentirosas y las ciertas. Danzando sobre unas botas de fútbol, flotando sobre el césped. Los sueños son elípticos a veces, absurdos y en ocasiones, bellos: el árbitro pita el final del encuentro y en el marcador el Corinthians ha perdido 4 a 0. Los jugadores de ambos equipos se saludan con cortesía protocolaria. Cuando Sócrates se encamina hacia los vestuarios, la camiseta empapada en sudor, me localiza en la grada y guiñándome el ojo me dice:  —No se puede ganar siempre—. Después desaparece por el túnel del vestuario. Desaparece para siempre.


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