Posteado por: javibrasil | 5 diciembre 2013

EL SOFÁ

Llegué a casa a las ocho de la noche, como todos los días. Antes de quitarme el abrigo y colgarlo en el armario del recibidor, coloqué la cartera en la esquina inferior derecha de la mesa baja del salón. Al lado de la cartera, las monedas, apiladas por tamaños en una pequeña torre metálica, y junto a las monedas, el llavero, teniendo cuidado de que las llaves quedaran mirando hacia la pared. Después, sí, después me quité el abrigo y lo colgué en una percha dentro del armarito de la entrada. Me senté en la silla de la cocina y deshice los nudos de los cordones de los zapatos. Después me los quité. Descalzo, fui hasta el dormitorio con ellos en la mano. Los dejé preparados para el día siguiente, debajo del sillón que tenía en el cuarto, junto a la ventana. También preparé el resto de la ropa: el mismo pantalón, una muda limpia, unos calcetines de hilo fino, una camisa blanca con una pequeña K bordada en negro a modo de monograma, y también la misma corbata de hoy, azul oscura con finísimas rayas diagonales en granate. Me puse un pantalón del chándal gris y una camiseta de algodón de manga larga del mismo color. Llevé la ropa sucia a la terracita de la cocina y la introduje en el tambor de la lavadora. El sábado por la tarde haría la colada, como siempre. Fui al baño. Me desnudé sin prisa. Doblé el pantalón del chándal y la camiseta y los puse sobre un pequeño taburete de madera plastificada. Después, coloqué las zapatillas de andar por casa bien orientadas para que al salir de la ducha, mis pies sólo pisaran la pequeña alfombra circular y no las frías baldosas. Al salir, y después de secarme, extendí la toalla sobre la puerta, una mitad a cada lado. Me puse desodorante de barra en las axilas y en el pecho y me volví a vestir. Antes de salir del baño, me eché un poco de agua de colonia en las manos que después esparcí por mis mejillas. Fui hasta la cocina. En la nevera, en uno de los tupperware de plástico, en el amarillo, aún quedaba un poco de los macarrones con tomate que había preparado el domingo pasado por la tarde. Mientras se calentaban en el microondas, dos minutos a máxima potencia, puse sobre la mesa de la cocina un mantel individual de plástico de Nescafé que me regalaron hace algún tiempo en el supermercado, una servilleta de papel con el dibujo de unas frutas, los cubiertos y el vaso. Me puse un poco de zumo de naranja y volví a guardar la botella en el frigorífico. Dos rebanadas de pan tostado sin sal. Mientras cenaba, eché un último vistazo al móvil. Tenía un mensaje de Movistar ofreciéndome un descuento para el teatro. Lo borré. Desenchufé el microondas y en su lugar puse a cargar el móvil tras haberlo apagado. Cuando terminé de cenar, recogí los platos, los lavé en el fregadero y los puse a secar en el escurreplatos. Regresé otra vez al baño a lavarme los dientes. Coloqué la pasta tricolor en el cepillo, después de haber humedecido éste un par de segundos bajo el grifo, con auga templada. Primero, los molares y premolares del lado izquierdo, después, los incisivos, los colmillos, y después, las muelas del lado derecho. Me enjuagué primero con agua y más tarde con elixir bucal con sabor a menta. Al salir del baño, recoloqué la toalla para que las dos mitades midieran lo mismo a ambos lados de la puerta. Me acerqué al dormitorio y retiré con cuidado el edredón, el cual doble y guardé en el armario, depositándolo encima de la primera balda.

Después me senté.

En el sofá.

Del salón.

Con las manos sobre las piernas.


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