Posteado por: javibrasil | 13 noviembre 2013

LLAMADA

Durante un año, cuatro meses y doce días, llamé dos veces por semana, entre las ocho y las nueve de la noche, al mismo teléfono de la ciudad de Ramos Mejía, en el Gran Buenos Aires, preguntando por Alicia Bengoechea, salvo aquella vez que me operaron de apendicitis y para compensar y recuperar el tiempo perdido, llamé todos los días la semana posterior al alta hospitalaria. En todo este tiempo, recibí todo tipo de respuestas. La lógica: lo siento, aquí no vive nadie con ese nombre. La caritativa: llame al servicio de información telefónica, a ver si le pueden ayudar. La amenazante: te voy a partir la cara, cornudo de mierda, hijo de la recontraputa. La callada: segundos y segundos de silencio al otro lado de la línea sin una palabra dicha por mi interlocutor ni por mí. Sin duda, esta respuesta era mi favorita: silencios respirando poesía. Casi llegaba a experimentar un placer físico, una sublimación extática.

A veces me atendía un niño, calculo que unos diez o doce años. Invariablemente siempre le pasaba el teléfono a sus mayores, pero una vez me pareció oírle gimotear cuando oyó “Alicia Bengoechea” y, de verdad, os juro que se me estrechó el corazón. Otras veces, hablaba con una señora mayor:—¿Pero está usted segura de que no es Alicia Bengoechea?—, decía yo, siempre que me atendía una voz femenina.

Ayer, cuando llamé, me atendió una mujer:
—¿Diga?
—Buenas noches, quería hablar con Alicia Bengoechea.
Tras unos segundo de silencio, volví a oír una voz, esta vez de un caballero.
—Hola, diga.
—Buenas noches, por favor, quería hablar con Alicia Bengoechea
La voz rotunda y varonil del hombre se quebró en mil pedazos afilados.
—Alicia Bengoechea falleció ayer por la noche. ¿Era usted amigo de ella?
Colgué el teléfono sin decir nada. Los siguientes minutos los pasé con la mano sobre el auricular que descansaba en la horquilla del teléfono, mirando a algún punto indeterminado de la pared, quizás a aquella pequeña mancha de humedad que me recordaba el escudo de Boca.

Me tomé un vaso de leche templada en la cocina sin muchas ganas y me metí en la cama antes de lo habitual. En el duermevela con el que fui tramitando la madrugada, recuerdo que no paraba de pensar en lo que había sucedido, y no acababa de entenderlo. Unos días antes, hablando con Alicia, ella misma me había dicho que había fallecido hacía por lo menos cuatro meses. Todo era extraño. Inquietante. Y por lo tanto, maravilloso.

Esta mañana me levanté temprano y me llegué hasta la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen. Me senté en uno de los bancos del fondo y recé un par de padrenuestros y dos avemarias. Me hubiera gustado rezar alguna oración más específica por la salvación del alma de Alicia, pero confieso que nunca fui hombre de misas, ni de iglesias, sino más bien un agnóstico por simple pereza. Antes de regresar a casa, comí unos ñoquis con un par de Quilmes heladas, allá, donde El Ruso. Más tarde, mientras veía el Telenoche del Canal 13, comencé a marcar un nuevo número de teléfono, esta vez de Tucumán. Tenía varios cincos y sietes, no sería difícil de memorizar.

—Hola, buenas noches, quería hablar con Dario Lancelotti.


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