Posteado por: javibrasil | 24 enero 2012

SHOW DOMINICAL

Serían las 08:15 de la mañana del pasado domingo. Encontrábame yo consumiento productos culturales de ínfima calidad en la televisión del salón cuando sonó el timbre de la puerta. Dando muestras de un noble estoicismo y de gran autocontrol, ni siquiera me levanté del sofá, confiando en que tal vez, alguno de los niños del vecino, o el propio vecino, en su adulta ineptitud, hubiera confundido el interruptor de la luz con el timbre de mi morada no morada. A los pocos segundos oí el inconfundible (e insoportable) griterío de niños, con lo cual, confirmé, no sin cierto orgullo vanidoso, que una de mis teorías se había verificado positivamente. No pasaron ni diez segundos cuando la tremolina fue en aumento. Decidí, no sin pereza, vestirme con un pantalón (tengo la costumbre, social y estéticamente reprobable, de estar de vez en cuando en mi hogar sin más complemento que las gafas de miope), y abrir la puerta para ver qué ocurría. Una vez hube procesado la información recibida, cerré la puerta, subí con elegante y cadencioso ritmo las escaleras y entré al dormitorio. Allí, desperté, rozando apenas con la yemas de mis dedos las mejillas de mi amada, y después de decirla lo bella y radiante que se encontraba a esas horas dominicales, le dije: querida, mucho me temo que, según todas las señales sensoriales que he recibido en los últimos segundos, he llegado a la conclusión de que está ardiendo el edificio.

Salimos al descansillo del inmueble que en ese momento me hacía recordar, bucólicamente, a la calle más brumosa del barrio más brumoso, en el mes más brumoso del más brumoso Londres. Me subí el cuello de la cazadora que mi amada, en un alarde de previsión, me había facilitado en esos momentos de confusión y ella hizo lo mismo con el cuello del simpático pijamita azul y rosa que tenía a bien lucir. Eramos lo más parecido a un par de borrokas domingueros. Comprobé, con cierto estupor, la cantidad enorme de humo que uno puede llegar a tragar en menos de un minuto, y pensé si Pablo Motos podría hacer algún experimento con ello. En el camino, practicamente invisible por el humo, que hay entre mi casa y la calle, aún tuve tiempo de rescatar a un par de ancianos, tres o cuatro niños, un perro, un periquito y dos televisiones de plasma de última generación. Bueno, quizás esto no fuera exactamente así. Qué importan los detalles, que lo único que hacen es distraernos de la historia principal.

Ya en la calle, eché de menos  y censuré como se debía la total falta de previsión del Ayuntamiento (Rajoy dimisión) que no había alfombrado con una fina arena dorada, de preferencia brasileña, la calle, con lo cual mis descalzos pies tuvieron que sufrir el tacto áspero y rugoso del adoquinado hasta que un vecino, a todas luces más previsor y quizás, con más sangre fría que yo, me prestó sus zapatillas de andar por casa mientras él se calzaba unas elegantes nike. En lo que respecta a mi amada, ésta me conminó a delinquir (saqueo, creo que se llama la figura delicitiva), a sortear la vigilancia de policias municipales, guardias civiles, bomberos, vecinos y anónimos espectadores sedientos de grandes emociones y acercarme a una ventana de la que sobresalían providencialmente dos pantuflas rosas de tamaño diminuto que le sirvieron al menos, para apoyar sus también desnudos (y hermosos) piececitos.

Con prácticamente la totalidad de los vecinos ya evacuados, y confinados todos al otro lado de la estrecha calle, eché de menos, por aquello de una correcta ambientación, que hubiera algún grito histérico o algún desmayo cinematográfico, pero todo se quedó en unas cuantas lágrimas de angustia y miedo. Pude, con esa frialdad que nos caracteriza a los misántropos, hacer varios análisis socioantropológicos. Por un lado comprobé, observando la expresión de los niños (nota: no era consciente de que Herodes tenía tan poco predicamento entre mis vecinos), que para ellos, todo ese incidente les parecía más fascinante y divertido que el mismísimo Disneyworld, y por otro lado comprobé que cuando estoy nervioso, yo, de natural taciturno y silencioso, entro en una terrible fase verborréica, rayana a la logorrea, que hace que parezca una mezcla de agente de Protección Civil amateur y telepredicador de poca monta.

El incendio se originó en uno de los trasteros del edificio, colindantes con el garaje, con lo que supongo que casi todos los vecinos, pensarían, como yo pensé, si acaso no veríamos, de un momento a otro,  un enorme ¡Boooom! dibujado bajo el azul y cristalino cielo serrano. En ese trastero habían pasado la noche los voluntarios o involuntarios, (eso queda en manos de la Benemérita) pirómanos, a los cuales llamaremos, para mejor compresión de la historia, como El Yonki, y La Novia del Yonki, los cuales habían decidido que para qué pagar una pensión cuando bien se podía dormir (o no dormir) gratis en el trastero. El Yonki, que fue de los últimos en abandonar el edificio, medio desnudo, y con la espalda ensangrentada con lo que parecía ser una punzada o una puñalada, detalles que podré confirmar de una forma más oficial en las próximas horas, parece ser que era el legal propietario de dicho trastero, único bien en el inmueble que heredó de su difunto padre. La Novia del Yonki salió poco tiempo después, totalmente desnuda, con cierto aire de no estar enterándose de nada (Dios bendiga a los eufemismos) y arropada de cualquier manera por un discreto abrigo negro que no ocultaba, de ninguna manera, sus no-encantos. Con posterioridad, una vecina me informó de ciertos detalles en relación con La Novia del Yonki que no quiero dejar de compartir con ustedes, espero que a estas alturas  de la narración, conmovidos lectores. Cuando se originó el fuego, La Novia del Yonki huyó del trastero a un pequeño jardín interior que tiene el edificio y desde allí, con una maña y una habilidad que ríete tú del Bricomanía, usó una pequeña escalera de mano para saltar a un balcón, levantar la persiana y, no sé aún cómo, abrir la puerta desde fuera y plantarse en medio del salón. Me imagino, con emoción contenida, a esa pobre niña que se encontró a La Novia del Yonki en el salón de su casa, diciéndole a su madre: “mami, creo que hay fuego en la casa y hay una señora desnuda y muy fea en el salón”. Bien dice la publicidad de Mastercard que hay momentos que no tienen precio.

Cuando ya los bomberos nos dieron permiso para regresar a nuestros hogares, decidí, como colofón y para celebrar que, en definitiva, todo aquello no hubiera pasado de un gran susto, acercarme con mi amada brasileña y con mi querida madre, de la que habíamos requerido su presencia para proveernos de pantuflas y calcetines, a tomarnos un chocolate con churros. La angustia de la situación vivida no lo hacía aconsejable, pero tentado estuve, aún a riesgo de posible divorcio, de hacerle una foto a mi chica, en pijamita y con mucha cara de susto, mojando los churros en el chocolate. Ya le comenté yo que esa situación/vestimenta la asume un personal shoppers y sería capaz de convertirla en tendencia.

En fin, como experiencia mística o incluso como alimento para escribir un post como éste, está bien. Pero por favor, sólo una vez en la vida.


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