Posteado por: javibrasil | 2 septiembre 2010

PERRO

El único perro del mundo que sabía leer era amigo mío. Comprada. La amistad. Era comprada. Le descubrí un día cuando salía a trabajar por la mañana, detrás de un enorme cubo de basura naranja fluorescente, leyendo una ajada edición de bolsillo de los cuentos de Chéjov. Mientras con una pata anclaba el libro al suelo contra los desmanes displicentes del viento, con la otra se rascaba su peluda y sucia oreja, haciendo saltar unas hiperalimentadas y colosales pulgas que huían despavoridas: — ¡Un desalojo, una okupación!—intuí que gritaban, pero no quise intervenir en los problemas sociopolíticos de las pulgas. Allá ellas.

Me quedé inmóvil mirando al perro. El perro se quedó inmóvil, mirándome. Y tanta quietud me creó cierto desasosiego, que es una palabra que siempre me había parecido muy hermosa. Esa noche, en la cama, mientras mi mujer se acomodaba en el vagón de primera clase del sueño, pensé si debía despertarla y contarla que había conocido a un perro que sabía leer. Descarté la idea, porque sabía que ella ya albergaba algunas dudas —debo aclarar que sin ningún fundamento científico, ciertamente— sobre mi equilibrio mental, fragilísimo, según su indocta opinión. Dormí intranquilo, deseando que el perro estuviese de nuevo allí por la mañana. O que no estuviese. No sé cuál de las dos cosas anhelaba más. Estaba. Leía una edición no venal de una novela de Pérez Reverte. Volví a quedarme parado, mirándole muy fijamente. Me devolvió la mirada y la quietud, aunque bien es cierto que con algo menos de rigor que el día anterior. Sin ningún rubor, cual anciano crítico avinagrado, dejó, sin complejo, su opinión sobre la novela en forma de residuo orgánico sólido. Pensé que debía dejarle solo en ese momento, en parte porque me parecía que el ejercicio de la crítica debía ser, de hecho, un acto intimísimo y privado y porque su opinión sobre la novela de Reverte apestaba. Literalmente.

Al día siguiente, ya con la certeza indubitada e que el perro estaría tras el cubo de basura, fue cuando decidí que me interesaba su amistad. Comprada, recordad: una longaniza fresca que había adquirido la tarde anterior en la sección de charcutería del Carrefour. Desenvolví el pequeño paquete de papel de plata donde estaba el tesoro de la longaniza y se la arrojé a una distancia prudencial como para que pudiera echarle un pulso al miedo, si es que tenía. Yo, desde luego, sí, aunque no sabría por qué. Se acercó lentamente, la olisqueó durante unos segundos, la agarró con la boca y se la llevó a su refugio, tras el cubo naranja. Era un espectáculo de una vibrante intensidad ver como se comía la longaniza con cierta voracidad, mientras daba cuenta, moviendo enérgicamente el rabo, de las últimas páginas de una novela de Bryce Echenique de la cual no alcancé a leer el título. Con todo, secreta y silenciosamente, le alabé el gusto. Por la longaniza y por Bryce.

Nuestra relación continuó durante bastantes días sustentándose en silencios explícitos y en tácitos sobrentendidos. Los fines de semana, cuando yo cambiaba mis rutinas personales y mis horarios, nunca veía al perro, y me preguntaba qué estaría haciendo. ¿Dedicaría acaso esos días a releer a los clásicos griegos o se dejaría subyugar por la poesía de vanguardia? ¿O como el perro bohemio y canalla que era, o que yo quería que fuera, dedicaría su tiempo en perseguir y requebrar a esa perrita Braco tan linda, con su precioso color perla brillante y sus sugerentes andares? Reconozco que llegué a obsesionarme con el perro. Una mañana me sorprendí intentando dibujarle en unas cuartillas en blanco, en la mesa de mi oficina. Siempre he sido un pésimo dibujante, pero el hecho de que un compañero, al ver el dibujo, me comentase — ¡Vaya! ¿A ti también te gusta Bob Esponja?—hizo que desistiera por completo del intento.

La idea me llegó una noche, de pie, en pijama frente a la nevera abierta, mientras me bebía una lata de coca-cola zero. Pasé de largo por delante de mi dormitorio, y me encerré en la habitación que un tanto eufemísticamente llamábamos “el despachito”. Encendí el ordenador, busqué en favoritos la dirección de mi bitácora y durante bastante tiempo, estuve seleccionando un par de post que hubieran resistido con algo de dignidad el paso del tiempo. Tras muchas dudas y descartes, elegí finalmente un poema llamado “Autismo”, y un cuento breve llamado “El enigma”. Nervioso como un niño en la víspera del día de Reyes, me levanté sin darle tiempo al despertador a que violentara el silencio de la mañana. Me vestí rápido y salí a la calle. El perro leía un libro por el cual ni siquiera me interesé. Dejé la longaniza en el suelo y junto a ella, tres hojas con el poema y el cuento. Después di dos pasos hacia atrás y esperé.

El perro se acercó despacio, con un caminar ocioso y un tanto altivo que sin embargo le dotaba de una cierta dignidad. Mientras se comía la longaniza, con una ansiedad que me llevó a reflexionar durante unos instantes, sobre el tipo de vida (perruna, claro) que llevaría el resto del día, observé como leía la poesía y quise apreciar un ligerísimo movimiento de su cola que era mucho más de lo que yo esperaba, teniendo en cuenta la, a pesar de todo, paupérrima calidad de mis versos.

Durante algún tiempo se repitió este ritual e incluso, debo confesar ligeramente ruborizado, que alguna que otra vez agitó el rabo con tal contundencia que por unos instantes conseguí imaginarme reinando en un pequeño y modesto parnaso con pe minúscula. Decidí que el lunes siguiente sería la prueba definitiva. Un quince de marzo. Recuerdo bien la fecha porque esa tarde yo tenía cita con el taxidermista. Había decidido que si alguna vez, Dios y el Arcángel San Gabriel no lo quisieran, le faltaba a mi esposa, me disecaran me colocaran en mi sillón favorito para que ella no llorara mi ausencia, y esta tarde, el Maestro Disecador iba a tomarme las medidas. A primera hora de la mañana de ese quince de marzo, junto con la longaniza, le dejé al perro los dos primeros capítulos –los cuales, debo confesaros, que a mí me parecían soberbios- de mi obra inédita “Antígona en el desierto: la novela”, la cual leería él en primicia ya que ni siquiera había pasado por el estrecho y familiar filtro de mi bitácora.

No lo sé. De verdad que no lo sé. Pero lo hice. Sí. Lo hice. Cuando iba a doblar la esquina y estaba a punto de subirme al coche, giré la cabeza, quién sabe, un presentimiento, una premonición, algo, y lo vi. La escena hubiera sido conmovedora de no ser porque no era conmovedora. La grasa de la longaniza le resbalaba, casi obscenamente me atrevería a decir, por los colmillos, y con la patita trasera derecha levantada, evacuaba su opinión rotunda, amarilla y líquida sobre lo que tan sólo unos segundos antes era mi Antígona desértica.

Maldije al perro durante todo el amargo día. Esa noche, dormí plácidamente, lo cual me pareció una impertinencia. A la mañana siguiente, como si no hubiera pasado nada, allí estaba el perro, leyendo a Kerouac como si tal cosa. Se me quedó mirando, esperando sin duda su parte del trato. Está bien. Nadie puede negarle nada a un perro cuando te mira con esa cara de pena. Abrí el paquete de papel de plata y se lo di: Pienso. Pienso rancio. Pienso rancio comprado en DIA.

Y caducado.


Responses

  1. ¿El nombre del hipermercado es relevante?, ¿este establecimiento tiene precedentes en cuanto a “piensos caducados”?. Por curiosidad, por si algún día compro un perro…

  2. Son tantas las dudas que nos asaltan, Asenath…


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