Posteado por: javibrasil | 26 julio 2010

CUANDO DIOS SABÍA A CHICLE DE FRESA

El corazón me galopaba incontrolado y yo intentaba sujetarlo, apretándolo fuerte con una mano. Me quedé muy quieto pegado a la pared, procurando escuchar algo que no fuera el sonido de mis latidos. Poco a poco me fui acercando a la esquina de la calle, muy lentamente, palpando cada centímetro del muro con mis manos. De vez en cuando se oía el ruido de una motocicleta o unas risas que explotaban en mitad de la plaza. Miré hacia atrás y no vi a nadie. Me asomé muy despacio, intentando no ser descubierto. Pensé que si echaba a correr, sin detenerme en mirar atrás, en un par de minutos podía llegar a la puerta de la iglesia de San Juan Bautista. Ese era mi objetivo. Respiré hondo y comprobé que mi corazón se había calmado, y aunque dos minutos me parecían un tiempo eterno, sabía que esa era mi única opción. Me subí los calcetines, me limpié el polvo de las rodillas y cuando iba a comenzar a correr, noté como alguien me tocaba en la espalda.

—No te muevas. Date la vuelta.

Levanté lentamente las manos y me giré, sabiendo que una vez más, había sido derrotado. Enfrente de mí estaba Esther, sonriéndome con sus ojillos y apuntándome con su espada de madera rematada con una flor de plástico azul y verde. Sin poder sujetarse la risa, su carcajada estalló en la esquina de la calle, rellenando los ecos huérfanos de aquel día de agosto.

—¡Ahora te toca a ti! Cuenta hasta treinta. ¡Esta vez no nos vas a encontrar!

Me puse de cara a la pared, con un brazo tapándome los ojos, pero cuando llevaba quince segundos, no pude resistir la tentación de la trampa y vi como Esther y los otros corrían hacia el río Guadalope.

Aguanté la cuenta hasta los treinta para compensar la pillería anterior. Rebusqué en los bolsillos. Junto al tirachinas, un par de chicles bazooka de fresa y cuatro canicas que le había robado a David, encontré mi pistola de agua de plástico, la cual estaba remendada en la culata por un trozo de esparadrapo que no evitaba del todo que por allí se me escapasen las balas gota a gota. Miré la hora en el reloj de la gran torre de la iglesia y pensé que a mamá no le importaría que esa tarde llegase un poco más tarde a casa.

El juego no había hecho nada más que empezar.

(Para Esther, porque le debía una)


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