Posteado por: javibrasil | 7 abril 2010

PENÉLOPE

Rondarían los sesenta años. Estaban todas las tardes de los martes y los jueves en aquel interminable pasillo del metro. Siempre me inquietó saber qué hacían el resto de los días. Acaso colonizasen otro pasillo… tal vez les dieran de comer a las horribles palomas en un parque… quizás se mordían las uñas viendo la televisión. Él, siempre tocado con un ridículo sombrero que le quedaba pequeño, interpretaba canciones con su acordeón que yo quería imaginar fueran de algún lugar lejano y misterioso del interior de Rusia con un nombre impronunciable y evocador. Ella le acompañaba sentada en una diminuta silla de tijera azul que apenas podía contener el volumen generoso de sus nalgas, tricotando a una velocidad vertiginosa prendas de punto, siempre de color rojo. Quizás sólo fuera una transmutación moderna, eslava y emigrante del mito de Penélope. O quizás era que le gustaba el color rojo. El hombre tocaba. La mujer hacía punto. Unas pocas monedas salpicaban siempre la funda oscura del acordeón. Yo de vez en cuando también les daba algunos céntimos y luego en el vagón, sentía un placer inquietante y oculto de saber que esa moneda, se la había dado no al músico, sino a la única mujer del mundo que tricotaba con banda sonora.


Responses

  1. que belas sao as tuas palavras sempre


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