Posteado por: javibrasil | 17 marzo 2010

SUERTE

Una vecina que había sido modista se lo cosía en el forro satinado de la chaquetilla cada vez que retiraba el traje de la tintorería. Alguna vez intentó darle algo de dinero pero ella siempre se negaba. —No, hijo, gracias. Lo hago de mil amores por la amistad que tuve con tu padre— le decía, así que de vez en cuando le regalaba una caja de bombones o un ramo de claveles blancos, que, sabía, eran los que más le gustaban a ella.

De su padre heredó la pasión por los toros, tres mil fotografías en blanco y negro, un puñado desordenado de consejos y un autógrafo de Manolete firmado en el reverso de un billete de tren, conseguido aquel triste día de finales de agosto en Linares. —Don Manuel sonreía esa mañana cuando me firmó el autógrafo, hijo. Quién sabe si yo soy el guardián de la última sonrisa del maestro. Para su padre, siempre fue don Manuel, nunca Manolete. Esa era su anécdota estrella de entre todas las que contaba, inventadas o deformadas la mayoría, todas desgastadas y sin brillo por el tiempo. Su padre fue un mediocre fotógrafo taurino que se ganó decentemente la vida vendiendo sus fotos a un par de revistas especializadas. Viajó por toda España, conoció a mucha gente y se murió sin haber hecho una gran foto, una foto con alma, de esas que te arañan las entrañas. Se murió pensando que era un gran artista incomprendido. Como tantos otros.

Una semana antes de su primera novillada con picadores, le regaló el autógrafo, resguardado dentro de una funda de plástico transparente. —Ninguna falsa Virgen te va a proteger más que esto, hijo. Llévalo siempre contigo cuando torees, que don Manuel, desde donde esté, se encargará del resto. Durante algún tiempo el autógrafo acompañó a varias imágenes de santos y virgenes en los que él, como su padre, tampoco creía, pero cuando sufrió su primera cornada grave, en la feria de San Mateo de Salamanca, decidió quedarse sólo con el autógrafo de Manolete y formar así un nuevo altar monoteísta y pagano. Fue entonces cuando Paco Antúnez, su mozo de espadas, le sugirió la idea de llevarlo cosido en el interior de la chaquetilla, cerca del pecho. Cerca del corazón.

Ahora únicamente toreaba en plazas de tercera, unas pocas tardes al año, en puebluchos donde el público sólo se preocupaba de jalear a la orquesta, ávidos de que corriese la sangre del torero en el ruedo para después poder contarlo, divertidos y excitados, entre tientos a la bota de vino. —A usted la suerte siempre le ha follado bien por el culo— le decía Antúnez, en parte para animarle y en parte para consolarse por la maldita fidelidad que le había mantenido, a pesar de todo, junto a él durante todos estos años. Hace tiempo llegó a torear un par de tardes en Las Ventas y una vez en La Maestranza de Sevilla. Le llegaron a ofrecer una temporada en Méjico, pero una cornada y un apoderado canalla desbarataron todos esos planes. Nunca estuvo en el lugar adecuado, en el momento preciso. Sólo eso.

Mientras las mulillas arrastraban al cuarto de la tarde y esperaba a que los areneros recogieran en sus capazos de mimbre la mezcla bicolor de la sangre enredada con el albero, recordó una frase que le escuchó una vez a un banderillero: —Para torear hay que tener siempre los testículos descargados, porque con el semen se marcha también el miedo. Él se preguntaba cómo era posible ser torero y no tener miedo. Cómo era posible vivir y no tener miedo.

El segundo de su lote, un toro cárdeno, manso y abanto, le volteó sin consecuencias en un par de ocasiones, entre gritos histéricos de mujeres y pasodobles suspendidos en el aire. Quizás esos sustos, más que la dignidad con que había capoteado en las dos faenas de esa tarde, le alcanzarían para conseguir un nuevo contrato. Otra plaza de tercera. Otro pueblo ebrio de fiesta. Otro público ruidoso, vocinglero e indiferente. Cuando fue a cambiar la espada simulada por la de verdad —ya está, maestro, ya está. Cuádrelo y mátelo a la primera que ya tiene los pelos de la oreja en la mano— le susurraba Antúnez desde detrás del burladero, vio como una violenta ráfaga de viento de aquella aún fría tarde abrileña, levantaba y hacía volar unos pequeños trozos de periódico que algún mozo de espadas había lanzado a la arena en los prolegómenos de la corrida, para saber dónde podían resguardarse los diestros de las traiciones asesinas del viento. Junto a estos trocitos de papel, distinguió perfectamente el autógrafo de Manolete, sucio de la sangre fresca del toro, que se le había desprendido, sin él saberlo, de la chaquetilla en alguno de los revolcones que sufrió. La batuta se paró con decisión y la orquesta seccionó la música. Murmullos reclamando silencio. Todavía se quedó un rato mirando como el viento juguetón y travieso se llevaba su amuleto al otro lado del ruedo. Miró al toro, que estaba perfectamente cuadrado, le rezó alguna oración imperfecta a ese dios al que no le tenía ninguna fe, y volcándose sobre el toro, entró a matar. Entró a matar en la suerte contraria.

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