Posteado por: javibrasil | 6 marzo 2010

PATOLOGÍA

Comenzó a sentir los primeros síntomas al poco de jubilarse. Al principio no le dio mayor importancia, pensando que fuera algo pasajero. Pero con los días esos síntomas se hicieron más intensos y, si bien no le producían molestias físicas, más bien al contrario, si que le causaban una ligera e incomoda inquietud.


Una mañana, mientras desayunaba en la cocina su habitual tazón de colacao con galletas, -ocho- se acabó el crucigrama del ABC, se limpió los labios y el bigotito con una servilleta de papel y pensó que no perdía nada en consultar a un especialista. Aún así, decidió no contarle nada a su familia. En parte, para no preocupar a su mujer y a sus hijos, pero sobre todo, porque uno siempre siente una extraña vergüenza en confesar que acude a la consulta de un psiquiatra.

—¿Números?

—Sí, doctor. Números. Todo a mi alrededor se está convirtiendo en números, estadísticas, porcentajes, fracciones. Algunos son objetivos. Por ejemplo: las catorce corbatas que tengo, (nueve azules, tres grises, una roja y una a topitos, muy elegante), los treinta y ocho escalones que hay entre mi piso y la calle, o los ciento cincuenta y tres pasos que tengo que dar para llegar al kiosco. Pero otros números que se me aparecen son absurdos, irracionales. No le he dicho nada aún a ella, pero cada vez que miro a mi mujer, en realidad es como si estuviera viendo un siete. Eso de lunes a sábados. Los domingos, sin saber porqué, la veo más como un siete con dos. Y el caso es que me excita. A mi edad.

El psiquiatra asentía a lo que le contaba y tomaba ilegibles e indescifrables notas en una pequeña agenda moleskine de color negra. Cuando acabó el tiempo de la consulta – cuarenta y ocho minutos- le dijo que la patología podía considerarse tan extraña como poco invasiva, término que adoran los médicos, y que estimaba que no iba a precisar de un tratamiento muy severo. Por un lado le recetó un psicofármaco para que tomara durante un mes, hasta que volviera a verle (para los psiquiatras, todas las visitas son la penúltima), y por otro lado le dijo que nada mejor para luchar contra esa invasión de números que  estaba experimentando, que combatirla con grandes dosis de lo que él llamaba “antagónicos correctivos del comportamiento compulsivo-neurótico-numérico”. Traducción: libros. Para combatir a los números nada mejor que las letras. Pero no valía cualquier libro. Tecleó durante un rato en un elegante ordenador portatil y al poco, imprimió una relación – doce libros – con la lectura que él recomendaba. Leyó por encima la lista que le ofrecía: Asi habló Zaratustra, Un amor de Swan, Todos los fuegos el fuego…y no le dijo nada al psiquiatra, pero pensó que a lo largo de la consulta a éste se le había ido poniendo una cara de ocho por ciento tremenda.

Salió de allí pensando que lo de la lectura podía intentarlo, a pesar de la aridez de los títulos propuestos, pero el hecho de tener que tomar el psicofármaco – dos pastillas tres veces al día, durante un mes, son dos por tres seis, seis por treinta, ciento ochenta pastillas – no le parecía la mejor forma de comenzar. En las semanas siguientes consultó a otros especialistas, de los cuales un setenta y cinco por ciento usaba gafas, sin que le aportaran nuevas soluciones, amén de receterle  fármacos que nunca tomaba.

Se volvió adicto a los sudokus y no dejaba pasar un día sin ver Cifras y Letras. Poco a poco notaba que la extraña enfermedad se iba agudizando y le comenzaba a condicionar su comportamiento. En las reuniones familiares, él ya no veía a su mujer, a sus hijos y a sus nietos – nueve -. Él sólo veía a un número determinado de personas de las que comenzaba a ejecutar porcentajes en base a extrañas discriminaciones: hombres versus mujeres o morenos contra rubios, pelirrojos y, ay, calvos. Miraba a su más reciente nietecita con ese cariño suave de los abuelos y pensaba que la pequeña, cuando creciera, sería una simpática y linda muchachita cuatro con veintidos (periodo).  —Pobre hombre—, le oyó decir sottovoce alguna vez a uno de sus yernos, pero él sólo reconoció en esa compasión cuatro vocales y siete consonantes.

Su obsesión no hacía más que aumentar, aunque se esforzaba para que sus rutinas no se vieran muy afectadas. Todas las mañanas salía con Rico a pasear al parque del Retiro. Rico, un precioso schnauzer miniatura negro llamado así por su dueño en homenaje a Federico Jiménez Losantos, de quien se declaraba ferviente admirador, había quedado al margen de las paranoias indescifrables de su amo, y hasta entonces se había mantenido en lo que en verdad era, un perro fiel y cariñoso, hasta que una mañana su dueño decidió que Rico tenía cara y mirada de llamarse cuatro novenos, y que ese sería su nombre a partir de ahora. Días después, él y su mujer colocaban carteles por todo el parque – siete platanos, tres álamos y dos kioscos de helados – con la foto de Rico. Nunca más apareció. Los rumores, siempre tan viles y malintencionados, cuentan que se fugó con una simpática perrita pitbull blanca llamada Esperanza.
 
La noticia la recibió su mujer una mañana de sábado mientras compraba tomates y calabacines en el supermercado. El Samur había hecho todo lo posible y le había practicado técnicas de reanimación – durante treinta y nueve minutos – pero no habían conseguido salvar su vida. Un enorme ocho metálico rojo se había desprendido, en ese ventoso y desapacible día marceño, de un anuncio publicitario – información telefónica, 11888 – colocado en lo alto de un edificio de la calle Alcalá. El entierro y el funeral fueron íntimos, sólo la familia y unos pocos amigos – raiz cuadrada de veinticinco – de toda la vida. Uno de sus nietos – Nacho, el quinto de nueve, tercer varón – con él que siempre tuvo una estrecha relación, decidió, sin contar con la familia, pagar con su sueldo de mileurista una esquela en el ABC con la que rendirle un último homenaje a su abuelo.
 
“Jorge R. S. Ávila, 1937 – Madrid, 2010. Perfectamente muerto, al 100%.”


Responses

  1. A pesar de Rico, al final sí que me ha creado un pelín de ansiedad… en mi línea ansiosa….
    Majnífico (con jota), chato!!

    • Qué gran historia, de 10.. de 10!!!

  2. Estupenda historia y estupendo final.


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