Posteado por: javibrasil | 25 febrero 2010

ROAD MOVIE

En todas las road movie hay siempre una escena donde el protagonista detiene su coche en un desangelado bar situado en mitad de alguna polvorienta carretera sin destino. Allí, una camarera cuarentona llamada Jenny, o quizás Mary, con el pelo recogido en un discreto moño, y vestida con un mandil blanco sobre una blusa y falda naranja, le sirve una taza de café y un plato de huevos con beicon. A Mary, o quizás Jenny, su marido la abandonó hace un par de años para largarse con una puta jovencita afrancesada de labios rojos y pequeñas tetas duras. Lloró por cumplir el trámite, pero en el fondo, no le importó demasiado.

 
Desde detrás de la barra, Jenny, o quizás Mary, le observa comer en silencio. A los tipos como él los reconoce sin margen de error. Es un perdedor. Un perdedor que huye. En definitiva, huir es vivir, piensa, aunque no está segura. O a lo mejor, es un falso ganador que aún no sabe que acabará perdiendo. En la vida siempre se pierde, sólo hace falta leerse las reglas del juego para comprenderlo. Mary, o quizás Jenny, se  acerca  a  su  mesa  y  le  pregunta: —¿Más café? Él asiente con un gesto breve, reconfortado por el ritmo tibio de esas dos palabras que se le enroscan sin querer blandamente en el pecho, conmovido por el refugio inesperado en la tempestad serena. Es posible que esa noche follen en silencio, sin palabras de cariño, sin falsas complicidades, con un deseo desgastado y rutinario. Funcionarios asépticos del sexo.
 
Llevo pensando en esa escena toda la tarde, mientras conduzco por carreteras secundarias mal asfaltadas que bordean el noroeste de la costa gallega, y ni siquiera soy capaz de saber si esa escena la he visto en alguna mala película o si ha sido fabricada por mi imaginación. No importa. En los últimos tres días no ha parado de llover. Evito detenerme en los pueblos grandes, y busco deliberadamente pequeñas aldeas junto al mar, aunque en realidad lo que deseo es perderme. y llegar tarde, o no llegar nunca, y no encontrar una pensión donde poder pasar la noche, y sentir envidia del gato gris y blanco que me mira aburrido, y dormir dentro del coche, oyendo la lluvia golpear con ritmo de jazz salvaje sobre el metal y el cristal, cuando en realidad la verdadera lluvia la estoy sintiendo, hace ya tanto tiempo, de la piel hacia dentro.
 
En uno de los bares de la aldea me alquilan una habitación. Me bebo una cerveza mientras el camarero limpia obsesivamente la barra sin dejar de mirar la televisión que emite algún estúpido programa. En la máquina tragaperras, un viejo con todos los años del mundo camuflados entre sus flácidas arrugas, se juega su pensión en pequeñas inversiones de una moneda tras otra, tras otra, tras otra. Pago la cerveza y salgo a la calle. Afuera, el viento se masturba sin pudor en las rendijas de los soportales. Sólo se escucha el fragor poderoso y soberbio del mar, gritando y gritándose cada vez que muere y resucita junto a la orilla.
 
Me siento sobre la arena húmeda. Cae una lluvia fina y mansa, una lluvia humilde que no quiere importunarme demasiado esta noche. De vez en cuando, un faro ilumina de un fogonazo un triángulo incierto de mar durante un par de segundos. Me levanto y poco a poco me voy despojando de la ropa,  poniendo un cuidado exquisito en dejarla perfectamente doblada. Primero el abrigo. Al quitármelo siento un escalofrío de viento helado golpeándome en el pecho. Después, los zapatos, en los que resguardaré mis calcetines como ojos enucleados regresando a sus órbitas, la camisa y los pantalones, que colocaré bajo la protección blindada del abrigo y finalmente, mis calzoncillos, que dejaré que sean pisados por las suelas mojadas de mis zapatos de cuero negro. Espero a que la porción triangular de agua se ilumine un par de veces más. Cuando termino ese ritual de urgencia, comienzo a caminar hacia el mar, despacio, pero sin detenerme, aguantando en pie como puedo las embestidas poderosas de las olas, y mientras noto ya el agua salada arañándome los testículos, tengo la feroz certeza de que nadie vendrá esta vez a preguntarme si quiero más café.


Responses

  1. Te “reconozco” (con comillas, aunque estoy harta de ellas) y me regodeo…
    Ultreia!

  2. Muy bueno, me retiro fascinado…
    Saludos.

  3. Me dejas sin palabras, como otras muchas veces.


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