Posteado por: javibrasil | 19 febrero 2010

PALABRAS

Mi primo Daniel tenía una tendencia obsesiva  a almacenar extrañas colecciones en su casa. En una de las habitaciones, por ejemplo, guardaba nubes con forma de animales. Especialmente orgulloso estaba de aquella que tenía forma de canguro y que le había costado tanto tiempo conseguir. En otro cuarto tenía, perfectamente ordenados en varias filas sobre una sencilla estantería de metal, una veintena de álbumes donde había ido pegando fotos de señoras gordas en la playa. Aún tenía sobre la mesa varios recortes de revistas que aguardaban pacientemente a ser catalogados. Pero la colección a la que le dedicaba más tiempo, la que de verdad le apasionaba, era su colección de palabras gastadas. Llevaba varias madrugadas ocupado en quitarle la herrumbre a una primavera algo rota por las esquinas pero que conservaba un hermoso tono carmesí, y que despedía intensos brillos cuando la luz del flexo incidía en el ángulo preciso.

Los bomberos accedieron a la casa por el patio, rompiendo una ventana que daba a un pequeño cuarto de baño. Daniel estaba acurrucado sobre la nube elefante, con la cabeza descansando sobre una de las esponjosas orejas. El forense certificó que la muerte se había producido por la inhalación de gases provocados por los productos químicos que amontonaba en un rincón de la habitación para conservar las nubes. Mis tíos me rogaron que fuera yo el encargado de deshacerme de todas las colecciones de su hijo. Demasiado dolor para ellos. Quemé los álbumes en la chimenea y tiré las nubes a la basura en unas grandes bolsas de plástico negras. De las palabras gastadas, decidí quedarme con la primavera agrietada y vendí el resto al peso a un chatarrero. Al cabo de varios meses me pareció reconocerlas incrustadas en un par de poemas infames.

Daniel habría sonreído.


Responses

  1. El otro día, casualmente, me encontré con la primavera y otras palabras gastadas en uno de esos poemas infames (o no) en la red: “la primavera inundaba mis sienes y mis manos, y era el mundo, muchacha, un fruto inmenso…”
    Hermosa colección, sin duda…
    Muy lindo y triste a la vez, Javito… Enhorabuena!

  2. Lo malo de los mercados negros de palabras es que no cotizan al fisco. Pero también es verdad que es donde uno puede encontrar las palabras más apropiadas. Y uno sabe también que cada una de ellas tuvo al menos un dueño anterior y una historia, como bien queda claro en el texto. Y eso las hace más apetecibles.


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