Posteado por: javibrasil | 18 septiembre 2009

COLECCIONES

Creo que puedo afirmarlo sin rubor, sin falsa modestia y sin rodeos, sin pleonasmos ni eufemismos absurdos, sin circunloquios esquivos, directamente, sin ambages. ¿Dónde estaba? Ah, sí. Sin falsa modestia puedo afirmar que poseo una de las mejores colecciones de insectos de la ciudad y, posiblemente, del país. Escarabajos, libélulas, mariposas…Completísima, de verdad.


Mi última adquisición ha sido el siempre difícil de conseguir escarabajo orgásmico (o porno-escarabajo), llamado así por el ruido que producen sus patitas (delanteras) al frotarse, semejante a unos insinuantes jadeos eróticos. Se lo cambié en internet a un coleccionista sueco por una docena de escarabajos de la patata, que a saber con que aviesas intenciones me los pidió. Los suecos son un pueblo extraño, con tendencia a las perversiones y a las parafilias, los muy obscenos. Aunque, por asociación de ideas, también puedo afirmar, esta vez con menos entusiasmo, que mi vida amorosa está, y permítaseme aquí el uso de un elegante oxímoron económico, en crecimiento negativo (en sentido figurado, háganme el favor).

Y el caso es que, sin llegar a ser un latin lover, no se me da mal el noble arte del flirteo. El problema viene después, cuando consigo que alguna chica me acompañe a casa a tomar una última copa y, si procede, a ejecutar diversas artes amatorias, a las que tan aficionados somos los seres humanos (y los insectos). Raquel se llamaba la última chica que vino a mi casa. Preciosa. Un cuerpo, una cara, unas piernas, un par de, sí, preciosa. Cuando ya parecía caer rendida a mis numerosos encantos físicos, metafísicos y espirituales, la dije que se pusiera cómoda en el sofá mientras yo iba un momento al dormitorio. Dudé mucho, lo reconozco. Quizás demasiado, y eso fue mi perdición. ¿Qué debía mostrarla con orgullo? ¿La colección de libélulas o mi espléndida colección de mariposas africanas, incluida, claro está, la bellísima mariposa Molongo? Al final, opté por los clásicos y volví al sofá con la colección de cucarachas urbanas, entre las que había una preciosa, con un color cobrizo dorado fantástico, que había atrapado, no sin esfuerzo, en una esquina del aseo de mi ex-dentista. Su reacción (la de Raquel, no la del dentista) fue tirarme el resto de su copa (kiwi con ron: las mujeres son así) a la cara y largarse dando un portazo, no sin antes reproducir una larguísima serie de exabruptos que sería la envidia del taxista más castizo de Madrid. Les mentiría si dijera que me sorprendió. Con pequeñas variaciones que hacían que la monotonía no se instalase en mi triste devenir sentimental, dichas huidas se habían producido constantemente en los últimos tiempos.

La única explicación que se me ocurría para tales fracasos era que la presencia de dichos animalillos las inquietase o perturbase de alguna manera. A mí aquello me parecía inconcebible, casi una aberración, pero no podía haber otro motivo. Decidí, con menoscabo de mi amor propio, no volver a mostrar mi excelsa colección a ninguna otra mujer a la que pretendiera conquistar. Y Mercedes fue la prueba de fuego. A la primera copa en casa la siguió una segunda. Y días más tarde, otra nueva visita y los primeros besos y caricias. Y después, una tercera noche en la que descubrí que existía todo un mundo ignoto para mí de posturas casi circenses en las que se podía hacer el amor, de las cuales omitiré, por pudor, detalladas descripciones. Mercedes se instaló primero en mi sofá, después en mi cama, y al cabo de los días, en mi casa. Las tardes para nosotros se convirtieron en nuestro refugio de amor y sexo, justo cuando yo volvía del trabajo y a ella aún le quedaban unas horas para incorporarse al bar de copas donde trabajaba de camarera.

Un día, al regresar a casa, encontré que ésta estaba diferente, más bonita. Mercedes había cambiado los tristes visillos del salón, siempre tan deprimentes, por unos elegantes estores beis, y había comprado una funda para el sofá y unos cojines en tonos pasteles que le daba a la estancia un aire totalmente renovado. Esa tarde hicimos el amor como auténticos canis lupus familiaris. Cuando terminamos, eché de menos no fumar porque siempre me había parecido una escena muy cinematográfica. Mercedes se acurrucó en mi hombro y mientras me hacía cosquillas con sus uñas en el vello (masculinísimo) de mi pecho, me dijo: —He estado ordenando un poco la casa y he aprovechado para tirar a la basura todos esos bichejos que tenías guardados en el armario. Este sábado nos acercamos al Ikea y compramos una cajonera para los zapatos.

Y mientras Mercedes se duchaba antes de ir al trabajo y yo me preparaba un colacao en la cocina, me dediqué a pensar si en el Ikea venderían cajas entomológicas tamaño XXL y con cuantos litros de alcohol tendría que llenar la bañera para meter su cadáver dentro, disecarlo, y así poder comenzar mi nueva colección.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: