Posteado por: javibrasil | 10 septiembre 2009

Sí, ya lo sé, pero yo no me atrevería a llamarlo pesadilla. Es otra cosa. Para mí, una pesadilla es algo que si pudiera extraerme del cerebro y colocarla en el medio, en el centro justo y perfecto de cualquier otra realidad, continuaría causando el mismo horror. Pero lo que yo sueño no es una pesadilla, doctor. Yo lo definiría como un sueño tenso. Sí, eso es, tenso. Es esa sensación que te persigue todo el día, creándote una inquietante desazón, como si el sueño se hubiera adherido a ti como una segunda y áspera piel. Pero no es una pesadilla. No, no puedo definírselo mejor. No sé hacerlo.


Sí. Está bien. No, no me importa. Otra vez. Un largo pasillo con baldosas blancas en las paredes, quizás el pasillo del metro de alguna ciudad que no reconozco. O puede que el pasillo de un hospital antiguo. Al fondo, un acordeonista tocando siempre la misma música. Me acerco hasta él, pero cada paso que doy es un enorme esfuerzo, agotador. No suenan. Mis pasos, quiero decir. No suenan. Hasta que llego al final del pasillo, la canción acaba y comienza varias veces. Nadie más. No, no sé que canción es, no la conozco. Cuando era pequeño, mi padre me compró una guitarra y me obligó a tomar clases durante varios meses. Acabé odiándolos a los dos: a la guitarra y a mi padre. Quizás tenga algo que ver. ¿Quizás tenga algo que ver? Sí, sigo. Cuando finalmente llego hasta el acordeonista, veo que me sonríe con una boca podrida y sin dientes, y que sus dedos son puro hueso, blancos, muy blancos, con un aspecto brillante y ebúrneo, y que se desplazan a una velocidad increíble por las teclas y bajos del acordeón. Entonces doy media vuelta y recorro el pasillo en sentido inverso, alejándome de la música, dejándola a mis espaldas, pero oyéndola siempre. Y voy envejeciendo. Mi piel se arruga y amarillea, mis pasos se vuelven frágiles, inseguros, mis ojos se nublan, pero yo no dejo de recorrer una y otra vez el pasillo. Y de oír la música.

Sí, me lo dice cada vez que vengo a verle: todos los personajes de un sueño son en realidad uno mismo, lo único que hace falta es saber interpretarlo. Por eso vengo, doctor. Vengo porque le necesito de traductor. Vengo para escucharle su palabrería de orfebre trabajada durante años en cursos y masters. Vengo para verle mirar con disimulo el reloj cuando llevamos cincuenta y cinco minutos de charla. O de monólogo. O de interrogatorio. O de silencios. Todo vale. ¿El silencio puede ser plural? Vengo para que me lleve a hacer turismo al paraíso de las benzodiacepinas. Orfidal. Dormicum. Stilnox. Nombres eufónicos. Evocadores.

Sí. Está bien, doctor. Lo intentaré, se lo aseguro. Sí. Hasta el próximo miércoles. Claro, doctor. Pero, en el fondo, ¿sabe qué es lo peor? Lo peor de todo no es soñar cada noche que uno no va a morirse nunca. Lo peor de todo es no saber siquiera si este maldito cuento es también sólo un sueño.


Responses

  1. Insisto…. YOU’RE THE “PUTO” KING!!!!


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