Posteado por: javibrasil | 19 agosto 2009

DIOS & CIA.

Dios me recibió en su chalé adosado, vestido con un raído chándal azul de Adidas, que le remarcaba una enorme barriga perfectamente redonda, y unas zapatillas a cuadros de paño. Y hasta a mí, que en vida siempre había huido de todo ese tipo de formalidades, aquello me pareció bastante impresentable.


Además, lucía unas largas hebras de barba entrecana sin arreglar que le daban un aspecto de yihadista fanático. Fuimos hasta el salón y me hizo una seña para que me sentara en un sillón junto al sofá. No sé por qué, siempre había pensado que llegado este momento, habría miles de personas esperando para ser recibidas. Quién podía imaginar que ahora el acceso al cielo se gestionaba a través de una subcontrata, marcando día y hora. Dios parecía estar muy concentrado viendo un concurso en una gigantesca televisión de plasma, por lo que decidí no interrumpirle. —Por la eñe: se comen mucho el día 29 de cada mes en Argentina. —Pasapalabra. —¡Ñoquis, joder, ñoquis!—bramó Dios con un chorro de voz potente aunque algo ronco.

Esperé pacientemente a que acabase el programa. El chalé estaba decorado con austeridad y mal gusto, con muebles baratos de Ikea, salvo el sofá donde Él estaba sentado, que era de un elegante cuero negro, grandísimo. Era evidente que en esa casa hacía falta un toque femenino, pero me abstuve de decir nada. Delante del sofá, había una pequeña mesa de madera sobre la que descansaban un cenicero repleto de colillas, no todas de cigarros, un par de latas vacías de Heineken y un Playboy abierto por la mitad. —Es por los artículos de política—, me dijo sin mirarme, mientras seguía absorto en el concurso. Cuando éste acabó, cambió de canal y puso Eurosport, donde estaban dando un resumen de los partidos de la liga portuguesa. Se desperezó, se rascó los huevos con la mano derecha, en la que llevaba un grueso sello de oro falso y se levantó. —Me ducho, me cambio y en seguida vamos a ver a Peter. Si quieres tomar algo, estás en tu casa, muchacho— exclamó, al tiempo que cogía el Playboy y encaminaba sus pasos hacia el cuarto de baño.

Mientras oía correr el agua en la ducha y a Dios canturreando, muy afinadamante, por cierto, un bolero de Luis Miguel, me dediqué a fisgonear un poco por el chalé. La cocina era un auténtico caos, con el fregadero lleno de platos y vasos sucios. En la nevera, aparte de un par de docenas de latas de Heineken, apenas había dos tarrinas de queso philadelphia abiertas, cuatro huevos, medio limón mustio y unos tubitos de ensayo con una sustancia viscosa azulada sobre la que preferí no hacer más indagaciones. Cuando estaba cotilleando sobre el contenido que albergaba un enorme armario empotrado que había en una habitación junto al salón, me sorprendió oír a mis espaldas la voz de Dios, igual de potente que antes pero mucho más nítida y transparente: —En seguida estoy contigo, hijo. Me asusté, cerré el armario precipitadamente y me senté de nuevo en el sillón, como si nunca me hubiera movido de ahí. El Dios que apareció por la puerta estaba totalmente cambiado. Mucho más delgado, vestía un ropón de lino blanquísimo con unos detalles de color celeste en las amplias bocamangas, un cordón trenzado a modo de austero cíngulo y unas sobrias sandalias de cuero crudo. Sus barbas continuaban siendo largas, pero ahora eran blancas, suaves y algodonosas. Incluso me atrevería a jurar que cuando pasó por delante de mí para dirigirse al garaje, Dios olía a Nenuco.

En una de las paredes había un panel amarillo lleno de teclas con letras y números. Dios marcó una breve secuencia alfanumérica que igual podía ser la clave para activar la alarma de la casa como la hora en la que fichaba para entrar a trabajar. Se remangó el faldón, se subió a una Lambretta negra con cierto aire mod y me hizo señas para que me subiera yo también. Hice intención de pedirle que me dejara un casco, aunque luego reparé  que teniendo en cuenta mi recién adquirida categoría de finado, tal petición era absurda. Y así, mientras cruzábamos, mis manos en Su célica cintura, la urbanización a toda velocidad para llegar cuanto antes al chalé de San Pedro, pensé con resignación que, ya muerto, ni siquiera podría llevarme a la tumba el secreto de que, junto a los celestiales ropones blancos, había encontrado en el armario varios trajes de cuero rojo y un par de elegantes botas de pezuña de cabrito que, no tengo duda, le debían sentar como un guante al mismísimo Dios.


Responses

  1. Jajajajajajajajajajajajajajajajajaja……..
    Jaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa……
    Es irreverente a la par que genial!!!!!!!!
    Siempre he sospechado algo de eso, de ahí que no me corte en hacer maldades… me gustan los estados puros… Diosdios – Demoniodemonio…

    Buenísimo, Javi!!!

  2. […] Leer más […]

  3. Ótimo. Mas se for uma visao do inferno, nao está nada mal.

  4. estupendo, me ha hecho reir mucho, es lo mejor que he leido este día.
    Me fascino lo de los articulos de politica en el Playboy…genial.


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