Posteado por: javibrasil | 7 agosto 2009

VAQUEROS

En las tardes de verano, la siesta era una liturgia obligada en mi casa para exorcizar la tiranía de un sol salvaje y machacón. Mis padres se acostaban en el cuarto del fondo, junto al patio fresco y umbrío, presidido por dos higueras. Yo debería hacer lo mismo en mi dormitorio, pero para mí, dormir aquel par de horas, incrustadas con tanta firmeza en la tarde, era una especie de castigo involuntario con el que pretendían clausurar mi imaginación. Así pues, cuando oía los primeros ronquidos ligeros de mi padre, me levantaba de la cama, me colocaba la cartuchera a la cintura, enfundaba mi vieja pistola de plástico negra y me dirigía a la cocina a demostrar quién era el vaquero más duro a ese lado de la casa.


La cocina era una estancia amplia y luminosa, con un hogar a la izquierda que hacía tiempo no se utilizaba, una pequeña mesa plegable junto a una pared, con dos sillas de anea, una alacena azul celeste con pretensiones de nobleza decadente en la pared opuesta y dos grandes ventanas desde las que se veía parcialmente la espadaña de la iglesia de San Martín. El silencio de las tardes de agosto era un silencio pesado y constante, apenas roto por el ruido ronco del motor de alguna motocicleta que lo rasgaba como uñas sobre pizarra. Una vez traspasado el umbral de la puerta de la cocina, del saloon, me detenía y miraba con recelo la quietud que me rodeaba. John Wayne.

Poniéndome de puntillas sobre mis zapatillas de cowboy, cogía un vaso de duralex del entrepaño superior de la alacena y me acercaba hasta la pila. Mi reflejo difuso sobre los azulejos blancos me preguntaba con displicencia qué iba a tomar. —Un whisky. Doble— le respondía, empostando mi voz de ocho años, aguantándole la mirada a aquel tabernero gemelo, con la mano sobre la pistola por si la situación se complicaba. En la pila había dos grifos metálicos, con un brillo mate y tenue, que tenían forma de estrella de cinco puntas, coronados por dos pequeños círculos lacados rojo y azul. El grifo rojo nunca había funcionado y del otro sólo comenzaba a salir agua, o whisky, después de un pequeño concierto abstracto e incompleto de cañerías viejas. Después, me acodaba en la pila, entrecerraba los ojos, me ajustaba la cartuchera con decisión y me bebía el vaso de un solo trago. Los tipos duros somos así.

—Hijo… hijo… agua. La mano huesuda y débil de mi padre me agarra de la muñeca, despertándome. Me acerco a su cara y siento su hálito intenso y desgastado, su voz como un susurro anémico. —Dame un poco de agua, hijo. Sin encender la luz para no molestar al enfermo de la otra cama, voy hasta el baño, levanto con suavidad el mando del grifo y dejo correr el agua durante unos segundos para que se enfríe. Ayudo a mi padre a incorporarse y se bebe medio vaso a pequeños sorbos, de la misma forma en que se ha ido bebiendo la vida. Después, vuelve a quedarse dormido. Me acurruco en el sillón y me adormezco mirando a mi padre, la calavera latente, la boca entreabierta, deseando que esta vez, al menos esta noche, los vaqueros vuelvan a ganar a los indios.


Responses

  1. Los recuerdos, aunque sean ¿falsos? nos hacen acariciar antiguos momentos, casi siempre felices… de ahí, muchas veces, la “falsedad”….

    Gracias, Javi. Magnífico! (como siempre)


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