Posteado por: javibrasil | 25 abril 2009

EL JUEGO

Aproveché un descanso en el juego y me acerqué a la ventana a fumar. Llovía serenamente sobre los cubos de basura que se alineaban con descuido en un rincón del patio. Es posible que sólo estuviera lloviendo allí en toda la ciudad, en aquel patio sucio y perfectamente irregular. Ya todo era posible. Las gotas de agua provocaban que las tapas naranjas de los contenedores lanzasen destellos brillantes. Aquella imagen me causaba desazón. Basura resplandeciente. Notaba como la nicotina me ronroneaba a través de la garganta hasta que finalizaba su insano trayecto en mis pulmones. Me gustaba esa sensación, me tranquilizaba. De algo hay que morir. Pensé. O tal vez lo dije susurrando. A esas horas de la madrugada ya no se podía apostar a nada sobre seguro.

Por el reflejo chivato del cristal podía espiar a mis dos compañeros de juego. Uno de ellos no se había levantado de la mesa y manoseaba compulsivamente un grueso anillo dorado que llevaba en su mano derecha, haciéndolo girar una y otra vez. Movía de forma casi imperceptible los labios, tal vez musitando alguna oración sin fe confiando en que algún dios fuera capaz de tramitarla. O no. O quizás sólo se trataba de un impecable ejercicio de superstición. Yo no creía en eso. Ni en dioses ni en trampas. Ya no. La suerte no existe. Nunca existió. Palabra hueca de bisutería. Excusas para cobardes y perdedores. Y perdedores cobardes. El otro jugador estaba de pie, con un vaso de whisky en la mano, haciendo tintinar constantemente los cubitos de hielos que naufragaban sin rumbo en el alcohol. Yo nunca bebía durante el juego. Eso quedaba reservado para futuras celebraciones íntimas. Si es que había algo que celebrar.

Apagué el cigarrillo en un cenicero virgen de cristal. Antes de reaunudar el juego, fui hasta el lavabo y oriné un largo chorro de pis que desprendió un intenso olor avinagrado. Me lavé las manos con agua fría evitando mirarme en el espejo. Dicen que los perros son capaces de oler el miedo. Dicen que los gatos tienen siete vidas. Dicen que el trueno nunca antecede al relámpago. Dicen. Cuando regresé a la sala, mis compañeros ya estaban sentados alrededor de la pequeña mesa circular. En silencio. Coloqué con un cuidado exquisito mi chaqueta sobre el respaldo de la silla. Era mi turno. Cuando cogí el arma y sentí el frío de su ánima sobre mi sien pensé que sería divertido si alguien hubiera completado mi destino colocando las cinco balas restantes en el tambor del revólver.

Clic.


Responses

  1. El juego y su morbo….ganar o perder… todo pura estadística…

  2. BRAVO! Magnífico, Javi. Ójala tengas suerte en “el juego” (FDL)


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