Posteado por: javibrasil | 17 abril 2009

CAMPEONES

Noté cómo cerraba los puños, cómo le temblaban los labios. La primera bofetada me partió la boca. La segunda, las gafas y el alma. No hubo una tercera. Quizás aquél no era ni el momento ni el lugar para decírselo, pero las personas nos construimos torpemente sobre nuestros errores. Uno tras otro. Entonces no lo sabía. Ahora sí. Ahora sé demasiadas cosas que hubiera preferido que se quedaran ocultas para siempre debajo de una capa densa de ignorancia. Minutos antes, Fernando Torres levantaba sutilmente el balón con su pierna derecha sobre el portero alemán y la pelota se acomodaba con suavidad junto al poste. Gol. Mi padre me abrazaba y gritaba con una felicidad pura y contagiante que yo compartía con él con orgullo. Poco después, cuando el árbitro pitó el final del partido, le vi llorar por primera vez en mi vida. Era un llanto manso, silencioso, de lágrimas gruesas que se le atascaban en la barba mal afeitada. Entonces fue cuando se lo dije.

—Carlos, vístete, que vamos a salir. Voy a darte una sorpresa —. El corazón me latía con fuerza cuando salimos de la estación de metro y vi aquella desbocada y caótica riada rojiblanca que se dirigía hacia el estadio. Mi padre me llevaba al fútbol por primera vez, a ver a mi atleti, a nuestro atleti. Yo tenía siete años y era feliz. O así lo recuerdo. Me compró una bufanda que aun conservo y una enorme bolsa de pipas que resistió todo el partido, indiferente a mis nervios y a mi excitación. Caminero, Kiko, Pantic… Mi padre fumaba un puro barato que desprendía un olor pestilente que las mentiras de la nostalgia han acabado convirtiendo para siempre en un delicado aroma. El verde del césped brillaba intensamente bajo los rayos de un sol marceño. Jugamos contra el Celta y ganamos tres a dos. Jamás recibí ni creo que reciba en mi vida un regalo que me hiciera tanta ilusión.

Íker Casillas levantaba en el palco la Copa, pero mi padre ya no veía la televisión. Ya no sentía euforia. Ya no lloraba. Yo me había encerrado en mi habitación y estaba arrancado con rabia todos los pósters de la pared: el atleti del año del doblete… Futre… la selección española… Maldita sea mi vida. Me vestí y salí a la calle, dejando atrás los ecos amargos de la palabra maricón que aun retumbaban en el salón. Encontré un enfermizo placer en oponer toda mi ira y mi dolor a la alegría tan noble y espontánea que sacudía las calles. Campeones, campeones. Cláxones. Bocinas. Desconocidos que me abrazaban. Alguien me colocó una bufanda de la selección al cuello que yo dejé después anudada a una farola. No merecía llevarla. Lo único que quería era estar con Alberto. Quería estar con él, y que me abrazara, que me besara, que me protegiera. Le llamé un par de veces al móvil pero él sí debía estar disfrutando ese momento que mi padre me había robado para toda la vida. Acabé la noche deambulando por el centro de Madrid, atrapado por los rastros inagotables de la euforia.

Cuando regresé a casa, fui hasta la cocina y en un gesto mecánico, abrí el microondas esperando encontrar los restos de una cena que nunca había existido. Cogí una botella de coca-cola de la nevera y me fui a mi habitación. Al pasar por delante de la de mi padre, me detuve unos instantes, deseando con todas mis fuerzas escuchar la respiración profunda y agitada que tenía cuando dormía. Pero no. No. Cuando abrí la puerta de mi cuarto, encontré los pósters que yo había arrancado, colocados de nuevo sobre la pared, sujetados torpemente con chinchetas y curadas las heridas de las rasgaduras con pequeños trozos de celo.

Busqué mi bufanda del atleti en el cajón del armario y lloré hasta quedarme dormido.


Responses

  1. Estoy con tu personaje en que “las personas nos construimos torpemente sobre nuestros errores” y nunca somos conscientes de si el lugar y el momento son o no son los “adecuados”..
    Magnífico relato, Javi. Me encanta.

  2. Sencillamente perfecto. Me ha encantado.
    No hay más palabras.


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