Posteado por: javibrasil | 3 abril 2009

EL REY DEL MAMBO

La mitad de la isla te ofrece el coño. La otra mitad, el culo. Por ocho dólares puedes follarte a una linda adolescente virgen, y si eres un pervertido y refinado hijo de puta, por veinte más puedes montártelo en trío con su madre. Por unos pocos pavos podrás comprar varios gramos de la mejor cocaína que jamás hayas probado y por un fajo reluciente de dólares para gastar, aquí serás el rey. El rey del mambo, claro.

Lo primero que hago al llegar a La Habana es buscar a Marcelo. Es mi hombre de confianza. Durante todo el tiempo que yo esté aquí, él será mi guía, mi chófer, mi asesor, mi guardaespaldas, mi proveedor y, si es necesario, será también mi Ángel de la Guarda y mi coartada. Le localizo, como siempre, discutiendo béisbol con otros taxistas en la parada frente al hotel Melia Cohiba, debajo de un enorme cartel que reza: “Ante todo, firmeza. Aquí, dignidad.” Cuando me reconoce, se acerca y me sonríe con esos dientes blanquísimos que son una ofensa y una provocación. Me aprieta con decisión la mano, lo que aprovecho para colocarle dos billetes de diez dólares. — Carajo, doctor, qué bueno tenerle de nuevo por aquí — . Arruga los billetes formando una bola y se los guarda en el bolsillo del pantalón. — ¿Y bien, doctor? — me pregunta. — Ya sabes lo que busco. Consíguemela para mañana a primera hora —. Marcelo me guiña un ojo y desaparece dentro de su chevrolet. A la mañana siguiente me están esperando en los soportales de la Plaza de Armas. Ella se llama Misleidi. Mulata brillante con un pelo oscuro y lacio que le llega hasta la cintura. Dice tener diecinueve años aunque es probable que tenga menos. Lleva un vaquero ajustadísimo, unas sandalias sencillas con algo de tacón y un top blanco que hace que le resalten unas generosas y duras tetas. Marcelo siempre sabe cómo complacerme. No me gusta ir a los prostíbulos, a los “bayús” como los llaman aquí, así que durante estas dos semanas, Misleidi será mi novia de ocasión full time. Además, Marcelo me dijo que no me preocupara, que podía hacerlo sin condón si quería. ¿Su precio? Dos perfumes franceses comprados en la boutique del hotel, una blusa de seda y cincuenta dólares. A cambio, follaremos como perros hasta que mis testículos no den para más.

Esa primera noche, sin embargo, decido prescindir de su compañía y le pido a Marcelo que me lleve a alguna “valla” a ver peleas de gallos. Durante más de media hora conduce por carreteras secundarias mal asfaltadas y sin apenas iluminación, y durante todo ese trayecto me habla con un tono grave y resignado sobre la situación de Cuba: que cada vez estás más jodida, que con la retirada del Viejo la gente se ha dado cuenta de que con Raúl es aun peor, que está apretando con fuerza los tornillos a los que aun siguen en la isla… Me desconecto del aburrido discurso de Marcelo. A mi qué coño me importa lo que les pase. Yo aquí soy el rey. Por la ventana del taxi voy viendo cómo, poco a poco, desaparecen los viejos edificios del centro de La Habana, que ya ni siquiera conservan la belleza de lo decadente. Finalmente llegamos al barrio de Los Yagüitas. Marcelo se baja del taxi y le pregunta algo a una mujer que fuma en pipa sentada en una mecedora. Desde mi asiento esa escena parece una postal de hace cincuenta años. — Es la siguiente cuadra, doctor.

En la “valla” se celebran al mismo tiempo varias peleas de gallos. El premio del vencedor es salir malherido; el perdedor no volverá a luchar nunca más. Sólo se aceptan las apuestas en pesos. A mi alrededor se alza un griterío espeso de los campesinos jugándose su escaso jornal estatal. También hay un par de americanos obesos y sonrosados queriendo ser una absurda imitación del estúpido Hemingway. Yo no apuesto, sólo miro. Al cabo de un par de horas le hago una señal a Marcelo para que nos vayamos. No le pregunto nada, pero parece que ha ganado una buena cantidad. Está de buen humor y me propone ir a tomar un trago a la Tabernita del Francés, pero le pido que me lleve de vuelta al hotel. Le doy las buenas noches y otro billete de diez que le sirva para aumentar su bola de divisas.

Durante los días siguientes, después de desayunar en el hotel, Misleidi me espera en las escalinatas de la catedral. Cada día la llevo pequeños regalos: laca para las uñas, tabletas de chocolate, champú… Comemos en los mejores restaurantes, servidos por manos de carbón que ignoran que esas manos son aun más esclavas que las de su bisabuelos yorubas. Patria o muerte, leo en un cartel descolorido en tonos rojos y azules sobre los ladrillos de un muro. En algún lugar del bloqueo de los Estados Unidos, el agua se ha estancado y se filtran olores nauseabundos que los cubanos reciben como la mejor de las fragancias para oler desde un neumático de camión rumbo a Miami. Cada noche tengo que darles la “coima” a varios empleados del hotel para que Misleidi llegue, a través de la cocina, a mi habitación de europeo rico. Socialismo real.

Me río mientras me corro por última vez dentro de ella y, quizás por la cocaína, me da por pensar que eyaculo sobre los exuberantes jardines del edificio del diario Granma. A la mañana siguiente Marcelo me lleva hasta el aeropuerto. — Hasta la próxima, doctor —. Le aprieto la mano, colocando en ella mi último billete de diez dólares, con el que completará su imperfecta bola de futuro. Cuando el avión despega, echo un último vistazo sobre la deprimente Habana y creo ver al jodido Mickey Mouse colgando, en una esquina de la isla, el cartel de cerrado por derribo.

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Responses

  1. javi, que “verve” tienes! te envidio sin “urucubacas”, el coraje y el talento! boa semana pra você!

  2. Felicito, desde aquí, al flamante ganador de FDL!!!!
    Enhorabuena, Javitinho!

  3. ja me encanto°°°


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