Posteado por: javibrasil | 24 marzo 2009

KARAOKE

Sólo a una mente enferma se le pudo ocurrir el devastador oxímoron “cena de confraternización laboral”, pero más enferma y retorcida aun, era la de aquel compañero que al tiempo que se limpiaba los restos del merengue de las milhojas con la servilleta, restos que amenazaban con colonizarle su mostacho-morsa, dijo aquello de: — Y ahora nos vamos todos al karaoke, que ya veréis que risas nos echamos. Echar, echar, lo único que echaba eran unos desagradables y sonoros balines salivales cuando hablaba, ya que tenía dificultad para pronunciar correctamente las letras erre y ese y, la verdad, entre nosotros, cuando dijo “echar unas risas” aquello fue una auténtica carnicería.

Yo podía haberme negado, aduciendo alguna inteligente y bien estructurada excusa, como que mi suegra se estaba muriendo de cataratas múltiples o que tenía que acostarme pronto porque a la mañana siguiente debía llevar a castrar a la fiera de mi mujer: su gato. Pero no, nada hice y encaminé mis cobardes y gregarios pasos hacia el karaoke, entre otros motivos menores porque de forma sorprendente, don Augusto, Excelentísimo Señor Director General, había decidido a última hora, para demostrar que en su negocio reinaba la armonía y el buen ambiente, unirse a la de ya de por si tragicómica cena-escena. Y, claro, al Excelentísimo Director General no se le podía decir que no. En realidad, don Augusto se llamaba Ricardo; Augusto era sólo como le llamábamos, en alto top secret, algunos compañeros debido a su gran parecido físico con Augusto Pinochet, al que el diablo le guarde de nosotros por muchos, muchos años, amén, además de un carácter tirano y déspota que era el colofón para que el remoquete de don Augusto le viniese como anillo al dedo.

El karaoke estaba sospechosamente cerca del restaurante donde habíamos cenado, con lo cual comencé a pensar si aquello no sería una vil encerrona. Deseché esa opción de mi mente cuando imaginé a mi compañero, con su cara ebria y abotargada, a cinco centímetros de la mía diciéndome “que no joder, que no es una encerrona”. Me sorprendió que el lugar estuviese bastante concurrido ya a esas horas, por lo que nos fue difícil encontrar una mesa donde sentarnos a tomar la que esperaba fuera la primera y última copa de esa infausta noche. Al final, tuvimos que dividirnos en dos grupos. En unas mesas algo alejadas de la pequeña tarima que hacía las veces de escenario, se situó el departamento de contabilidad en pleno, los representantes del autodenominado Grupo Mixto y Susana, la chica de Recursos Humanos, y en mi mesa, confirmando todas mis sospechas de que Dios no existe, y si existe es un jodido cachondo, nos sentamos un servidor de ustedes, don Ricardo, a.k.a. don Augusto y las chicas de la centralita. El porqué se llamaba a ese trío de carcamales “las chicas” es, junto con la paradoja de Olberg, uno de esos misterios que la ciencia aun tiene que esforzarse en descifrar. El jolgorio en las mesas del grupo mixto era ruidosamente evidente y pensé que ya que esa noche tenia que pasar el trago del karaoke podía haberme caído en suerte el otro grupo, aunque sólo fuera por asomarme al escandaloso escote que tenía a bien lucir esa noche Susana, que yo creo que si te asomabas a él era posible que pudieras ver, por algún pequeño valle situado entre tan portentosa cordillera montañosa, de qué color llevaba pintada las uñas de los pies. Pero no. Miraba a “las chicas”, miraba a don Ricardo, en un estado de sopor etílico y mientras me tomaba mi JB con cocacola pensaba en qué perra suerte la mía. Sobre el escenario había un grupito de jovenzuelos destrozando sin misericordia In the army now, de los Status Quo. Las chicas miraban la carta donde estaban todas las canciones que se podían solicitar entre unas risillas que no se ajustaban a la cantidad de lustros y décadas, acaso varios siglos, que entre las tres sumaban. Mientras Susana hacía una sensual versión, aunque algo barrial y periférica del You can leave your hat on, don Ricardo se peinó sus canas con los dedos, se ajustó correctamente el nudo de la corbata, me miró muy serio y me dijo: prepárese Martínez, que los siguientes somos nosotros. Un escalofrío recorrió en zigzag todo mi cuerpo. ¿Había escuchado bien? ¿Don Ricardo y yo? ¿En el escenario? ¿Cantando juntos? Miré con pavor hacia la tarima, esperando que el público le pidiese a Susana seis o siete bises más, pero desde sus mesas, el Grupo Mixto coaligado maquiavelicamente ahora con el sector contable en pleno, reclamaba la vuelta de Susana, entre otras cosas para ver si le quedaban tan bien esas perlitas de sudor que se le habían depositado, tan graciosamente, sobre el labio superior.

Entre las miles de formas de morir que uno puede tener la más humillante, sin duda, es la de morir de vergüenza sobre el escenario de un karaoke de barrio, cantando con tu jefe una canción que ni siquiera sabes cuál es. La rechifla del resto de mis compañeros de trabajo apenas dejaba oír unos acordes al piano, que parecían extraídos de un órgano de juguete que le compré en los chinos a mi sobrino. Me cogió de sorpresa cuando mi jefe, muy serio, comenzó a cantar: “Hace dos años y un día que vivo sin él”…La canción la conocía, me sonaba, pero no conseguía clasificarla adecuadamente en el archivo de mi cerebro. “Hace dos años y un día que no le he vuelto a ver”. Dios mío. Acababa de reconocerla. Pero no tuve tiempo para el estupor porque don Ricardo, mirándome a los ojos con una intensidad insospechada dijo: “¿Quién es? A lo que le respondí: “Soy yo” Y él: ¿Qué vienes a buscar? Yo: “A ti”. “Es tarde” “¿Por qué” “Porque ahora soy yo la que quiere estar sin ti. Por eso vete, olvida mi nombre, mi cara, mi casa y pega la vuelta…”

Fue asombroso. Entre don Ricardo y yo se creó una complicidad poderosa, una pasión inexplicable y sensual, una energía catártica e invisible que nos elevaba por encima de la mediocridad de nuestros días. Era como si todos nuestros actos anteriores hubieran tenido como fin ese momento. Repasamos todas las canciones de Pimpinela que había en la carta del karaoke: “Dímelo delante de ella”, “Una estúpida más”, “Me hace falta una flor”, “No entiendo al amor”…

Cuando acabamos, el local estaba ya medio vacío y no había ni rastro del resto de compañeros los cuales, seguramente aburridos, y acaso avergonzados, habían ido en busca de la noche para continuar sus azarosas aventuras. Una vez que bajamos del escenario, pareció como si don Ricardo recuperase de golpe su anterior estado de embriaguez, por lo que me ofrecí para llevarle en mi coche hasta su casa.

Reconozco que estando los dos solos en el coche, la magia del momento no había desaparecido, y que la voluptuosidad aun estaba a flor de piel. Por eso no me extrañó que mientras yo le abría la bragueta del pantalón y antes de que me metiese su lengua en mi boca me dijera: — Anda, vuélvemela a cantar bajito, pero, por favor, llámame Augusto, que me pone más.


Responses

  1. ¡Otra, otra!


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