Posteado por: javibrasil | 11 marzo 2009

EL BAR DE JOE

Paradoja: el bar de la calle siete nunca estuvo en la calle siete. El bar de la calle siete se encontraba en un innominado callejón sucio, lóbrego y desapacible, como son todos los callejones de papel y como son, y tiene que ser así, todos los de la vida.


Allí, en aquel bar, trabajaba Joe di Salvo. En su vida Joe no pensó jamás en otra cosa que no fuera ser barman. Y no es fácil serlo, podéis creerme. Se dice que para ser un buen barman lo único que hay que hacer es reinventarse en un cóctel con las dosis justas de sus ingredientes: un chorrito de psicólogo, unas gotas de confesor, una pizca de consejero … Mentiras. Mentiras para románticos estúpidos que sólo se reconfortan en lo obvio y en lo fácil. Lo único que se necesita para ser un buen barman es ser lo suficientemente cínico e hijo de perra para poder soportar a los clientes.

Lo mejor del bar de Joe era lo que no tenía. No tenía bebedores solitarios, profesionales de barra, esperando ser inmortalizados por el Hopper de turno, ni mujeres de dudosa virtud, pero virtuosas entre los lienzos del cuarto alquilado por cinco pavos la hora, ni fotos amarillentas ladeadas en la pared con algún famoso, acaso algún politicastro que se dejó caer por allí un día equivocado en busca de un puñado sucio de votos. Es más, Joe guardaba con celo un viejo cuaderno de tapas duras color sangre donde anotaba con una letra hiriente y obtusa la fecha y el nombre de todos aquellos a los que había echado de su bar en todos esos años. Rumores viperinos decían que en esa lista aparecía dos veces el nombre de Allen Ginsberg, pero ya sabéis que los rumores no son más que los fetos bastardos de la verdad.

En realidad, poca gente en la ciudad sabía que al bar de la calle siete, ese que no estaba en la siete, al bar de Joe la gente iba a pensar. A un lado, ocupando las mesas dispuestas simétricamente, como un esqueleto apócrifo de mármol, junto a las dos grandes ventanas ligeramente translúcidas, no se sabe bien si por estética o por falta de higiene, se sentaban los empiristas, liderados por un tal Scott Young, uno de los estibadores más veteranos del puerto y que, por supuesto, se preocupaba de mantener en secreto esa vertiente de su personalidad, esa versión culta y oculta de su realidad. Al otro lado, de pie, en la barra, junto a una vieja jukebox Wurlitzer que no funcionaba desde que Il Mondose había partido en dos en la voz de Jimmy Fontana, se agrupaban los racionalistas. Unos y otros sólo consumían cerveza y litros y litros de Jack Daniel´s, que enardecían los ánimos y prendían, como fósforos masturbándose contra la lija, eternas y tensas discusiones, pero siempre a media voz. Quizás nunca hayáis pensado en esto, mediocres encerrados en vuestros universos pequeñoburgueses de ocho horas de oficina e hipoteca hasta la tumba, pero una discusión a media voz es erotismo, es perturbación, es seducción…

Así pues, sólo cerveza y bourbon. Nada más había en el aseo de las damas, que desde hacía ya varios inviernos, desde la última vez que unos tacones de diez centímetros osaron profanar con su ritmo constante y deseable el bar de Joe, cumplía las veces de almacén.

Pero el bar de la calle siete, el bar de Joe comenzó a morir la misma noche en la que un señorito snob llegado de la parte alta de la ciudad, o quizás extranjero, entró solo al bar, elegantemente vestido de negro, se sentó en una de las pocas mesas vacías, junto a los empiristas, y llamando, pssi, con cierta displicencia, pssi, pssi, al camarero, le pidió que le sirviera un martini agitado, no removido. Mientras Joe buscaba, junto a la máquina registradora, en un caótico cajón entre facturas impagadas, cuchillos oxidados y monedas de dólar de uno y cinco centavos su cuaderno con las tapas color sangre, un racionalista jura por Descartes que le oyó exclamar: “Mierda de cine, va a acabar con todo.”

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