Posteado por: javibrasil | 18 febrero 2009

M

La eme se le quedó en el abismo abierto y vertiginoso de su boca, aferrándose fuertemente a los labios con sus trazos filiformes, cobarde como un perro callejero. Habitó durante unas milésimas en algún lugar indeterminado del tránsito, apenas perceptible, entre la certeza y lo presunto, el todo o nada. Al final, volvió a refugiarse en el interior de la boca, en un rincón esquivo y árido, justo detrás del paladar.

Ella pasó, una vez más, una última vez más, junto a él, maldiciéndole y maldiciendo en silencio, siempre el silencio, siempre, por que él no se atreviera a pronunciar su nombre, a llamarla, en definitiva, a amarla.

Más tarde, parado ante un semáforo, masticando aun el sabor agrio de las letras y deseando que el rojo fuera sólo un color perpetuo y absurdo, pensó que miedo también comienza con eme. Como María.


Responses

  1. Cuántas letras se nos quedan colgadas en los labios sin atrevernos a pronunciarlas…. cuántas letras empezadas y jamás terminadas….
    Ofú, Javi…. me ha gustado… te vuelvo a “reconocer”…


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