Posteado por: javibrasil | 21 enero 2009

LITERATURA

Lo que le llevó más tiempo fue decidir qué libros serían los elegidos. Finalmente, y después de ojear y hojear endecasílabos arrebatados, párrafos rotundos, diálogos sibilinos y elipsis definitivas, escogió de su biblioteca a Garcilaso de la Vega, Yates, Clarice Lispector y el diccionario de la Real Academia. A última hora decidió añadir a ese grupo de elegidos un viejo libro, las tapas ajadas y las hojas invernales y pálidas, que contenía algunos cuentos de varios autores hispanoamericanos: Borges, Benedetti. Monterroso…

De uno de los cajones de la cocina cogió una caja de cerillas de madera que había robado ─el poder de los símbolos─ pensó, en el supermercado esa misma mañana y regresó a la biblioteca. Estuvo manoseando los libros elegidos durante bastante tiempo, como si fueran un gato de papel que reclamaba egoístamente su cuota inacabable de caricias . Descubrió que sería una broma selecta escoger también la Biblia para celebrar su feroz aunque algo desgastado ateismo.

Se dirigió con los libros y la caja de cerillas al cuarto de baño. Lamentó que los libros fueran seis y no siete, que era un número con más poder cabalístico, acaso literario, pero le dio pereza reiniciar de nuevo todo el proceso para elegir otro libro. Los dispuso sobre el suelo de la bañera en una formación que recordaba a los tipis que aparecían en las viejas películas de vaqueros. Y debajo de aquella catedral de celulosa, acentos, letras y puntos y aparte, provocó una pira con la caja de cerillas. Le decepcionó comprobar lo lento que ardía la Literatura, pero él no tenía prisa. Mientras se desnudaba, sobornó el olor intenso que despedía la hoguera con el rocío artificial y espurio de la lavanda enlatada. Espiando a través del espejo como el fuego iba agonizando para resucitarse en los rescoldos oscuros y carmesíes, cogió un segmento de hilo dental y con un cuidado casi enfermizo lo pasó por entre los intersticios dentales. Cuando acabó, alguna frase tal vez mal subordinada, aun chascaba y se quebraba en las últimas azulinas llamas moribundas. Esperó, con la paciencia de los que ya no tienen por qué esperar nada, a que el fuego se extinguiese totalmente. Le incomodaba el olor mixto y mestizo provocado por el ambientador y por el fuego, pero le recompensaba el saber que era un pequeño peaje que debía pagar. Cuando ya no tuvo dudas de que todo, llamas, fuego, Literatura, brasas, habían dejado de existir, se arrodilló delante de la bañera y, pasando dos dedos por las cenizas, se tiznó por tres veces la cara, en una suerte de persignación blasfema y mística al mismo tiempo. Después, colocó la palma de la mano sobre las cenizas aun tibias y restregándose lentamente, se ennegreció el pecho. Cuando se contempló frente al espejo, tuvo conciencia de que, por fin, su gran obra había sido escrita: tres poemas inútiles y un epílogo para cobardes.

 
 
 
 
Para I.


Responses

  1. Muy muy bueno.
    Haa y felicitaciones por el nuevo formato.
    Un abrazo.

  2. Congratulaciones.

  3. Inquietante. Sí, es estupendo.

  4. Gracias. A miles.

  5. Ofú!

  6. Muy bueno.


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