Posteado por: javibrasil | 30 enero 2008

EL DISFRAZ

No es por presumir, pero la verdad es que me miré al espejo y estaba preciosa. Era una auténtica cebolla roja. Hasta me esforcé en colocar en la parte de abajo unas simpáticas raices fibrosas que si bien me molestaban ligeramente al caminar, hacían que el disfraz fuese perfecto. De otros años aún tenía guardados en el altillo mi disfraz de oso polar borracho, de lesbiana minimalista, de gamba con gabardina, graciosísimo, te lo juro, y el de horno crematorio filonazi que pude reutilizar en el penúltimo Halloween y que cosechó, debo reconocer con cierto sonrojo intelectual, alabanzas y críticas a partes iguales. Pero yo quería ir de cebolla. Que fuera roja era sólo un capricho estético. Y quería ir de cebolla porque mi servicio de espionaje me había pasado la información de que Fernando iría de lechuga. Fresca.


Al llegar a la fiesta, abarrotadísima y superanimada, me costó acercarme hasta donde él se encontraba porque en la pista de baile, tres enormes e hiperesféricas bolas de billar, concretamente la ocho negra lisa, la once roja rayada y una más, púrpura, incomprensible ella, con la leyenda “fuck me, papito”, se movían descontroladamente al ritmo de son, son, para que tú lo bailes. Tras algo de esfuerzo y con unos enormes goterones de sudor que me caían allá donde la cebolla pierde su casto nombre, conseguí llegar hasta Fernando.

          – Hola, señor Lechuga. ¿Me reconoces?

          – ¿Carol?

          – Si, soy Carol, pero si quieres puedes llamarme señorita Cebolla.

Hizo un amago de darme dos besos pero su enorme y enhiesto tallo se chocaba, casi promiscuamente, quise pensar, con la parte alta de mi cebolla (o supracebolla). Ambos nos echamos a reir.

          – Jo, te lo juro, tío, qué coincidencia, ¿no? Tú de lechuga y yo de cebolla. Casi podíamos decir que nos complementamos, ¿no?

Estuvimos charlando un rato y en ese tiempo creo que al menos me desnudó un par de capas con su mirada verde, vegetal y libidinosa. No es por nada, pero formábamos una pareja perfecta: la frescura de la lechuga y el regusto picantito de la cebolla. Yo no veía la hora de irnos de la fiesta a algún lugar más tranquilo y que él me susurrara al oído: “quiero pelarte, cebollita mía”, y que yo, loca de frenesí, le contestara: “oh, sí, sí, pélame, pélame toda, quítame todas las capas …soy tuya, lechuga, hazme sentir una hortaliza de verdad.” En vez de eso, se limitó a preguntarme con quién había venido a la fiesta, pregunta que yo presupuse como el preámbulo del prólogo del prefacio de una próxima invitación más procaz y provocadora. Predije. Con un gesto le señalé uno de los extremos de la atestada barra donde Anabel y Begoña, disfrazadas respectivamente de obispo pederasta reprimido y de funcionaria ninfómana parecían pasárselo bastante bien con dos tipos larguiruchos y con aire pavisoso que iban disfrazados, en un inaudito y frágil equilibrio matemático, de Lennon, McCarnety y Ringo Starr. Me acerqué como pude a la barra a por una copa y a decirles a mis amigas que no me esperaran, que mis planes para esa noche habían dado un inesperado y deseado giro hacia la saludable dieta mediterránea.

Y tanto que así fue.

Cuando me di la vuelta y encaminé mis pasos a la búsqueda de mi anhelado señor Lechuga, me le encontré en mitad de la pista de baile, dándose el lote apasionadamente, te lo juro, con una espectacular, rubísima, altísima, fresquísima y coloradísima tomate en rama, con un precioso culo y unas ramitas verdes muy monas que muchas ensaladas mixtas quisieran para si, pero ante la que yo no podía competir en mi actual estado de mujer-cebolla con el corazón cortadito en rodajas y muy picadito.

Mientras corría, entorpecida por mis propias raices, para encerrarme en uno de los lavabos de la discoteca, pensé que yo ya lo había perdido todo, y que nunca una triste y rechoncha cebolla roja podría competir con la compenetración íntima, exacta y perfecta de una tomate con un lechuga, hechos el uno para el otro, el yin y yang de las ensaladas universales.

Cuando salí del lavabo y vi mis ojos enrojecidos, brillantes y acuosos, haciendo juego con mi absurdo disfraz, sonreí con amargura y me dije: “Bueno, Carol, al menos le has sido fiel hasta el final a tu querida cebolla, y te ha hecho llorar y todo. Ahora, enjúgate las lágrimas, sal ahí afuera y ve a por todas.: cómete el mundo.”

Y, quién sabe, los caminos de una cebollita roja son insondables, y quizás la noche tenía que acabar así, pero antes me pareció divisar en la barra a un señor Diente de Ajo que no estaba nada mal y que tal vez aún pudiera servirme para hacer un sofrito para la cena.

 

 

 

 
Para N. y Ñ., que se lo merecen.

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Responses

  1. Me ha parecido genial!

  2. Buenísimo

  3. En la época de la cocina de fusión, la nueva cocina, etc., deberías haberte buscado algo más exótico, seguro que funcionaba.
    Ya nos contarás cómo terminaste la noche. Qué morbo.

  4. Si, Humo, pero nuestra querida señorita Cebolla era más de vermú y torreznitos que de brunchs. 🙂

  5. Pues no lo entiendo. Las ensaladas siempre han llevado lechuga, tomate y cebolla. No se que problema veía el Sr. Lechuga en montarse una ensaladita completa.

  6. Al final de la noche cambié el disfraz por el de Pepino indecente (no quería perderme la posibilidad de orgia en la ensalada)

  7. Yo no me cambié el disfraz, me encontraba en mi salsa con el k llevaba puesto, era el más apropiado para la fiesta, ¿o no?

  8. Yo que iba de George Harrison al ver a mis 3 compis, John, Paul y Ringo, convertidos en 2… creí haberle dado a la María más de la cuenta, se me cayó el bigote de peluche al suelo, lo recogí como pude -antes de que me viera el obispo y le atrayera mi posturita- y me fui a mamarla a otros lares, digo bares.

    *!*

  9. “atrajera”, sorry (es que soy de Liverpool… you know…)

  10. Suscribo lo dicho por Alicia. ¡Verduras del mundo, uníos!


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