Posteado por: javibrasil | 26 enero 2008

SAUDADE

SAUDADE

 

 

Los ilegales somos una gigantesca tropa de invisibles absurdos. Hace ya tres años y dos meses que salí de Brasil, de mi querida Bahia, y aun no he podido regresar. El contacto con mi familia ha quedado reducido a esporádicos correos electrónicos o a la llamada que les hago desde el locutorio todos los sábados a las diez de la noche, y donde he aprendido a mentirles y, lo que es peor, a mentirme ami.


Sin embargo, me ocurre que de vez en cuando y en lugares insospechados, como si fuera un sutil y microscópico milagro, me llegan, definidos e intensos, los olores de la cocina de mi madre, olores dulzones y maduros de acerolas, mangos, guayabas y graviolas, o esos otros olores encerrados en los pucheros donde ella cocinaba el vatapá, el xinxim de gallina, el acarajé o la feijoada que tomábamos los domingos, reunidos toda la familia mientras bebíamos unas cervezas bien frías, riendo y acompañando viejos sambas con la guitarra.

Vivir en Brasil es duro. Muy duro. Es el infierno en el paraíso o, si eres un tipo afortunado, el paraíso en el infierno. Brasil es un país excesivo. En todo. En su belleza, en su violencia, en su esperanza, en su miseria, en su fe, en su desesperación, en su hospitalidad o en su ingenuidad. Pero la gente ríe. Y sonríe. Hasta cuando te pegan un tiro en la cabeza con una Glock de nueve milímetros para robarte unas nike usadas una brillante mañana de diciembre en pleno centro de São Paulo, los bandidos te sonríen.

Aquí no. Aquí nadie sonríe casi nunca. En el metro colecciono con paciencia miradas y ninguna de ellas sonríe. Las hay tristes, melancólicas, muchas de ellas asustadas. Las hay duras, neutras, inciertas. Desafiantes, metálicas, impasibles. Ni rastro de bondad. La mejor forma de conocer Madrid no es pasear por sus calles, es transitar por los eternos túneles y pasadizos del metro. Eso me lo dijo un amigo cubano nada más llegué a Madrid y después de más de tres años viviendo en esta ciudad, he comprobado que tenía toda la razón. Cada día para llegar a mi trabajo, tan ilegal y tan absurdo como yo, paso por 22 estaciones, hago dos transbordos y recorro multitud de pasillos insaciables que devoran sin piedad a decenas de personas. Bien es cierto que podría hacer un recorrido más racional, más corto. Pero no quiero. Si asi lo hiciera, no podría pasar por aquella esquina, en la estación de Avenida de América, donde van a encontrarse dos pasillos y donde cada mañana, una muchacha joven de piel blanquísima canta acompañada por su guitarra y por una dulcísima voz canciones de Vinicius, de Jobim, de Elis Regina, alguna de Milton o Marisa Monte de vez en cuando. Su cadencia musical y su dulce acento la delata y sé que proviene del sur, probablemente de Porto Alegre. Cada mañana deposito veinte céntimos de euro sobre la funda oscura de la guitarra, y sin decirle nada, le sonrió. Quizás ella al menos sí pueda pensar que en esta selva, hay alguien que lo hace. Mientras continuo mi camino y las notas se van quedando difuminadas y lentas detrás de mi espalda, agazapadas contra el olvido, siento una profunda rabia y un intenso dolor que ni siquiera sé a quien dirigir. Asi pues, me subo de nuevo en el vagón, me ajusto bien la gorra, me coloco las gafas de sol y comienzo a ensayar con torpeza, desde detrás de los cristales, miradas desafiantes que al menos sirvan de lenitivo a mi dolor.

Una amiga española me preguntó una vez qué era para mi la saudade. No supe explicárselo, pero quizás sea esto, quizás sea escuchar los mil veces repetidos acordes de Garota de Ipanema en un gris pasadizo del metro, a 6000 kilómetros de tu hogar, y sentir que tienes ganas de regresar y de llorar, muchas ganas de llorar.

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Responses

  1. Hay usos y costumbres. En Madrid una sonrisa en el metro puede ser una provocación, lo cual no quiere decir que seamos duros. No más que el resto del mundo. Duros o blandos, lo somos a nuestra manera.
    Yo no podría vivir lejos de Madrid: me moriría de la pena, y por eso comprendo a quien tiene que marcharse de su lugar para buscarse un lugar en donde sobrevivir.
    Para el inmigrante, cualquier país es peor que el suyo, y puede caer en la tentación de encontrar únicamente lo malo de los otros, de la misma manera que los otros pueden ver en el inmigrante sólo lo peor de él. Es injusto para ambos.

  2. Estoy de acuerdo en todo lo que dices, Humo (menos en lo de vivir lejos de Madrid; a mi me ocurre justo lo contrario). De todas formas, la realidad tiene infínitos rostros y todos son ciertos. Éste cuento no es más que uno de ellos.


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