Posteado por: javibrasil | 19 enero 2008

TANGO

Inspirándome en alguna otra bitácora que visito, decidí incorporar una mínima banda sonora que formara un todo con el cuento. Asi pues, si os apetece experimentar este juego, y queréis escuchar la canción al tiempo que leéis el relato únicamente tenéis que hacer click en el título, “Tango”, y abrir una ventana nueva. 

Las palabras quizás son torpes, pero por la música pongo la mano en el fuego.

 

 

TANGO

El taxista de la gorra azul de Los Angeles Lakers e implacable verbosidad nos dejó a la puerta de lo que según él, era la mejor casa de tangos de Buenos Aires. Chao gallegos, pásenlo bien, se despidió de nosotros llevándose el índice de su mano derecha a la visera de la gorra, como un remedo burlón de saludo militar.

En la puerta nos recibió un hombre alto y grueso con unos ojos tristes como perros que nos franqueó la entrada con una sonrisa imprecisa y perezosa. La sala era bastante pequeña y en su interior había sólo cinco o seis parejas sentadas en unos veladores delante de un pequeño escenario negro y habitado únicamente por un piano con una enorme copa de cristal encima en la que alguien había colocado dentro varios pesos en billetes y monedas. Los tangos sonaban aún enlatados, susurrantes, provenientes de los altavoces que se repartían irregularmente por la oscura sala. En las paredes había fotos desvaídas de un jovencísimo Piazzola, de Marconi, de Pugliese, del Polaco Goyeneche, de Libertella… que nos hacían saber en silencio que allí habían actuado los más grandes. Quizás, en otra época. Sí, quizás. Nos sentamos en una mesa cerca del escenario, con una visión algo lateral del mismo, y mientras yo me pensaba si maridar mi whisky con soda o dejarlo en una confortable soltería, oía a mis amigos quejarse porque el taxista nos había engañado trayéndonos a este tugurio de mala muerte. Ellos quizás hubiesen preferido ir al Viejo Almacén, ese del que hablaban en todas las guías turísticas, una sala famosa, exquisita, elegante y sin alma. Pero para mi, esta decadente sala de tango donde estábamos ahora llamada La Pequeña Tanguería de San Telmo, me parecía el mejor lugar del mundo para despedirme de la hermosa Buenos Aires.

Al poco tiempo, aparecieron los músicos y los bailarines, que fueron recibidos por unos aplausos sordos, breves y corteses. Los discos dejaron de sonar. El bandoneonista era un tipo viejo con todas las arrugas y el dolor del mundo en su cara, vestido como un oficinista aburrido e indolente y que era fumado por decenas de cigarrillos que dejaba agonizar uno tras otro en el abismo de la comisura de sus labios resecos. Desde el ángulo de visión que teníamos desde la mesa donde estábamos, el pianista, encorvado hasta lo imposible como un Bill Evans porteño, era para nosotros el pianista sin cabeza, y precipitaba con pulcritud, emoción y vértigo sus dedos sobre las teclas en lo que era el comienzo de una larga serie de tangos instrumentales.

La bailarina era una mujer delgada, con el pelo negro muy corto, de unos 40 años, y de turbadora belleza que se presentó como Yolanda pero que yo rebauticé secretamente como Alizia, con zeta, que es una letra tan fronteriza y límite como los tangos. Algunas parejas se habían lanzado a la pista a bailar, muy serios, concentrados, como si aquello fuese un sacrificio necesario y doloroso para escupirle al desencanto a la cara, una liturgia rigurosa para recomprar sus almas al diablo. Creo que nosotros éramos los únicos turistas y ella me sacó a bailar. Me agarré a su talle con timidez y ella acomodó con sutil elegancia sus falsos y esforzados fallos a mis inciertos y torpes movimientos, mientras yo no dejaba de mirarle a sus ojos negros, tal vez castaños. Que bien bailás, me mintió abriendo su roja boca y mostrándome una desordenada hilera de pequeñísimos dientes blancos. En ese tiempo que duró aquel tango sin nombre, Alizia ni siquiera sospechó que fue la mujer más amada del mundo. Cuando el piano y el bandoneón callaron, Alizia, ya de nuevo Yolanda, sólo era un recuerdo de una pasión de vía única de ciento ochenta segundos.

El hombre que nos abrió la puerta cuando llegamos, entró en el local y se desprendió del horrible abrigo azul que ya había olvidado sus días de esplendor y con el que combatía el frío bonaerense en aquella invernal noche de julio. Debajo del abrigo llevaba un smoking sin lustre pero cuidado con ternura y una pajarita rojo sangre. Se subió al escenario y cantó un par de tangos arrebatados, acompañado sólo por el conmovedor sonido de un bandoneón que tenía la capacidad de convertir en creyentes a los ateos, en puros a los impuros. Y entonces me di cuenta de que aparte de los ojos tristes, aquel hombre tenía la voz triste, el ademán triste, el futuro triste y triste la tristeza.

Antes de irnos, dejé en la copa el que sería uno de mis últimos billetes gastados en Argentina. El bandoneonista prendió su penúltimo cigarro y mirándome desde detrás del muro de humo, me guiñó un ojo. O así quiero recordarlo yo. En la radio del taxi, de regreso al hotel rasgando la avenida Rivadavia, un locutor de voz grave y vehemente hablaba, en la madrugada sobria, del partido de Boca el siguiente domingo en Liniers. El recuerdo amargo del whisky aun seguía quemándome ligeramente las encías y por un momento deseé que mi vida, toda mi vida, no fuese nada más que un tango.

Sólo eso.

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Responses

  1. Siento nostalgia de abandonar Buenos Aires…
    Y nunca he estado allá.

  2. Leyendo-escuchando tu relato me venía constantemente a la memoria una canción de Joaquín Sabina…. “no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”…. en tu caso lo “peor” es añorar lo que sucedió…
    Sublime redacción, Javi.

  3. Me ha gustado el whisky sin maridar, me ha gustado cómo te agarraste a su talle… me encanta los charcos que vas dejando sin saberlo.
    De un whisky sin maridar a un whisky maridado (?).


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