Posteado por: javibrasil | 13 enero 2008

ENIGMA

Entre anuncios de comida rápida, créditos instantáneos ofrecidos por piratas con corbata y ventas por catálogo con premio seguro, a mi buzón llegó también un elegante flyer en cartulina negra con unas hermosas y estilizadas letras en color dorado donde podía leerse: “Enigma: perla negra.” A pesar de su evidente belleza, con el paso de los días acompañó sin honra alguna a otros cuantos kilos de papel viejo hasta el ataúd azul del reciclaje, donde les perdí definitivamente la pista de sus veleidosas ilusiones.

A la semana siguiente recibí de nuevo otra cartulina, también negra con letras doradas, pero con un texto diferente: “Enigma: ¿acaso no te atreves?” Como la vez anterior, ni una dirección, ni un teléfono, nada. Bien podía tratarse de un nuevo centro comercial o de una revista de tendencias de esas en las que te dicen como tienes que ir vestido durante los doce próximos meses si no quieres convertirte en un excluido social.

Guardé la publicidad en el cajón de la mesilla, aunque no sabría explicaros el porqué. Pasaron varios días en los que mi buzón solo se vio mancillado por anuncios varios, rutinarias cartas del banco y prosaicas facturas. Pero cuando ya tenía olvidado este asunto, recibí una tercera publicidad que decía: “Enigma: perla negra. Las puertas del placer se abren sólo para ti. ¿Tienes miedo?”

Aquel texto me jodía y me inquietaba al mismo tiempo. Ese “¿tienes miedo?” era una trampa demasiado obvia y grosera para que una persona inteligente pudiera caer en ella. Una persona inteligente no caería, no, pero yo sí, así que dediqué toda esa tarde a buscar en google, Santa Biblia del Conocimiento, algo que tuviera relación con “enigma perla negra”, pero aparte de hacerme un experto nacional en la Sábana Santa y en apariciones marianas en sesión continua los sábados por la tarde, y de saber que las perlas negras son infinitamente más caras que las blancas, poco más pude sacar en claro.

En lo siguientes días, reconozco sin pudor que abría el buzón de correos con una excitación que me provocaba un ligero estremecimiento placentero. Así, me fueron llegando nuevas noticias de Enigma donde el texto era siempre nuevo y sugerente. Pero la última vez, en vez de la ya habitual cartulina negra, recibí, dentro de un sobre a mi nombre, una hoja con un texto manuscrito con una letra algo impersonal que decía: “Los sueños no esperan. Ahora o nunca. Viernes, 22 h. Hotel Excelsior, abitación 417.” En el sobre se adjuntaba también una pequeña tarjeta rectangular de plástico con el logotipo del hotel junto al número 417. Apenas me detuve a recuperarme del dolor que provocaba a la vista esa “abitacion” mutilada por una hache ausente y fugitiva. Hoy era jueves, y Perla Negra me proponía una cita a ciegas para mañana por la noche. Me asusté. Y mucho. Y pensé en tirar a la basura esa carta, y la tarjeta-llave, y todos los flyers que guardaba subrepticiamente en la mesilla. Aquel asunto comenzaba a sobrepasarme. Demasiada excitación para alguien que llevaba una vida sensata y ordenada como la mía. Pero como el ser humano es, por encima de todas las cosas, estúpido, en vez de hacer eso, en vez de tirar todo a la basura y olvidarme para siempre del tema, comencé a pensar en qué ropa iba a ponerme mañana para acudir a la cita. Uno siempre sabe cómo tiene que vestirse para una cena informal, para una reunión de trabajo, para una boda de segunda división, o para un funeral urgente, pero para ocasiones como ésta uno echaba de menos que Enigma realmente no hubiera sido una revista de tendencias que viniera a socorrerme en un momento como este.

El Excelsior estaba algo alejado del centro pero aún así, era un buen hotel, por lo que supuse que Perla Negra iría vestida elegantemente, quizás con algún vestido de noche ligero y vaporoso, así que rescaté de mi armario mi mejor traje, aquel al que las malas y viperinas lenguas de mi trabajo habían bautizado a mis espaldas como el traje modelo Miami-anti-vicio.

El viernes a las nueve de la noche, estaba tomándome un gin-tonic en el bar de enfrente del hotel, espiando con ansia e inquietud a las pocas mujeres que veía salir o entrar en el hotel, sometiendo a todas ellas a un escrutinio  fugaz e inútil que daba como desolador resultado que ninguna de ellas podía ser Perla Negra, pero, que al mismo tiempo, lo eran todas. Pensé que la frontera de una sofisticación a todas luces fraudulenta se hallaba en el tercer gin-tonic. Durante todo el tiempo que estuve en el bar, manoseé inquieto la tarjeta-llave del hotel, como si ésta pudiera transmitirme alguna información oculta a través del tacto. Pagué las consumiciones, me ajusté bien la corbata, dejé propina, respiré hondo y miré el reloj: las 21:50.

“Planta……cuarta. Fourth…..floor”, susurró la meliflua voz invisible del ascensor. La habitación 417 estaba al final del pasillo de la izquierda. Y la abitacion 417 también. Me asustó el no tener miedo y mi caminar tranquilo hacia la puerta. Llamé tenuemente con los nudillos sin obtener respuesta, así que con mano firme, introduje la tarjeta-llave para accionar la cerradura. Un diminuto piloto verde se encendió y la puerta se abrió tras un minimalista “clic”. Entré. La estancia era mucho más grande de lo que yo había imaginado y estaba correctamente decorada. Musité un “hola” tembloroso que no se correspondía en nada con la entusiasta inversión en alcohol que había hecho anteriormente. Nadie respondió. Por debajo de una puerta se filtraba un listón de luz suave y los rumores difusos y distorsionados de voces . Perla Negra estaba al otro lado de esa puerta. “Los sueños no esperan. Ahora o nunca”, recordé. Avancé lentamente pero con decisión y empujé la puerta con la mano.

Lo que mis incrédulos ojos vieron fue a un tipo enorme, negro, calzado con botas militares, vestido apenas con un tanga y un liguero de cuero rojo, y una capucha, también de cuero rojo, y llena de cremalleras, sodomizando sin piedad a otro hombre, al tiempo que de un libro colocado en un atril en mitad de la sala, recitaba a media voz, poemas de Gertrude Stein. Cuando se percató de mi presencia, hizo un alto en la lectura, (que no en la sodomización) y me dijo con voz y acento seductor: soy Perla Negra. En cuanto terminé con esto estoy contigo, cielo.

Huir. Gritar. Llorar. Huir. Retroceder. Escapar. Huir. Durante unos segundos pude ejecutar toda esa lista de infinitivos pero, qué le vamos a hacer, experiencias como estas sólo se tienen una vez en la vida, pensé, mientras me quitaba el pantalón y lo dejaba perfectamente doblado en una silla esperando, paciente, a que llegase mi turno.


Responses

  1. La vida misma, aunque a mí me lo suelen hacer en el banco o en la caja de ahorros…

  2. Perlas, diamantes, joyas, en general…. El enigma es lo que tiene….

  3. Quién fuera ese flyer que entrara en tu sensata y ordenada vida, Perla


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