Posteado por: javibrasil | 27 diciembre 2007

CINE

Aquellos cines de barrio que tenían nombres tan evocadores como Apolo o Emperador se fueron muriendo en silencio, a cámara lenta, como un trasto viejo e inútil, sin recibir nunca el honor que se merecían. Allí aprendí a amar el cine, una frase tan cursi como sincera. En las dobles o incluso triples sesiones, descubrí que Richard Vidmark podía matar sólo con su risa, que los indios eran siempre los malos, que los marcianos nos conquistarían antes o después, que Cantinflas era un antihéroe, aunque yo ni siquiera lo sospechara, y que mi mano estaba siempre temblorosa cuando quería colonizar la pierna de Loli bajo su falda tableada, falda que ella se elevaba unos centímetros más allá de la frontera paternal en cuanto salía por el portal de su casa.

Sólo el olor incontestable del ozonopino ya servía para comenzar a transportarme a desiertos polvorientos, desangelados planetas rojos o inquietantes ciudades nocturnas llenas de humo y neón. Muchas veces entrábamos al cine (en la infancia, ir al cine no podía ser si no una experiencia colectiva) con la película a la mitad, pero poco nos importaba tener primero la certeza de quién era el asesino y, en el segundo pase, redescubrirle siendo un simple sospechoso con gabardina oscura, pitillo entre los labios y sombrero borsalino.

Recuerdo con nostalgia, ese sentimiento tan cobarde y traidor, cómo negociábamos con la taquillera, que indefectiblemente era una mujer mayor, y con el portero para que nos dejasen ver aquella película autorizada para mayores de 14 años aunque nosotros sólo tuviéramos doce o trece. A veces, dependiendo de su humor, lo conseguíamos, y con un poco de suerte, en la pantalla aparecía fugazmente el pecho desnudo de alguna actriz, lo cual nos serviría para nuestras ensoñaciones nocturnas, más o menos atrevidas.

Aquellos cines ahora sólo existen en mi memoria como un recuerdo amable y dulce. Hace tiempo que dejé de ir. Me gustaba ir sólo, buscando desesperadamente las sesiones donde menos gente hubiera y donde mi misantropía no se sintiera violentada. Los cines ahora se han convertido en inmensos centros comerciales donde, lo de menos, es la película, y donde hordas salvajes invaden las salas provistos de gigantescos cubos de palomitas, enormes vasos de coca-cola y una irritante incontinencia verbal que han conseguido que me recluya en el salón de mi casa.

Este relato agoniza. Cuando lo acabe, me sentaré en el sofá, colocaré en el DVD Cinema Paradiso, y me emocionaré una vez más viendo al gran Philippe Noiret amando el cine en silencio. Y lloraré. Porque me gusta hacerlo. Y porque me gusta el cine.

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Responses

  1. Ahhh, me has hecho recordar lo muchísimo que me gustaba ir al cine de barrio ( no al de la tele ese), con mis amigos, sentarnos y pasarnos allí la tarde entera, con dos peliculas, NODO y trailers de las de la semana siguiente.

    Aparte de los devaneos con alguna que otra chica, eso era cine, no ahora en esos Centros Demenciales con “Jonathanes, Jessicas y demás ralea chillando y comiendo esos increibles paquetones de palomitas y esas coca-colas que dejan pringao el suelo.

    Nostálgicos unidos jamás seremos vencidos.. aunque quedemos cuatro….


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