Posteado por: javibrasil | 17 noviembre 2007

FOTOGRAFIAS

La primera fotografía me llegó dentro de un sobre pequeño, de color sepia, aquellos viejos sobres rancios y de tacto áspero que ya casi no se usaban. Mi nombre estaba escrito con una pulcra letra de molde en una  etiqueta adhesiva colocada en la esquina inferior derecha.

No había remite. Aunque la foto no tenía mucha calidad, pude reconocerme en algún día de la semana pasada, traje gris, corbata roja, tal vez yendo hacia mi trabajo por alguna calle del centro de la ciudad. No sé si deliberadamente o no, la composición no daba los suficientes datos como para precisar en un lugar concreto la escena. Di la vuelta a la fotografía buscando alguna explicación pero en el dorso solo aparecía escrito “uno” con la misma caligrafía exquisita y firme. No sé quién ni porqué me envió aquella fotografía, pero creó en mi interior una patria de desasosiego que preferí no traspasar a mi mujer. Guardé el sobre con la fotografía dentro del cajón de mi mesilla y esa noche ensayé un sueño turbio e inquieto que amenazaba con parasitarme.

A los pocos días, y cuando ya comenzaba a depositar rastros de olvido en mi memoria, recibí un segundo sobre, sepia como el primero, con otra fotografía mía. Esta vez, aparecía sentando en el andén del metro, esperando a que éste llegase mientras ojeaba el periódico. En el reverso: “dos”.

Durante varios meses estuve recibiendo fotos, siempre en situaciones cotidianas y banales y todas ellas numeradas en el dorso. En mi interior fue enraizándose una oscura mezcla de pavor, inquietud y especialmente ansiedad. Por precaución, hacia tiempo que me había llevado las fotos a mi trabajo, catorce en total y las tenía archivadas en una carpeta de cartón marrón junto a unas fichas donde anotaba el día que la había recibido y la posible fecha en que la foto había sido realizada.

El último sobre lo recibí ayer por la noche pero esperé a que mi mujer se durmiera para encerrarme en el baño y abrirlo. Me senté encima de la tapa del váter y durante un instante, manoseé el sobre sin abrirlo con un deleite morboso que me sorprendió. Finalmente, lo abrí. La fotografía era de esa misma mañana, mientras salía del portal de mi casa. Un escalofrío acerado me sacudió al comprobar que en la imagen, mi cabeza formaba un escorzo violento y mis ojos miraban con fijeza al objetivo de la invisible y anónima cámara.

Esta mañana, me he hecho en un fotomatón cuatro fotos de tamaño carné. Sin recortarlas, he anotado en su reverso: “Quince y última”. En un estanco he comprado un sobre, blanco, y un sello y he escrito apresurada y nerviosamente mi dirección con una letra eléctrica y agónica. Después de colocar la carta en un buzón, he respirado aliviado, aún siendo consciente de que yo jamás llegaré a abrir aquel sobre.

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Responses

  1. Puede que esas fueran las últimas. ¿Pero eso lo alivió de verdad?

  2. ¿Por qué siempre se evita preocupar a la mujer? :))

    ya en serio, me gustó mucho…

  3. ¿Realmente era él el que se enviaba todas las fotos?


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