Posteado por: javibrasil | 24 agosto 2007

MENTIRAS

Su visita una vez cada dos semanas era exacta rutina. Ocupaban la que llamábamos aula chica que en realidad era la más grande del colegio. Se situaban cada uno en una esquina y fuera de la clase, en el pasillo, bajo la displicente disciplina de un par de profesores, se formaban dos largas colas en las que, solo los que quisiéramos, y siempre queríamos casi todos, podíamos esperar turno para confesarnos y, de paso, escaparnos de la clase de geografía o literatura.

A mi aquel momento siempre me producía una inquietud tibia en el estómago que disfrazaba con mis compañeros con bromas, gritos ahogados y empujones que mal contenían con desgana los profesores. Todos deseábamos que el azar nos llevase a arrodillarnos delante de don Alberto, que era el sacerdote más joven y comprensivo y, sobre todo, el que imponía penitencias más leves. Don Pedro era su amargo y severo reverso. Ante él, uno sentía que caminaba peligrosamente cercano a ser devorado por los más crueles infiernos. Mis pecados eran siempre los mismos: desobedecer a mis padres, decir palabrotas y mentir. Eso no se hace, mentir está feo. Esa frase que mi madre usaba constantemente contra mi como un obsesivo lema represivo, martilleaba mi cabeza en esos instantes previos a la confesión. Mentir no era bueno. No era malo. Era feo. Aquello me desconcertaba. Un día, con ese arrojo que sólo podemos conseguir los que nos reconocemos en la cobardía, le pregunté a don Pedro si mentir, aparte de ser algo feo, era también pecado. No lo olvidaré jamás: La mentira devorará tus entrañas, hijo mío. La mentira te conducirá al sufrimiento eterno.

Me dijo más cosas, todas pavorosas y todas parecidas, además de ponerme una abrumadora penitencia porque la insolencia, según él, era también un grave pecado. En el patio, los alumnos más rebeldes se enorgullecían de que les hubieran impuesto doce padrenuestros, seis avemarías y que leyeran un pasaje de la Biblia. Yo por mi parte, me sentaba en el poyete de la pared, alejado de mis compañeros y, contando las veces con los dedos, rezaba para mis adentros la penitencia impuesta lo más rápido posible, como si así atravesara corriendo el puente que me llevaría hacia la pureza de la que siempre hablaba don Pedro, y que yo no sabía muy bien que era.

No sé porqué hoy al despertarme me acordé de esto. Estuve bastante rato mirándote como dormías, sirviéndome de la tímida claridad que luchaba por infiltrarse entre las rendijas de la persiana y dejándome seducir por la cadencia ligera de tu respiración. Mientras me duchaba antes de salir a trabajar, pensé que te había mentido antes, cuando había besado, apenas rozándola, tu espalda. O que te mentía cada vez que acariciaba tus cabellos, o mordía tus labios, o cada vez que hacíamos el amor o en todas y cada una de las letras de te quiero. Pensé que vivir, en fin, era en si mismo la mayor y más perfecta de las mentiras, una obra prodigiosa y necesaria. La mentira sería siempre, y por encima de todo, un refugio cálido, seguro y acogedor, la única posibilidad cierta que tendríamos para poder seguir viviendo y amando. Quizás don Pedro murió sin llegar a conocer este misterio, o quizás lo supo, pero también él, como todos, decidió sobrevivir refugiándose en su propia mentira.

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Responses

  1. ¿Y por qué es que cree que le miente?

  2. Quizás, Niha, porque la vida es una gran mentira en sí misma.
    Decía una canción de Sabina que solemos querer escuchar mentiras piadosas antes que sentir en nuestras carnes la ¿verdad?. Muchas veces esa verdad no es más que otra gran mentira.
    Magnífico relato, Javibrasil.

  3. No sé por qué esta semana os habéis emperrado en hacerme recordar mi infancia. Yo pasaba por esos momentos de culpa máxima cuando venía el sacerdote a confesarnos, una a una, en la capilla pequeña del colegio. Uuuuffff. Qué mal se pasaba. Y sí, lo de las mentiras era lo más común. Muy bueno, como siempre. Esta semana no te voy a poder dar puntos, no creo que participe… Saludos!!

  4. En mi cole de curas, había la opción diaria de ir a misa o a clase. Como es de suponer, la mayoría íbamos a misa, que la daba un cura entrado en años y en tan sólo 20 minutos, por lo que el resto de la hora, la pasábamos en el patio.

    Hay que ver el lado positivo de las cosas 🙂


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