Posteado por: javibrasil | 15 agosto 2007

EL CIRCO

Me resistí, juro que me resistí. Lo intenté, razoné, grité, me impuse, alzando mi poderosa pero inútil voz, renegué de todo y de todos, balbuceé, blasfemé, me humillé, juré y abjuré, prometí, redoblé la promesa, pero al final, vida cruel, claudiqué. Aquella noche de viernes, iríamos al circo. Si Elena me hubiese dicho que tenía compradas las entradas desde hacia semana y media yo me hubiese ahorrado muchos vanos disgustos y una larga lista de pretéritos perfectos simples. Justamente, esa noche de viernes y no otra, que ya había trazado con meticulosidad un sofisticado plan cultural doméstico que consistía en sentarme en el sillón y leer algún pequeño tratado de filosofía o, en su defecto, algún libro de Pérez Reverte.

Con el orgullo por los suelos y derrotado una vez más en mi vida conyugal (de las otras derrotas prefiero no hablar) me senté en ese sillón, otrora refugio y alegoría de intelectuales sedientos de saber, y mientras Elena se arreglaba (nota mental: indagar sobre la expresión mi mujer se está arreglando) me entretuve en leer la hoja de publicidad : “Gran circo mundial “Mundial”.¡Números increíbles! ¡Tontolín, el payaso irrisorio y su trouppe de caniches locos!¡La familia Zi-Huan: los trapecistas anarquistas! ¡Andreiev, el ruso búlgaro y su osa daltónica Ruperta!” Dejé de leer.

Mi mujer apareció por el pasillo, poniéndose, en una imagen muy cinematográfica, uno de los pendientes en su oreja y diciéndome que era una vergüenza, que cómo podía ser tan egoísta, que nunca pensaba en ella ni el niño, que su madre tenía razón, que qué desgraciada era (ella, no su madre) y una extensísima oferta de reproches de la que elegí “que vergüenza” porque siempre me han tirado más los clásicos. Detrás de Elena, apareció, dando aquellos saltitos que tanto me irritaban, un ente o ser humano al que sagazmente reconocí como mi hijo Carlitos y que al parecer, también le hacía mucha ilusión ir al circo. Esto confirma mi teoría de que algunos defectos tienen que ser hereditarios.

Si quisiera hacer un relato trágico, diría que estuvimos metidos en el coche más de tres horas hasta llegar al circo, pero como este es un relato costumbrista, casi naturalista, me ceñiré por tanto a la realidad y diré que solo fueron una hora y cuarenta y cinco minutos. Eso sin contar los veintes minutos que tardé en encontrar una plaza para aparcar más el euro que le tuve que dar al gorrilla el cual, dicho sea de paso, por sus pintas, no sabría decir si formaba parte de los caniches locos.

Los asientos eran incomodísimos, de madera vieja. Olía a excrementos: de elefantes, monos, acomodadores o algo peor. Hacía un calor reseco y asfixiante que sólo se podía combatir con cocacolas (no había cerveza) a tres euros la lata. En las dos que me tomé en esa aciaga tarde, siempre dudé si bebérmela o echármela por el cogote. Mi mujer, cargada de bolsas de patatas fritas como si se fuera a acabar el mundo, reclamaba, mientras me escupía a la cara microfragmentos de micropatatas,  lo caro que era todo y lo bien que estaríamos ahora en casita, con el aire acondicionado, riéndonos de los ecologistas y sus estadísticas. Mi hijo, por su parte, se estaba pegando con el niño de al lado y había derramado parte de su cocacola sobre el asiento de delante. (Nota mental dos: Dios no existe, y si existe, debe tener buen gusto y no viene al circo. Nota mental tres: Algún día alguien con sentido común reparará la injusticia histórica que se ha cometido con ese gran personaje llamado Herodes.)

Las luces se apagaron y un potente foco alumbró el centro de la única pista del circo. Un tipo gordísimo, vestido con una levita roja y unos pantalones bombachos negros y con un bigote sacado de alguna película de Charlot anunció que niños y niñas, damas y caballeros, el mayor espectáculo del mundo iba a comenzar, y aquí se enganchó varios segundos pronunciando una erre eterrrna. Una desmayada orquesta, que hacia pensar que las orquestas de los salones de boda eran la Sintónica de Viena, atacó con desgana una melodía vivaracha con preponderancias de trombones y percusión, y por el enorme cortinaje granate comenzaron a desfilar todos los artistas del gran circo mundial “Mundial” (nota mental cuatro: ¿artistas?)

Mientras mi mujer se desesperaba a gritos porque su móvil no tenía cobertura y no podía llamar a su madre, y mi hijo añadía una nueva muesca a su recuento de niños pegados plus cocacolas derramadas, en la pista, el payaso Tontolín hacia honor a su epíteto y, efectivamente, era irrisorio. Su número consistía en un par de caídas sin gracia y dos o tres trucos que sus caniches realizaban con digna profesionalidad. Durante una hora y media que a mi al menos me parecieron noventa minutos, vimos a Tontolín, a la familia Zi-Huan que nos aburrió a todos haciendo absurdos equilibrios en un enorme aro metálico, al ruso búlgaro Andreiev, que, después de oírle gritar “máh difísil entoavía” para mi que era de Cádiz y su osa Ruperta, de la que alguien debería preocuparse en verificar si acaso no era Ruperto.

Pero lo peor….lo peor siempre está por llegar. Así es esta vida (nota mental cinco: ¿cómo será la otra?). Cuando ya parecía que esa tortura iba a acabar, aparecieron Slim John Boy y su encantadora acompañante, Doris Lamour. Slim John Boy a pesar de su vestimenta de vaquero extra de algún espaguetti-western, debería, por su edad, estar ahora mismo en Benidorm o en Marina D´or y sobre la bella Doris no diré públicamente nada, salvo que tenía las tetas más grandes que he visto en mi vida en alguien de tan provecta edad si excluimos a mi tía Lola, claro. Slim John y la bella Doris cerraban esa inenarrable tarde de circo. El número que ellos hacían era el típico en el que la señorita (o señora) se coloca sujeta en una tabla circular y según ésta va girando, el gran Slim John Boy va lanzando los puñales a una distancia considerable. Para mi sorpresa, este número sí me gustó. Y mucho. Después la atracción se fue complicando: puñales con fuego, vendas en los ojos, pequeñas hachas de más difícil manejo sustituyendo a los puñales…

A partir de ahí, no se que me pasó, no sé si mi conciencia quedó anulada o sometida a no se que turbios e ignotos intereses, pero el caso es que cuando Slim John pidió un voluntario de entre el publico, en seguida me ofrecí, como si toda mi vida hubiera estado esperando ese momento. Slim John me preguntó como me llamaba: Alberto Kid Firing Fast, pero podía llamarme Kid. Miré a mi mujer, esperando encontrarle emocionada, orgullosa del arrojo de su marido. En vez de eso, se tapaba la cara con el programa de mano mientras seguía intentando llamar por el móvil a su madre para decirle fíjate tú, mamá, el idiota de Alberto, el mal rato que nos está haciendo pasar, que esto no se lo perdono. Miré a mi hijo, a ver si al menos él era capaz de salvar el honor de nuestra familia y entender que todo esto lo estaba haciendo por ellos, pero esa cosa zangolotina no hacía más que coger a su madre de la mano y tirar de ella hacia la salida.

Ya nada me importaba, aquel era mi momento. Slim John se acercó a mi y con una voz y un aliento que hubiesen reventado cualquier benemérito alcoholímetro, me dijo que pasara lo que pasara, no me moviera, que él no iba a fallar, pero que yo no podía moverme nada. Coño. Me acojoné. Yo pensé que aquello funcionaba con algún tipo de potente imán escamoteado en la madera o algo asi. Pero no, aquel número no tenía ni trampa ni cartón. La pista volvió a quedarse en penumbras, un redoble de tambor sonó y , zas, el primer puñal clavado debajo de mi axila izquierda. Miré con satisfacción hacia el lugar donde deberían estar sentados mi mujer y Carlitos. Se habían ido.

Mientras Slim cogía su segundo puñal y hacia equilibrios con él antes de lanzármelo, repasé todas mis notas mentales: uno: mi mujer se está arreglando; dos: dios no existe; tres: la injusticia de Herodes; cuatro: ¿artistas? y cinco: ¿cómo será la otra vida?. El puñal acababa de abandonar la mano de Slim John Boy y mientras se acercaba a mi pensé: (última nota mental: seria divertido si ahora me moviera al encuentro de ese puñal. Sería un gran número)


Responses

  1. uno: interesante descripción de la ansiedad del espectáculo circense
    dos: curiosa forma de interpretar la rutina diaria del día a día
    tres: simpático catálogo de seres y estares
    cuatro: de nuevo un reto más semanal salvado con muchísima dignidad
    quinto: no hay quinto malo

  2. Acabo de leer tu relato en Albanta y tenía ganas de felicitarte. Genial el inicio, los pretéritos perfectos, las notas mentales, la suegra… Me has hecho soltar alguna risotada sonora y no es fácil en un día lluvioso y de jaqueca. No sé cómo serán el resto de relatos (voy en orden), pero olé por el tuyo. Un saludo 😉

  3. Perdón, me olvidaba una cosa. Eso de “Algún día alguien con sentido común reparará la injusticia histórica que se ha cometido con ese gran personaje llamado Herodes” se me pasa por la cabeza algunas veces…. jajajaja


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