Posteado por: javibrasil | 9 agosto 2007

EL COPISTA

Klee era un idiota, Dalí un bufón histriónico y Mondrian, Pollock o Rothko simplemente unos embaucadores. Él odiaba todas las tendencias y corrientes pictóricas que se habían desarrollado durante el siglo veinte y que consideraba una suerte de feroz involución artística. Siempre había admirado a clásicos como Vermeer y su dominio asombroso de la luz o los claroscuros fascinantes de Caravaggio, sobre todo en ese San Gerónimo deslumbrante y casi milagroso, que era su cuadro preferido. Pero esas críticas, tan viscerales como sinceras, no las expresaba más allá de un circulo muy estrecho de amistades; trabajaba como copista en el Rijksmuseum y entendía que era más practico, cómodo e inteligente mantener públicamente unas opiniones mucho más moderadas.

Jan de Korver estaba considerado como uno de los mejores copistas del mundo. La mayor parte de su carrera la había desarrollado en el Metropolitan Museum de Nueva York, pero desde hacía un par de años, la edad y la nostalgia le habían devuelto a su Ámsterdam natal. Trabajaba tres días a la semana en los talleres del museo y el resto del tiempo, siempre que no estuviera ocupado dando conferencias, lo prefería pasar en la amplia y luminosa buhardilla de su casa, pintando para él. Sólo para él.

En un rincón de esa buhardilla, que exhalaba un embriagador e intenso aroma a barniz, disolvente y esmalte, se amontonaban en un desorden un tanto irritante viejos cuadros que había pintado hacía ya mucho tiempo. Reconocía en ellos un trazo inquieto, un ritmo nervioso y vital. Encontraba decenas de pequeños defectos técnicos que ahora le provocaban una sonrisa indulgente, pero al mismo tiempo, esas imperfecciones le hacían saborear el aliento, la fuerza y sobre todo, la verdad que aquellas pinturas contenían.

Colocó, bajo una de las ventanas, un lienzo sobre el caballete y junto a éste, en un anémico atril de hierro, tres fotos de un campo de amapolas amarillas, fotos hechas a las nueve de la mañana, al mediodía y a las cinco de la tarde, para recoger los diferentes matices que la tirana luz de un sol estival proyectaba sobre las flores. En una pequeña mesa de mármol a su izquierda, muy cerca de él, tenía docenas de tubos de Windsor & Newton y otros oleos que él mismo había elaborado de forma artesanal con pigmentos naturales y aceites, y que le regalaban unos colores luminosos imposibles de obtener de otra forma. Trucos de viejo.

Elmo Hope y Art Tatum se alternaban en el equipo de música acompañando desde sus pianos cada pincelada paciente que de Korver le robaba a la virginidad provocadora del lienzo. Los últimos guiños de sol sobre los ventanales de la cúpula de San Nicolás le susurraban que la sesión de aquel día debía terminar. Su estricto sentido purista le obligaba a no pintar nunca si no era con luz natural. Así, apartó el caballete junto con el lienzo y lo dejó en el lado opuesto de aquél en el que reposaban sus cuadros de juventud, en una irónica oposición geográfica. En comparación, sus pinturas de ahora eran impecables, armoniosas, llenas de una perfección casi dolorosa, tan llenas que ya ni le quedaba espacio para dotarlas de alma. Quizás no lo supiera, o quizás si, quién sabe, pero de Korver hacía ya mucho tiempo que había dejado de ser un artista.

Ahora, sólo era un maldito pintor.


Responses

  1. Un relato magnífico, Javi. He podido percibir los olores del estudio y las sensaciones del pintor.
    Enhorabuena.
    Un abrazo.

  2. Plas, plas, plas…….. enhorabuena Javi.

  3. Qué bonita es Ámsterdam. Como de juguete.

  4. Me gusta.

  5. fantastico relato me he visto sentado detras del pintor en silencio gracias por compartir tu sensivilidad por la pintura


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