Posteado por: javibrasil | 1 agosto 2007

LA CAJA

I

La caja era metálica, rectangular, de un color blanco muy brillante, apenas disimulado por unos pequeños detalles geométricos verdes. El interior estaba forrado por una lámina de color dorado de la que, según la posición en que la diese la luz, se desprendían unos tibios y tímidos reflejos. En la parte de abajo, en negro, destacaba un logotipo redondo y un puñado de palabras en alemán que me confirmaban que, aunque yo no lo recordase, esa caja había albergado en su día algún regalo que mis tíos nos traían cada verano cuando regresaban a España a pasar las vacaciones. Esa caja era el almacén de trabajo de mi madre. Allí guardaba, en un apasionado caos que sólo ella dominaba, alfileres, acericos, imperdibles, corchetes, jaboncillos azules y rosas, dedales, bobinas de hilo, canillas para la máquina de coser, agujas y botones de todas las formas y tamaños imaginables. Siempre que podía, le robaba a esa caja algún trozo de tiza para marcar sobre los ladrillos rojos del suelo de la cocina, los límites del campo de fútbol donde se celebrarían los más épicos partidos de chapas, chapas que descansaban perfectamente organizadas por equipos en pequeñas cajas de cartón que mi madre pedía para mí en la mercería. Pero era a los pies de la vieja Singer donde mi hermana Marta y yo transformábamos aquella caja metálica en un verdadero cofre del tesoro. Mientras mi madre acompasaba nuestras risas con la cadencia perfecta del pedal de la máquina de coser, nosotros jugábamos a los bonis, o perfilábamos en el suelo dragones de brillantes ojos que escupían fuego. Los botones dorados huidos de algún traje de comunión convertían la mirada del dragón en la más amenazadora del mundo.

II

Dejé a mi hijo correteando por los jardines de la residencia mientras yo acompañaba a mi madre a su habitación. La visita rutinaria de cada dos domingos me hacía comprobar con hastío cómo quince días pueden convertirse en un peso casi inasumible. Le ayudé a sentarse en el sillón del cuarto y encendí el pequeño televisor que había sobre la cómoda, intentando de alguna forma abortar aquel silencio tan espeso. De repente, ella me dijo:

     – Alberto, hijo, mira a ver si me puedes acercar la caja.

Sonreí con indulgencia, pensando en esos pequeños vacíos de memoria que tienen los viejos y que les conceden un punto mayor aún de ternura de la que ya tienen por sí.

     – Mamá, ya sabes que la caja no está aquí. Cuando vengas a casa, me lo recuerdas y yo te la doy, ¿vale? – le dije, mientras le colocaba un cojín detrás de la cabeza.

     – Es verdad, hijo. Perdona.

Me senté junto a ella a los pies de la cama, zapeando nervioso en los canales de televisión, disfrazando con torpeza esa sensación incómoda y agria que siempre me producían aquellas visitas. Al poco, miré con disimulo la hora en el reloj y ajustándome mecánicamente el nudo de la corbata, me puse en pie y dije:

     – Bueno, mamá, me voy a ir ya, que tú necesitas descansar un poco.

Le besé en la frente al tiempo que le mesaba sus blancos cabellos y mientras me miraba en el espejo de la pared, acomodándome el cuello de la chaqueta, me estremecí cuando le oí decir:

     – Adiós, y cuando salga, si no le importa, dígale a mi hijo que a ver si me puede acercar la caja.


 

 

Para Nani

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  1. 😉


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