Posteado por: javibrasil | 11 julio 2007

VÍA MUERTA

Una rutina. Cada domingo, mientras mi madre se quedaba en casa recogiendo los restos amargos de la semana, mi padre nos llevaba a mí y a mi hermano al apeadero a ver pasar los trenes. El trayecto era largo. Primero tomábamos un autobús que rasgaba en diagonal toda la ciudad y del que nos bajábamos en el final de la línea, justo en medio de la nada. Después, recorríamos entera una serpenteante calle en cuesta donde nunca se había parado a descansar la sombra. Al final de la calle, como un absurdo, estaba el apeadero.

Una cantina. Cuatro mesas de hierro con publicidad de mirinda y un puñado de sillas moribundas devoradas por el orín. Allí nos sentábamos mi hermano y yo, compartiendo una única coca-cola que el camarero, un tipo callado y taciturno como sólo pueden ser los camareros, nos servía en dos vasos de cristal ya rallados de tanto lavarlos, con una asombrosa y milimétrica simetría que me fascinaba y que apenas alcanzaba a ver desde las fronteras que marcaban mi altura y la barra del bar.

Un paisaje. Árboles esqueléticos y anémicos desorganizados en difusas hileras. Un traqueteante mercancías arrastrando contenedores llenos de misterios y que jamás tenía el mismo número de vagones para mí o para mi hermano. Un talgo gris que nunca pasaba a las doce y media, agitado por una eléctrica franja roja y que siempre me pareció una suerte de gran chabola horizontal de uralita. Un perro melancólico, distraído y holgazán colocado allí por algún necio guionista de futuros recuerdos.

Un chantaje. Mi padre bebiéndose dos copas de ginebra exiliado en una esquina del bar mientras yo colocaba una moneda de cinco pesetas en los raíles y miraba a mi hermano mayor, que, golpeando con obsesión la punta de sus zapatos en la tierra, me susurraba que no le podía contar nada a mamá. Contar qué.

Una realidad. Las vías resisten imperturbables e insolentes, acompañadas por quizás el mismo oscuro balasto, viajando paralelas a una autopista. El apeadero, la cantina, el camarero, los árboles exhaustos, ya nada de eso existe. Bloques de casas con ínfulas pretenciosas, un jardín plastificado y apócrifo y un gran centro comercial lo han devorado todo.

Un odio. El odio que desde que crecí y comencé a entender qué no le debía contar a mi madre, le tuve siempre a los andenes, a las catenarias, a los trenes, odio que desde entonces he compartido siempre con la puta nostalgia que con sus violentos vaivenes te acaba arrinconando en una vía muerta de la vida.


Responses

  1. Acabo de toparme con este blog… y me ha encantado.
    Saudíños.
    Seguiré por aquí.

  2. Me gusta recibir nuevas visitas, pero mucho más si llevan un nombre como el tuyo. Se bienvenid@.

  3. Buen cuento. Muy buen cuento. O lo que sea, pero bueno.

  4. Muy buen relato, para ser Via Muerta llega bien sentido…me gustó.

  5. Me ha encantado. Escribes de lujo, y no lo digo sólo por este relato. Pero debo reconocer, aunque me haga sentir como una boba, que no he logrado saber qué debía ocultar a su madre. Que su padre bebía? Lo he leido unas cuantas veces, y cada vez que lo leía me gustaba más. Pero no he encontrado la respuesta… Saludos!


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