Posteado por: javibrasil | 13 junio 2007

LAGUNAK

Airtxondo era un lugar demasiado pequeño como para no tener amigos, o quizás, demasiado pequeño como para tenerlos. Asier y yo nos llevábamos apenas dos años pero, a pesar de vernos siempre en la única ikastola del pueblo, nuestro lazo de unión provenía de la profunda amistad de nuestros aitas, que formaban parte de la misma cuadrilla desde que eran críos y que además, compartían una entusiasta afición por la trikitixa, afición que ninguno de sus hijos heredamos. Asier y yo no éramos de ese tipo de amigos que van siempre juntos y que no pueden vivir el uno sin el otro. La nuestra era una amistad más sobria, basada en códigos tácitos, silencios sobrentendidos y miradas cómplices. Una amistad lenta.

Al poco tiempo de que Asier se fuera a Bilbao a estudiar Derecho, Uxue, la que había sido su primera y única novia y que después sería su mujer, se fue a vivir con él. Yo, mientras tanto, me quedé en Airtxondo, buscándome la vida como podía en cualquier trabajo en el que me pagasen lo suficiente como para poder salir los fines de semana a emborracharme, al menos mientras vivía en casa de los aitas.

Durante los cinco años que Asier y Uxue pasaron en Bilbao, apenas vinieron durante las vacaciones y algún fin de semana que otro, pero a pesar de ello, nuestra amistad seguía intacta, tal vez involuntariamente latente, más sólida y madura.

Desde que éramos adolescentes, siempre nos había gustado hablar de política, algo casi imposible de obviar en nuestro País, pero ahora, desde que Asier había decidido prepararse las oposiciones para entrar como agente en la Ertzaintza, hablábamos mucho más. Él me decía que era la mejor manera que había encontrado para hacer de Euskadi un país mas fuerte y más libre e independiente. Mis ideas, sin embargo, en esos últimos años, se habían radicalizado bastante, pero Asier siempre justificaba mis posturas tan cercanas al nacionalismo más extremo con el hecho que de siguiera viviendo en Airtxondo, en un ambiente opresivo, cerrado y asfixiante. – En la capital todo se ve de otra forma, Gaizka, me decía siempre, como si mi mirada hacia Euskal Herria se viera deformada por una suerte de cristal poliédrico que solo fuese capaz de proyectar fantasmas deformes con txapela y txistu. Asier se equivocaba.

Cuando se casó con Uxue me pidió, y acepté, que fuera su padrino. Fue la única vez que lloré junto a él, llanto quizá empujado desde las entrañas o desde el corazón por los efluvios etílicos del momento. Pero él era feliz, y si él lo era, yo también. Aquella fue la penúltima vez que le vi.

La última, un par de años después de su boda, él ya estaba destinado en Donostia y había ascendido a suboficial. Habían tenido un niño, Mikel, vivían en la calle Eiristoa, en el barrio de Anoeta, tenían un Ford Mondeo gris metalizado con matrícula 378?-BC? y un Opel Corsa rojo con matrícula 876?-AC? que solía conducir Uxue, la cual trabajaba en horario sólo de mañana como administrativa en Transportes Berriartuak, en el polígono Belartza.

Aquella noche, mientras me ocupaba de limpiar la pistola y de cargar las parabellum, me di cuenta de que nunca había desobedecido ninguna orden de “los de arriba”. Mi fidelidad y mi convencimiento eran plenos, pero mañana sí lo haría. Mañana no le daría un tiro en la nuca, como hice con los dos anteriores, no. Me sentía en la obligación de que Asier al menos tuviera el privilegio de verme la cara, de saber que era yo y no otro el que le iba a asesinar.


Responses

  1. ¿Te ha inspirado el viejo Kaki?

  2. Me recuerda a Ben Hur esta historia…je


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