Posteado por: javibrasil | 9 junio 2007

ASPIRINO

AVISO: Mucha gente piensa que una bitácora fundamenta parte de su éxito en su concreción: anotaciones cortas y directas. Seguramente tienen razón, pero como yo tengo mi bitácora básicamente por egoísmo y para divertirme, me salto tal indicación tan ricamente y aquí Paz y después Gloria, y después las que quieran ir pasando.

Asi que avisados estáis. Este cuento es tan largo como seguramente malo, para que no se diga que no soy un tipo equilibrado. Si alguien se siente en el compromiso de dejar algún comentario, cosa que dudo, aquí os ofrezco unas cuantas sugerencias:

        a) ¡Hacía mucho que no leía nada tan bueno!

        b) Interesante bitácora. Visita la mía cuando puedas.

        c) ¿Era esto necesario?

        d ) Rojo cabrón. !Viva Cristo Rey!

ASPIRINO

I
Quién me lo iba a decir.

Paco…Paquito…Paquito el Aspirino. ¿Hace cuántos años que no lo veía? Mejor no pensarlo porque produce algo de vértigo. Paco el Aspirino. Así le llamábamos porque trabajaba como mancebo en una farmacia del barrio de Argüelles. Si, ya lo sé, no es muy original, no, pero ¿acaso debería serlo?

Paquito era un personaje, cuanto menos, singular. Nunca he sabido si cuando se dice que alguien es un personaje singular es un piropazo o una elegante forma de decir que es medio estúpido. De todas formas, mejor no adentrarse mucho: lo dejaremos ahí. Alto, muy alto, y muy delgado, nunca supimos quien le había introducido en nuestro grupo de amigos. ¿Juanjo?¿Ángel? ¿Santi? Sólo sabíamos que cuando nos juntábamos los cuatro, por allí siempre aparecía el quinto mosquetero, con su caminar imposible. En honor a la verdad hay que decir que cuando estábamos los cinco juntos, el nivel medio, ya de por si escaso, bajaba todavía bastante más. ¿Que qué nivel medio, preguntáis? Todos los niveles medios imaginables: inteligencia, elegancia, simpatía, donosura y olé. Una de las mayores cualidades de Paquito sin embargo era, al igual que ocurre con los tertulianos de la radio, su vasta incultura enciclopédica, capaz de almacenar en su cabeza….(un instante…si filiforme es con forma de hilo, entonces…) en su cabeza alfiliforme una multitud increíble de datos tales como a qué velocidad puede llegar a correr un tigre de bengala en época de monzones o saberse la letra del himno de Alemania…en alemán, con un perfecto acento de la baja Sajonia, donde las chuletas: “Deutschland, Deutschland über alles, über alles in der Welt…”. “Alemania, Alemania sobre todo, sobre todo en el mundo…” A qué acojona, ¿eh?. Esa acumulación de datos no era precisamente la mejor arma para ligar, en eso estaréis de acuerdo conmigo, aunque Paquito el Aspirino era tan sui generis que algo que ocurrió hizo que se ganase el respeto de todos, sobre todo el de las chicas del grupo. Cuando hacer botellón aún no era un acto reprobable socialmente y ni siquiera se llamaba hacer botellón si no ir de litronas, nos acercábamos al parque de Olavide donde, indefectiblemente, fuésemos los que fuésemos, siempre nos acercábamos al kiosco de “La Fuencislita” a comprar cinco litros de Mahou y un kilo de pipas con sal. Dieta mediterránea. El kiosco de “La Fuencislita” era en realidad una diminuta tienda con el espacio tan bien aprovechado que ríete tú de los muebles del Ikea, y que atendía la Señora Paquita, y sus hijos Róber, el prototipo de “chavalote enrollado”, de esos a los que le podías dejar a deber cincuenta pesetas que no pasaba nada, y Dori, una morenaza de unos veinte años que estaba tremenda, embutida siempre en unos vaqueros y unos jerseises hipermegaajustadisísimos  y que miraba a todos los que allí íbamos con cierto aire de superioridad y desprecio. El porqué la tienda se llamaba “La Fuencislita” si ellos se llamaban Paquita, Róber y Dori es uno de esos misterios insondables que ni la ciencia, ni internet, ni Íker Jiménez, han sabido desentrañar. Cosas del marketing. Con los años, me la encontré, a Dori, por aquella misma plaza empujando un carrito de esos dobles de gemelos, gorda como una vaca gorda, del brazo de un tipo con traje oscuro y con un aire mustio y melancólico que debía ser por lo menos interventor de una caja rural o funcionario de hacienda o algo peor, si es que hay algo peor. Que se joda.

Pero creo que me he desviado. Con esa remesa alimentobebible nos sentábamos en un par de bancos, uno enfrentado al otro, y asi pasábamos la tarde hasta que el toque de queda particular de cada uno nos hacía regresar a casa. En el grupo sólo había una pareja estable, e inestable también, que era la de Juanjo y Yolanda, de la que las malas lenguas decían que el propio Aspirino les pasaba, cual lujurioso estraperlista farmacéutico, unidades de condones que él mismo se encargaba de robar de su farmacia, aunque esto, lo del robo y lo de que follaran, era sólo una leyenda urbana sin confirmar. Una de esas tardes eternas en el parque, un grupo de unos diez macarras se cruzó por donde nosotros estábamos y el macarra número 1, de ahora en adelante MN1, no tuvo mejor ocurrencia que tocarle el culo a Lisa. Quien más y quien menos de nosotros, viendo el aspecto temible y pendenciero del MN1, y no menos del MN2, MN3 y subsiguientes, decidimos dejar pasar el tema, haciendo gala de una más que interesante gama de excusas, miradas cobardes al tendido y disimulos varios. Además, qué coño, en el fondo, todos los del grupo le hubiéramos querido tocar el culo a Lisa, el culo y también lo que, graciosamente, se contravenía con su nombre. En fin. Ahí hubiera quedado todo, con la cohorte de macarras numerarios alejándose (el MN8 no tenia ni media hostia, lo digo como dato meramente técnico) hasta que Paco, Paquito, Paquito el Aspirino, se plantó allí, con toda su altura, su cabeza de alfiler, sus dientes paletos inverosímilmente retorcidos y su voz metalizable (nunca supimos el porqué a veces hablaba con una voz normal, algo gangosa y en otras ocasiones lo hacía con esa voz metálica que daba cierta grima) y dijo estas palabras, estas ya célebres palabras:

Eh, tú, tú, el de la chupa de cuero!. Te has pasao, macho, te has pasao.

Aspirino no dijo: “te has pasao, macho”, no. Aspirino dijo: “te has pasao, macho, te has pasao.”

Ay, ay, ay.

El resultado de tan excelsas palabras fue, muy a pesar de nuestra tímida intermediación y de algún otro guantazo: plon y pinete de maría zoquete, de cipití, cipirillón, cin, plin, plon, yo, te ha tocado: hostia, el resultado, digo, fue el brazo roto, cuatro clavos en el húmero izquierdo y tres semanas con escayola. Al menos, este incidente le sirvió a Paquito para:

        a) Compartir su nombre de Paquito el Aspirino con el de Don Quijote de la Santa Aspirina.
        b) Corolario del punto a, ser respetado a partir de ahora por todos en el grupo, como una especie de caballero loco.
        c) Incorporar a su ya citada carpeta de datos inservibles un auténtico master sobre los innumerables tipos de clavos endomedulares que se usaban para el tratamiento de las fracturas diafisarias de los huesos largos, húmero de Paquito incluido.
        d) Que le perdiéramos el respeto conseguido allá por el punto b) después de una tarde que fuimos a verle a casa y nos soltó, con un entusiasmo que rozaba la vesania , el rollo ese de los clavos neomodulares de las fracturas trifásicas esas de los cojones.

II

Quién me lo iba a decir.

Paco…Paquito…Paquito el Aspirino. Ese hombre con la voluntad anulada, o transformada, o invertida, o pervertida, o atrofiada, o cuantos sinónimos aparezcan en el diccionario que me acompaña, fiel, en la mesilla de noche, junto a la guía de la liga del Marca, ese hombre, digo, al que conseguimos emborrachar en un vinocrucis, aportación semántica de Ana, por los mesones de la calle Cuchilleros y alrededores, cual turista alemán rojo cangrejo y le conminamos, hermoso verbo a, camisa en ristre y torso desnudo, torear en plena calle Bailén y a las tres de la madrugada a todos los coches que en aquel momento por allí pasaban, que no eran pocos. Madrid es así. Para no faltar a la verdad, y para ser honestos (u honrados, que siempre me hago un lío con estos adjetivos) con lo sucedido, hay que decir que aun se me pone la piel de gallina recordando unas apretadas chicuelinas arrebatadas, llenas de sentimiento, casi lujuriosas, que le hizo a un taxista vocinglero, allá cerca de la taberna del Nuncio. Eso sin hablar de cuando se puso, torerísimo, eso si, a puerta gayola, a recibir en la puerta de un garaje a aquel Talbot Horizón que salía en aquel instante, abanto, manseando y sin mucha fijeza. A todos nosotros, que le veíamos desde el burladero protector que era la acera, nos pareció una faena muy digna que hubiera merecido, si no una oreja, sí al menos un neumático, pero la autoridad competente, en este caso los municipales, no lo entendieron asi y amenazaron con llevarnos pa´lante si no quitábamos de inmediato a aquel chalado del medio de la calle.

Llevarlo después hasta su casa no fue difícil. Lo difícil fue subirlo a su casa. Tras unas sesudas deliberaciones voz en grito (¿porqué será que los borrachos nunca susurran?) en las que se aportaron interesantes e imaginativas soluciones, algunas de las cuales acababan con Paquito el Aspirino metido dentro de un tren camino de La Coruña, decidí imponerme, lucir los galones que debemos lucir aquellos que bebemos menos (siempre he sido bastante aburrido) y dispuse que dos de nosotros, en realidad, dos en los que no se me incluyera a mi, que para eso era el cerebro de la operación, le subieran hasta la mismísima puerta de su casa, tocaran el timbre para que alguien abriera a recoger el paquete y después salieran corriendo. Mientras la estrategia se iba elaborando, Paquito se mantenía de pie, en un más que digno equilibrio, con un pie dentro del alcorque, el otro fuera, y todo el cuerpo apoyado en un fragilísimo árbol con que el Ayuntamiento, dadivoso él, había decidido decorar aquella impersonal calle. Reconozcamos que el dispositivo fue todo un éxito, aunque es cierto que Paquito estuvo un buen tiempo sin querer saber nada de nosotros y, coño, al final le echábamos de menos, como se echa de menos a esos perrillos falderos que de tan fieles como son, te fascinan y te irritan al mismo tiempo.

Un gran tipo, en definitiva.

III

Quién me lo iba a decir.

Paco…Paquito…Paquito el Aspirino. ¿Hace cuántos años que no le veía? Casi los mismos que no veía a Santi, o a Ángel. En todo ese tiempo únicamente había conseguido mantener cierto contacto telefónico con Juanjo, que fue quien me llamó para decirme que Paquito estaba en la sala 23 del tanatorio sur. Infarto. Me sorprendió la gran cantidad de gente que durante toda la tarde y la noche se acercó, sinceramente entristecida, (nunca he sabido sin entristecido es lo mismo que triste), a ver el cadáver de Paquito, el cual parecía anquilosado en una edad indeterminada más allá de los 35 y que presentaba esa placidez que siempre recordaba de los pocos cadáveres que había visto en mi vida. Reencontrarse con los viejos amigos en una situación como esa creaba una extraña sensación placenteramente amarga, aunque también servía para comprobar que el espejo de nuestro cuarto de baño siempre miente, y que sólo frente a aquellos con los que yo había compartido gamberradas, desafíos y confidencias, uno se daba cuenta de que todos estábamos más viejos, más grises, más ausentes. Más muertos. En la animada cafetería del tanatorio, lugar paradójico por excelencia, nos pusimos al día con sendos comunicados de urgencia donde se informaba de trabajos, mujeres, amantes, divorcios, niños, hipotecas, fútbol, traslados, nostalgias, mentiras, muertes, desengaños, silencios y otras bagatelas. Infarto, me confirmó Juanjo. Eso acabó con Paquito. 46 años. En los corrillos que se habían formado en los pasillos anexos a la sala 23, oí varias veces la palabra suicidio. Paquito nunca pareció un tipo de aquellos que fuera a suicidarse. Pero a veces la vida es tan extraña. Tanto. Miradas fugaces a los relojes nos dieron la clave para saber que allí poco hacíamos ya. Antes de irnos, y después de intercambiar, entre protocolarios y sinceros, tarjetas de visitas y teléfonos móviles, junto con la promesa de que deberíamos volver a vernos con más frecuencia, nos despedimos de los hermanos de Paquito, los cuales nos pidieron si a la mañana siguiente, en el funeral de la iglesia, podíamos portar junto a ellos el ataúd desde el prealtar hasta el coche mortuorio. Nadie puede negarse a eso. Sólo te hace rememorar, ser consciente de la impasible condición de ruindad que tenemos los seres humanos y decir que sí, que por supuesto lo haríamos.

La mañana del día siguiente amaneció con un sol espléndido, con lo cual nunca sabes si sonreír con tristeza o cagarte en la puta madre de todo. A las doce en punto, estábamos en la iglesia del Santísimo Cristo de la Victoria, tan cerca de donde habíamos vivido todos y que había sido nuestro barrio hacía ya tantos años, cuando aun era vendible el concepto de barrio. Algunos de luto, algunos de traje, otros no. Durante el funeral, que gracias a Dios, y perdón por este involuntario juego de palabras, fue bastante breve, el padre leyó unas rutinarias palabras de presunto consuelo que solo servían para perder la poca fe que a estas alturas del partido, cada uno de nosotros pudiéramos mantener. Cuando el funeral acabó, y después de que todos los allí presentes le diéramos el pésame a la familia de Paquito, sus dos hermanos varones y nosotros cuatros, levantamos a peso el ataúd y colocándolo sobre nuestros hombros, nos dirigimos a la puerta de la iglesia.

IV

Paco…Paquito…Paquito el Aspirino. Sólo a ti te podía pasar que tu hermano resbalara en el primero de los diecisiete escalones que había hasta llegar a la calle, y el ataúd los recorriera, los diecisiete, enteritos, sin detenerse, y fuese a chocar contra una furgoneta de reparto de electrodomésticos, de cuyo dueño, afortunadamente, no tuvimos noticias en los pocos segundos que tardamos en recoger al pobre Paquito, que se había salido tres cuartos de cuerpo del cajón y había quedando en una postura un tanto indecorosa para un finado. Después del entierro, el cual transcurrió sin mayores incidencias, aunque bien que se me pasó por la cabeza parar en alguna ferretería a comprar un par de candados, la gente se fue despidiendo con el rictus serio que la situación demandaba, y al final Santi, Ángel, Juanjo y yo, nos fuimos a tomar unas cervezas en el primer bar que encontramos por ahí cerca. Nos sentamos en una mesa acompañados por la banda sonora de un par de obreros gastándose el sueldo en las tragaperras. Ninguno hablaba. Cada uno buscaba su punto de huida en el suelo, en las tragaperras, en la calle. Sólo Ángel comenzó a sonreír, a mover la cabeza de un lado a otro y antes de pedir una segunda ronda para todos, dijo: Jodido Aspirino.

 


Responses

  1. Jejejejejeje…. en toda mi vida analgésica había leído algo tan bueno…. jejejejejeje…. mercería, farmacia y cultura social en un mismo relato…

  2. Las bitácoras están para lo que uno quiera.
    Este relato en plan “slice of life” (rebanada de vida o así) es una buena opción.

  3. Gloria se ha atrevido, no se si lo hará Paz, y me alegro de haberlo hecho. Me ha gustado mucho, pero mucho, mucho.

  4. javi, mi respuesta no esta contemplada en las opciones. no he leido, es tarde y el sueño me llama, pero volveré tranquilamente para leer y dejar mi veredicto verdadero! 🙂

  5. Yo respondería: e) Todas las respuestas anteriores son correctas.
    Muy entretenido.
    ¡Jodío Aspirino!


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