Posteado por: javibrasil | 12 abril 2007

ESCENA EN EL METRO

Mientras bajo por esa casi interminable sucesión de escaleras mecánicas hasta llegar al andén, poco a poco voy comenzado a distinguir la música que alguien está tocando en uno de los descansillos. En los escasos segundos que tardo en ver a los músicos, estos acaban el tema que están tocando y atacan, con bastante acierto, clarinete y melódica en mano, Tico-tico no fubá. Tengo la costumbre (¿mala?) de dar siempre alguna moneda a los músicos ambulantes, mucho más aún si lo que están tocando es música brasileña como en este caso.

Cuando entro en el vagón, me apoyo contra una de sus paredes laterales y subo el volumen de mi MP3, no se bien si por escuchar más alta la música o por si esconder el estruendo del metro. Enfrente de mi, justo enfrente, como en un imaginario duelo en el western, aparece un hombre de unos 60 años, tatuajes en los brazos, muletas en ambas manos, con un pierna ortopédica de plástico que muestra pornográficamente y la otra pierna, directamente, una delgada varilla metálica de la que pende un zapato negro. Ni siquiera se molesta en decir nada, ni unas protocolarias frases de conmiseración, simplemente avanza por todo el vagón, en mi dirección, con un vaso de plástico mal sujeto en una de las manos por causa de las muletas y recogiendo las monedas (muchas) que los pasajeros le van entregando. Cuando llega hasta mi, me mira, le evito la mirada y sale del vagón. Después, se sienta en uno de los bancos del anden y, tras la proteccion cobarde que da el cristal de una puerta cerrada, puedo observarle como, una vez acabado su trabajo, se baja las perneras del pantalón con un cuidado y un mimo algo inquietante, ocultando sus piernas deformes, y cargado con sus muletas que se me antojan una prolongación inevitable y mórbida de su cuerpo, desaparece de mi vista caminando lentamente mientras el vagón comienza a devorar un nuevo tunel.

Despues, en el autobús ya de regreso a casa, apoyo la cabeza en el cristal y siento que hay algo que me repugna. Y que acaso soy yo.


Responses

  1. ¿Y porqué te repugna?¿Por no haberle dado una moneda? ¿Por haberle evitado la mirada?¿Por estar sano y tener un trabajo?
    A mi me repugna que alguien tenga que dejar su país y trabajar como un esclavo en otro por un mísero sueldo. Y me repugna los que vienen a vivir del cuento.

  2. A mi me repugnan los días feriados y las enchiladitas sin su salsa tabasco…ahhh, si, y los progresistas y los taciturnos y las enchiladitas sin su…ah no, eso ya; bueno, es todo.

  3. Yo también me siento repugnante en ocasiones como esas, Javi. Tiendo a justificarme pensando en que no me gustan los “chantajes emocionales” pero, es verdad, que también tiendo a dejarme llevar por lo que me gusta, por lo que me procura placer…

  4. Si hubiese tocado la flauta mientras pedía en el vagón hubiese sido distinto?


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