Posteado por: javibrasil | 11 agosto 2006

EL GARITO

Nos habían dicho que aquel garito era lo último en Madrid. Que siempre había un gran ambiente y que quien no ligase alli, ya podia ir pensando en consagrar su vida a la práctica virtuosa del arte del onanismo. En realidad fue ésto (lo del ligoteo, no lo del onanismo) lo que nos llevó a que ese mismo viernes por la noche, fueramos a conocer el lugar.

El garito tenía una entrada discreta, con un pequeño guardarropas que servía de cordón umbilical hacia una primera instancia donde había una gran barra con un índice demográfico tan elevado de camareros que nos llevaba a pensar que: a) el empresario no iba a hacerse rico nunca, o b) que el local estaba todas las noches hasta arriba. Cuando traspasamos el ámbito de la barra y nos adentramos en lo que era la sala principal del garito, nos dimos cuenta de que: respuesta correcta: b.

La sala era un gigantesco círculo dispuesto en tres alturas a modo de anfiteatro, con una exagerada decoración que oscilaba deliberadamente entre lo kitsch y lo retro en tonos rojos y mostazas, iluminada apenas por la tenue luz que despedía las pequeñas lamparitas que había en el centro de cada mesa. Junto a las lamparitas, había un enormel cartel cuadrado con un número de tres cifras y a su vez, junto al número, un teléfono de esos negros antiguos de baquelita, de aquellos que cuando marcabas, por ejemplo, el cuatro, sonaba raca-raca-raca-raca. La música sonaba en un tono razonablemente comedido para lo que es habitual, por lo que a veces era devorada por la vocinglería fabribada por los que allí estábamos.

Aun no he dicho que lo que hacía a aquel garito el mas concurrido y el más divertido de la ciudad era que aquellos teléfonos no servían para comunicarse con el exterior, no, si no únicamente con las otras mesas del local. Esa era la gracia: uno oía tocar su teléfono y sabía que en algún lugar de aquella inmensa discoteca, alguien estaba intentando ligar con él. De hecho, si se echaba un vistazo esforzado por la semioscuridad de la sala, uno podía descubrir que casi todas las mesas estaban compuestas exclusivamente por personas del mismo sexo. No tenía mucha sentido ir alli formando parejitas.

Después de un par de horas alli, y sin atrevernos a llamar a nadie, por nuestro natural tímido, le dije a Andresín que se acercara a la barra y, qué caray, la noche era joven y loca, que pidiera la cuarta ronda de trinaranjus de naranja. Mientras él se perdía entre la vorágine y yo le decía a mamá que se abrochara la rebequita que parecía que habian subido el aire acondicionado, moví con disimulo el cable del teléfono no fuera a ser que no funcionara.

O algo.


Responses

  1. antes de ir a por los trinas ya había mirado yo también si el teléfono funcionaba… no fuera a ser que… quizás deberíamos ponerle a mamá una chaquetita de otro tono…
    O algo

  2. Igual cunde el ejemplo y se ponen de moda este tipo de negocios, nunca se sabe. Y si los teléfonos no funcionan, siempre está el móvil. Lo de las madres y el aire acondicionado, me parece que no tiene arreglo.

  3. Pues sí, igual es una idea lo de los teléfonos, para poder hablar a pesar del volumen de la música.


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