Posteado por: javibrasil | 28 julio 2006

ESCRITORES

A A. Monterroso y a E. Mendoza, de los que he plagiado, sin rubor, este cuento.

Yo juraría que con todo descaro, me hizo un corte de mangas. Igual me equivoco, pero yo creo que si, que me lo hizo, así, con el minutero y la otra aguja que no sé como se llama. Como más vale prevenir que curar, le di tremendo guantazo al despertador lo cual hizo que saliera graciosamente volando, describiendo una elegante parábola y fuera a estrellarse contra la pared de enfrente, blanco gotelé. Lo malo de estos despertadores antiguos es que, coño, funcionan muy bien, así que no tuve más remedio que levantarme y con una de las zapatillas de andar por casa (algún día alguien debería loar como se merece esas cinco palabras: zapatillas de andar por casa), golpearlo como si de una cucaracha relojera se tratase, hasta que dejó de ringringnear, de la primera conjugación.

Todos esos sucesos, que en aras de la puridad de este relato, no duraron mas de 15 segundos, yo los interpreté como una señal. Como una señal de que esa mañana, no debería ir a trabajar. Supongo que alguna otra persona lo hubiera interpretado como que debería comprar otro despertador, o de que el fin del mundo estaba próximo. Es lo bueno que tienen ese tipo de señales, que cada uno las interpreta como quiere. El hecho es que esa mañana no acudí a mi trabajo como conserje en el Ministerio de Industria, y decidí también que, ya puestos, no iría a trabajar nunca más.

Mi condición de individuo y/o trabajador entre anónimo e invisible se verificó cuando recibí la primera llamada del trabajo pasados tres meses de mi ausencia, y no para preguntarme qué me ocurría, si no para avisarme que debía ir a firmar el recibí de mi noveno trienio. Enhorabuena. Aun recuerdo, emocionado, cuando cumplí los 25 años de trabajo en el ministerio y como regalo me encontré encima de mi mesa uno de esos libritos-cheques que dan en el metro y con los que puedo revelar dos carretes por el precio de uno, o pedirme una pizza gigante en vez de una mediana, solo los martes no festivos, de nueve a diez de la noche.

Fue justo ese día cuando empezó a martillearme en la cabeza la idea de que quizás, solo quizás, debería olvidarme del trabajo de conserje, con todas las alegrías y recompensas personales que conlleva, y centrarme en mi verdadera vocación: escribir.

En mi casa tenía decenas de pequeños relatos escritos e incluso alguna vez, me había atrevido a, de incógnito, por supuesto, colgar en el tablón de anuncios del trabajo algún que otro cuento breve que, invariablemente acababa siendo tapado por regalo cachorritos cariñosos preguntar por Puri en la tercera planta.

Todo eso me llevaba a reflexionar, por una parte, sobre el que quizás era el momento de arriesgar y centrarme en mi carrera de escritor y, por otra, en pensar en cuantas veces al año paría la perra de Puri (qué cruel es a veces el destino semántico)

“La autobiografía del último pez inmortal”, que así se llamaba mi, de momento, única novela, inacabada o no, me estaba exigiendo cada vez más. Algunos personajes hasta se atrevían a invadir mis sueños y reclamarme con unos modales algo groseros modificaciones, observaciones, rectificaciones, destrucciones, creaciones, sustituciones y demás ciones. Era por todo esto por lo que corte de mangas, minutero, guantazo, blanco gotelé, zapatillas, cucaracha, señal, no trabajar nunca más.

En las siguientes semanas, le dediqué horas eternas a la novela, con esa sensación siempre tan frustrante de releer y releer lo ya escrito y sentir que era tan, pero tan mejorable. (Nota: cambiar modales algo groseros por modales algo insolentes). Me volví prácticamente un asceta literario. Reduje mis salidas a la calle al máximo, saliendo exclusivamente a comprar cada dos días medio kilo de mortadela con aceitunas, medio kilo de queso de barra, una paquete de pan de molde (panrico) y seis botellas de coca-cola de dos litros, a la que era inconfesablemente adicto, con el poco glamour que eso tiene. Para compensar mi épica de escritor maldito, o de maldito escritor, dejé crecer salvajemente mi barba y comencé a descuidar un tanto mi aspecto físico, el cual, seamos honestos, nunca fue gran cosa.

Una de las veces que regresaba a casa después de mi metódica compra, y de comprobar como las viejecitas por la calle cada vez se apartaban más de mi, de lo cual me sentía legítimamente orgulloso, encontré en mi buzón de correos dos cartas. Una tenía membrete, (hermosa palabra) del Departamento de Recursos Humanos del Ministerio de Industria, y en su interior se decía que blablaincoacion, blablaexpediente, blablafaltainjustificada, blablaempleoysueldo, blablarecursos y otros blablas de los cuales, por falta de interés, no haré mención en este relato.

La otra carta provenía de la Editorial Nova, que era una de las dieciocho editoriales a las cuales les había enviado una granada selección de mis mejores cuentos. En su interior, una única hoja, con la siguiente frase: “¿Era esto necesario?”. Tras unos segundos de reflexión que usé para hacer una hermosa bola de papel con todos los blablas anteriores, interpreté la carta de la editorial como una señal para que siguiera esforzándome, aun más, si cabía, en mi novela. ¿Os hablé ya sobre mi teoría de la interpretación de las señales? ¿Si? Bien. Continuemos.

Un señor muy gordo, con bigote asimétrico y equilibrista, taconeo rítmico en el suelo y gafas que de tan antiguas que eran estaban otra vez de moda y al que reconocí casi de inmediato como mi casero, estaba esperándome en la puerta de mi casa, adusto el gesto, y dispuesto a que la ruptura de mi amada monotonía ese día fuera total.
Dejé en el suelo los quinientos gramos de mortadela con aceitunas, los quinientos gramos de queso de barra, el pan de molde (panrico) y las sobredosis de coca-cola y tras mucho pensar le espeté:

¿Qué?

A lo que de forma no menos inteligente respondió:

Ya ves.

La conversación siguió por esos altos derroteros de creatividad, pero se puede resumir en un: “me debes ya siete meses del alquiler. O me pagas ahora mismo o no entras en casa.” El resumen acabaría con un rotundo y delicadamente explícito “jodido listo”.

Tras un toma y daca que duró varios minutos y que llegó a veces a convertirse en un daca y toma alcanzamos el siguiente acuerdo: yo no le iba a pagar los siete meses de alquiler, entre otras múltiples razones que no le interesan a nadie, porque no tenía ni un duro para pagarle. Como contraprestación a mis argumentos, poderosos, me dejó entrar en mi futura ex-casa, coger lo que quisiera, meterlo en una bolsa de deportes y largarme.

Un poco de ropa, la carpeta donde tenía todos mis relatos, el borrador de mi novela, mi gorra de la Expo 92, veintiocho euros y doce céntimos, el queso, el pan de molde (panrico) y una de las seis botellas de coca-cola. Por razones que se escapan a toda lógica, dejé la mortadela encima de la mesa de la cocina, como si se tratara de una extensión de mi que se quedaba habitando aquella casa, aunque sólo fuera de forma provisional, caduca, mortal. Al casero le dije que ya se pasaría alguien a recoger el resto de cosas, aunque, en verdad, no había ningún alguien para recogerlo y, también en verdad, poco le importaba al casero que ya se encontraba negociando con un grupo de: para mi: peruanos, para él: sudacas, con quena, bombín, antara, zampoña, y arpa.

Hacía un sol radiante cuando salí de nuevo, por segunda vez esa mañana, a la calle. Supongo que era el mismo sol radiante que hacía cuando salí a comprar, pero esta vez me jodía más porque creaba una áspera disonancia con la situación. Me acordé de la perra de Puri pensando en que tal vez un cachorro le vendría bien a mi nuevo aspecto callejero-vagabundo-bohemio-desahuciado; elíjase lo/los que proceda/n.

Comencé a caminar sin rumbo fijo, que es lo que siempre había leído en los libros que se hacía cuando alguien comenzaba a caminar sin rumbo fijo. Parado ante un semáforo esperando que éste se pusiera verde, y con ninguna persona a menos de metro y medio de mi (no sabía que la pobreza creaba este tipo de extraños sucedáneos del poder), comencé a tantearme el dinero que llevaba en el bolsillo: cinco, diez, quince, veinticinco, veintiséis, veintisiete, veintiocho, diez, once y doce: veintiocho euros doce céntimos. Sería suficiente.

Dudé entre el azul-bebé, el rojo-tomate, o el gris-perla, pero al final me decidí por comprar la cartulina de color blanco-blanco. También compré uno de esos rotuladores gordotes de Edding que huelen tan bien a alcohol o a yoquesequé, que dan ganas de comérselo, (sensaciones: nostalgia de la mortadela; sensanciones extrañas: pero no de las aceitunas de la mortadela), de color negro-azabache, sin saber muy bien aún si el azabache es un mineral, una fruta exótica o una especie de toro bravo.

Cuando salí de la papelería el sol ya no era radiante. Nada era radiante. Y nada era divertido. Estaba solo, en la calle, sin casa, sin trabajo, con una bolsa de deporte con dos pares de calzoncillos y una coca-cola entre otras varias bagatelas. ¿Para qué servían ahora mis relatos, mis cuentos, mi imaginación, mi novela para siempre inacabada? ¿De que servían mis metáforas, mis anáforas, mis elipsis, mis hipérboles o mis esforzados eufemismos? Pero ahora, justo en esos momentos, en mis manos tenía los instrumentos necesarios. Me senté en el suelo de la esquina más ilustre del barrio, saqué el rotulador, doblé la cartulina por la mitad para que se sostuviera en triangular equilibrio, coloqué la gorra en invertida posición delante de mi y entonces si, entonces escribí lo que desde ya hubo de convertirse en mi Gran Obra Maestra:

“sienpRe e de qeRido de seR escRitoR i loe hintentado de beRda me alludem me con unaz monedas i loe himtentado selos juRo.

dios hosven diga ha todos.”

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Responses

  1. ¡bravo¡ Bien por tus musas, o tus maestros, o quiénquiera que te haya inspirado.
    Besos

  2. Querido, me temo que la gente se apartaba de tu héroe debido al mal olor: en todo el relato de su vida como aspirante a escritor, no mencionas ni una sola vez que volviera a dormir o que se duchara. Tampoco aludes a que se le hubiera acabado el jabón.
    Hazte idea: así no hay manera de que tus protagonistas alcancen sus sueños.
    Un beso

  3. ¡Bravo!


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