Posteado por: javibrasil | 6 julio 2006

VOLUNTAD

Debo prometerle que lo intentaré. Sí. Que lo intentaré una vez más. El hecho de que fuera a la cocina y de que me estuviera bebiendo esa copa de ginebra de esa botella cada vez más aguada y que hacía el milagro de no menguar nunca, era en sí una prueba de mi amor por ella. Pero después, siempre después, cuando comenzaba a no sentir los efectos de ese trago aguado, me ponía la chaqueta y me iba a la calle, a buscar bares cada vez más alejados para tomarme un par de pares de copas que me sirvieran para regresar a casa y para pensar que debía dejarlo. Por mi, pero por ella, por mí, porque la amaba. Buscaba siempre el extremo más solitario de la barra, en parte porque me gustaba beber solo y en parte porque había visto en las películas que los alcohólicos de mierda como yo, beben así. Mientras la copa viajaba del mostrador a mi boca, aun tenía el coraje, el falso coraje de los cobardes, de tener los ojos abiertos. Cuando la primera gota de ginebra mojaba mis labios, entonces no, entonces cerraba los ojos y disfrutaba mis debilidades y mi temblor de manos.

Cuando regresé, ella aún estaba en el salón, viendo alguna película en blanco y negro en la televisión. Hola, cariño, le dije mentalmente, por que las letras se empeñaban en atascarse en ese espacio absurdo entre la garganta y el paladar, y se negaban a salir ordenadas. Fui hasta la cocina. Intentando controlar el temblor, abrí, abrí, y abrí, el microondas, el horno, la nevera, buscando algo de cena que ella me hubiera dejado. No había nada, pero era igual. Hacía medio segundo que había decidido que me daba igual y que no tenia hambre.

Me senté en el sofá a acompañarle un rato. No por que me apeteciera, si no por que le amaba. Pasé un rato con los ojos cerrados, juntado fuerzas que yo sé que no existían para poder pronunciar de una forma algo ininteligible: ¿Qué tal, cariño? Ella se quedó mirando los anuncios de colchones, de aparatos de aire acondicionados y de una agencia de viajes que te llevaba a la Republica Dominicana, lo cual le pareció una ironía demasiado cruel para esa noche.

No quitó la vista de la tele cuando dijo:

No puedo más.
No puedo más Carlos.

Me levante como pude, derrumbé varias piezas de ese ajedrez paralítico de metacrilato que había sobre la pequeña mesa del salón. Me acerqué a la cocina casi sintiéndome orgulloso de mi patético tambaleo, agarré la falsa botella de ginebra que mi mujer había estando aguando desde no sé cuando y la estrellé contra la pared del fregadero. Me detuve un rato oyendo los cristales gimiendo por la cocina. Salí de casa sin ponerme la chaqueta y me acerqué hasta la tienda de los chinos que no cerraban hasta tarde y allí me compré dos botellas de ginebra.

Subí a casa. Abrí la puerta en un esfuerzo que me resultó excesivo y me fui directamente a la cocina. El suelo estaba pegajoso y algunos cristales aún insistían en gimotear. Daba asco oírles.

Me senté en una silla, y cogí una copa limpia de boca ancha. Con la primera copa me di cuenta de que, a pesar de todo, la amaba mucho. Con la segunda copa me di cuenta de que estaba equivocado, de que en realidad ella me odiaba y quizás, solo quizás, yo también le odiaba a ella. Con la tercera copa ya solo pensaba en beberme la cuarta.


Responses

  1. Voluntad es destino.

  2. ¡que horrible es depender del alcohol¡ ¡que bien lo has retratado¡
    Eres estupendo, Javi

  3. Me recuerda a “Días sin huella”, creo que de B. Wilder (peliculón donde los haya).


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