Posteado por: javibrasil | 10 mayo 2006

ZAPATOS

Acabó de anudarse la oscura corbata con un nudo shelby, que fue el único que le enseñó a hacer su padre el día que cumplió los catorce años. Ese día también le enseñó a olvidar poemas, a cargar una cuchilla en la maquinilla de afeitar, a diferenciar cirroestratos, altoestratos y nimboestratos y a maldecir la vida. Se miró en el espejo desazogado y se sintió lo suficientemente preparado como para ponerse los zapatos. De debajo de la cama sacó, como el mayor de sus tesoros, dos cajas. Una, de cartón, donde residían un par de zapatos de charol, brillantes y ofensivos, envueltos en una fina lámina de papel de seda. En la otra caja, metálica, un trapo amarillo huérfano, sucio de betún sucio, con el que estuvo lustrando lo innecesario hasta la perfección, que no es otra cosa que el reverso de la obsesión.

Se puso el sombrero de fieltro negro y eligió, de entre su enorme colección de bastones, aquel que tenia el puño nacarado. Antes de salir, comprobó que el solemne e intimidatorio reloj del salón y el que pendía de su leontina de plata escondido en un bolsillo del chaleco, marcaban exactamente lo mismo: las once en punto de la noche. Era hora de salir.

Caminó con premiosidad y con cierto aire de tierno exhibicionismo, tal vez involuntario, por la vereda que acompañaba al río hasta el inicio del final del pueblo, saludando con una casi imperceptible inclinación de cabeza a los pocos vecinos a los que se encontraba a esa hora. Allí, en aquellos limites del pueblo, tan reales, tan geográficos y tan simbólicos, se hallaba el paradójico Nuevo Café Antiguo, en realidad, uno de los dos burdeles que habían en la ciudad. No había mucha gente aún, pero Madame Lua, Laura, para él, y desde hace ya tanto tiempo, sólo Laura, le recibió con dos suaves besos y le acompaño del brazo hacia la estancia que cada año le tenían reservada, contándole, sólo como información, como una confidencia que se le hace a una amigo, las novedades que recién habían llegado al prostíbulo: tres muchachas argelinas a las que Madame Lua había reconvertido por mor de la necesidad, en tres jóvenes francesas llegadas de Paris llamadas Giselle, Claudette y Amelie. La habitación estaba mutilada por la ausencia de una cama, y su pobre disfraz consistía en un velador de mármol, una silla metálica con cierto aire modernista que nunca se supo cómo había llegado hasta allí, una botella de Jerez, un vaso pequeño de grueso cristal tapado por un plato blanco y en la pared, un cuadro con una escena de caza que servía para escamotear un casi invisible agujero por el que él pudiera observar, con un sentimiento más de asco, de pena, y de conmiseración, como viejos, acaso más que él, fornicaban con aquellas niñas dejándoles la marca de sus babas, su sudor nauseabundo y sus muescas de decrepitud en sus finas carnes. Esta vez, ni siquiera hizo uso de aquello. Simplemente se quitó el sombrero, apoyó el bastón contra la pared, se sirvió una primera copa de jerez que se bebió de un solo trago y después, con la segunda copa, se dedicó a sentir como el tiempo deambulaba por la habitación, rodeándole pero sin rozarle, mientras él se miraba la punta de sus relucientes zapatos, como si aun quisiera seguir abrillantándolos con su mirar. El silencio poco a poco fue ganándole la guerra a los falsos gemidos, a los gritos obscenos, a las risotadas y al sexo. Tocaron tres veces a la puerta de su esquelética habitación y desde el otro lado se escuchó la voz de Madame Lua diciéndole: Don Carlos, ya puede bajar. Sacó el reloj del bolsillo y consultó la hora: Las tres y veintidós de la madrugada. Se guardó el reloj, dio un enérgico tirón al chaleco para que se le quedara bien ajustado, cogió su bastón y su sombrero y comenzó a bajar por las escaleras principales que dividían, como un hachazo justo y certero, la casa en dos partes simétricas. Abajo, en la gran sala, solo estaba Madame Lua, en pie, esperándole. Don Carlos bajó las escaleras con cierta lentitud no premeditada pero que le hacia sentirse un galán trasnochado de alguna de esas novelas que antaño solía leer. Cuando llegó a la altura donde estaba Madame Lua, ésta le preguntó sin palabras, enarcando ligeramente las finísimas cejas acabadas de perfilar con lápiz. Don Carlos respondió: Vals. Strauss, por favor.

Madame Lua, Laura, sólo para él, antes desaparecer de la sala, puso en el gramófono el disco que le había pedido, un disco herido de muerte pero que aún se agarraba con dignidad a esas notas que comenzaban a sonar. Y allí, solo en la gran sala vacía y silenciosa del burdel, don Carlos cerró los ojos y comenzó a bailar, a dejarse enamorar, una vez más, por el sonido amable y quizás embaucador de los valses. Giraba, giraba, sus pasos sutiles, sus ojos sonriendo, giraba, y sus manos abrazando los recuerdos. El tiempo se paraba, respetuoso y envidioso, para observarle, pero cuando a los pocos minutos el disco acabó con un crujido hiriente y estentóreo, todo, la sutileza, la sonrisa, los recuerdos, se le cayó al suelo y se hizo añicos. Sabía entonces que ya nada hacía en aquel lugar. Se tomó de nuevo de un solo sorbo la pequeña copa de Jerez que Laura le había dejado en una mesa junto al gramófono, se puso el sombrero, cogió su elegante bastón y se encaminó hacia la puerta. Se paró junto al umbral, sacó un viejo sobre amarillento del bolsillo interior de su chaqueta y colocó cuatro billetes dentro de él. Se giró, miró hacia donde sabía que Laura le llevaba espiando hacía tanto tiempo y se despidió: Adiós, Madame, hasta el año que viene.


Responses

  1. ¡Qué poquito te valoras Javi¡


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