Posteado por: javibrasil | 23 abril 2006

NIÑOS

Esa vez no se conformó con gritarme. Se levantó bruscamente, y al hacerlo, derribó muchas de las fichas de dominó que aun quedaban en pie. Sus otros tres compañeros de partida, siempre los mismos, se entrecruzaron veladas miradas pero no dijeron nada. Mi padre sí: mi padre me dijo: ya basta, al tiempo que me daba una bofetada, una más, que yo absorbí con resignación, aunque con la pose de una gran rabia y enfado. Mientras salía corriendo hacia la parte de atrás del bar del tío Julián, aún oí el vozarrón de mi padre, embrollado con la eterna zarabanda de la televisión, justificándose ante sus intimidados compañeros de juego: estoy hasta los cojones de que este niño venga a molestarme cuando estoy echando la partida. No lloré. Para qué. En los cristales sucios y aceitosos que daban a la cocina del bar, ensayé una y mil veces mi rabia y mi desprecio, pero enseguida me cansé. Me senté en el suelo, me recosté en uno de los poyetes y saqué del bolsillo de mi pantalón uno de los pequeños paquetes de azúcar que contenían dos terrones y que el tio Julián se había dejado robar esa misma mañana. Con una ramita logré deshacer los dos cubitos, y esperé a que, poco a poco, fuera llegando, en ordenado desbarajuste, un comando de hormigas que comenzaron a llevarse a su refugio, con una paciencia obsesiva, los dos terrones de azúcar convertidos en miles de diminutos granitos. Estuve un buen rato observando su perfecto y meticuloso trabajo. Me levanté y me acerqué hasta aquel montón de cajas donde se encontraban decenas de cascos de botellas que yo siempre había conocido en aquel rincón, y cogí una herrumbrosa chapa que llené con un poco de agua de lluvia de uno de los muchos charcos que la fugaz e intensa tormenta de la noche anterior había sembrado en la arena. Me volví a sentar en el suelo, esta vez con las piernas cruzadas. Seguí mirando aun durante mucho tiempo el trabajo de las hormigas, obsesivo y escrupuloso, hasta que decidí que ya era la hora. Cogí con extremo cuidado una de ellas y la metí dentro de la chapa con agua, que a aquella hormiga le debía parecer un océano inabarcable. Durante mucho tiempo luchó por salir, braceando, si se puede decir bracear, con sus seis patas y justo cuando yo pensaba que la hormiga iba a rendirse, la ayudé a salir con la misma ramita con la que había deshecho los terrones de azúcar. La hormiga, exhausta, se quedaba inmóvil, ya en terreno seco, durante unos segundos, el tiempo que necesitaba para alcanzar las fuerzas mínimas para huir. Y era justo cuando comenzaba esa huida cuando yo volvía a sumergirla dentro de la chapa. Oí un gran estruendo dentro del bar sobre el que sobrevolaba el vozarrón y la risotada gruesa de mi padre. Me giré hacia el bar, después volví a concentrar mi atención en la hormiga. Estaba muerta. Cogí otra.

Era divertido.


Responses

  1. Cosas de niños…

  2. ¡Chapeau¡

  3. Curioso que de maltratar a los niños se haya pasado, en estos tiempos, a superprotegerlos.

    Lo primero es traumático lo segundo irresponsable.


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