Posteado por: javibrasil | 19 noviembre 2005

EL PESO DEL AMOR

Crucé en diagonal todo el patio hasta que llegué donde ella estaba y le pregunté:
– ¿Puede sentarme aquí contigo?
Como única respuesta, Laura se encogió de hombros.
– Dime un número, le dije.
– El ocho – me respondió con desganas.
– Has acertado. Me tienes que dar un beso.
– No, así no vale – refunfuñó. – Entonces digo el cinco.
– Está bien…Dime un color.
– El azul
– Has vuelto a acertar. Me tienes que dar un beso.
– Pero, ¿porqué? Yo no quiero darte un beso.
– ¿No quieres ser mi novia?
– Tú no me gustas, a mí quien me gusta es Guille.

El Guille: Pelos de pincho, aprendiz de mirada desafiante, apoyado en la pared y rodeado de una cohorte de miniguardaespaldas, escupe en el suelo.

– ¿Guille? ¿Pero no sabes que Guille se pasa el día pegando a todos los niños y quitándoles sus juguetes y diciendo palabrotas y….?
– Si, claro que lo sé, por eso me gusta.
– ¡¡¡Pero Guille es malo!!!
– No me importa, a mí me gusta.
– Pero…. pero….yo te acompañaría a casa, y te llevaría tu mochila, y te cogería de la mano y te daría medio….no, te daría mi bollicao entero en el recreo.

Esa fue la primera vez que experimenté que la indiferencia era el más cruel y sofisticado de los castigos. Laura seguía sentada junto a mí, pero ni siquiera me miraba, la pose altiva.

-Tengo que decirte algo Laura.

De su altivez sólo le quedaba la pose, apenas trastocada por una mirada de reojo que me echó, por que su indiferencia se había transformado en interés, o en curiosidad, o en una mezcla de ambas cosas.

– A Guille no le gustas tú. A Guille le gusta Marta.

Se puso de pie de un salto y reconozco que su movimiento brusco me asustó. Cuando crecí, entendí lo que quería decir que sus ojos refulgían de ira, pero desde mis diez años de edad de entonces, solo comprendía que ahora Laura me miraba diferente y que le temblaban los labios, temblor que producía en mi una extraña y nueva sensación pero que me gustaba, me gustaba mucho.

– ¿Marta? ¿Esa niña tonta de las coletas? Y tú ¿cómo lo sabes?

Casi sentí dolor físico, como si el acento de la “ú” me estuviera atravesando el corazón.

– Lo sé por que me lo dijo Guille. Y por que ayer les vi besándose en la boca.

Todo sucedió muy rápido entonces. Laura miró hacia donde estaba Guille, aunque yo creo que no pudo verle por esa interferencia de niños, balones y demás objetos volantes no identificados que había en el trayecto, después me miró a mí, me besó en la mejilla y, muy seria, me dijo que le esperase a la salida de clase. Después, se marchó corriendo, abandonando el patio y metiéndose en el edificio del cole.

Me quedé unos segundos de pie, reflexionando sobre lo que había sucedido, hasta que me di cuenta de que los niños de diez años no reflexionamos. Así pues, comencé a cruzar el patio hacia donde estaba El Guille, deshaciendo el camino hecho hacia solo unos minutos, y sintiéndome al mismo tiempo Superman, Batman y un poquito Superlópez también. Cuando llegué a su posición, ni siquiera se dignó a sacarse las manos de los bolsillos y mucho menos a hablarme. Solo levantó las cejas de una forma tan exclamativa que yo sólo tuve que colocar “habla” dentro de esas admiraciones. Respiré profundo y le obedecí. Comencé a hablar:

– Se lo he preguntado, y me ha dicho que tú a ella no le gustas nada, que no le gusta tu peinado ni tu forma de vestir, y además me ha dicho que te diga que eres un tonto y un chulo y que la dejes en paz.

Hay momentos en la vida en las que uno tiene que jugarse el todo por el todo:

– Y me ha dicho que quien le gusta mucho soy yo.

Mientras caminábamos hacia su casa a la salida del cole, con mi mochila cargada en un hombro, la mochila de Laura en el otro y cogiendo con algo de miedo y excitación su mano, pensé que un día de amor, aunque solo fuera uno, bien valía la paliza que había recibido y la pérdida de mi colección de cromos, desde hacia un par de horas, colección de cromos de El Guille. Laura me miraba los moratones de la cara sin atreverse a preguntarme qué me había pasado, pero yo creo que desde aquella tarde, ella me despreciaba un poquito menos.

En realidad lo único que me preocupaba ahora era como iba a convencer a mi madre de que a partir de mañana tenia que llevar dos bollicaos al colegio: uno, para Laura, como prueba y ofrenda de mi amor hacia ella y otro, el bollicao impuesto revolucionario, para El Guille.

Y esa tarde, aparte de aprender que el peso del amor era más o menos el peso de dos mochilas, aprendí que el amor y el miedo nunca tienen límite.

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Responses

  1. Laura era tonta, él era mucho mas valioso que guille :p

  2. vaya cuento mas majo, y que estrategias la de los pekes. besitos

  3. Lo que hay que hacer para salirse con lo que uno quiere…., y así pasa con todo. La vida es así!

  4. Empezamos desde pequeños y ya no paramos…
    Está muy majo el cuento. ¡Qué cierto eso sobre la crueldad de la indiferencia!
    Saludos

  5. Um dos continhos que mais gosto, tao doce, tao terno.


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